La instauración del sufragio universal directo daba cuenta de un incuestionable progreso sobre la arbitrariedad de los regímenes autoritarios, tiránicos o despóticos de antaño. Contra el poder feudal de uno solo, contra el capricho monárquico o el cinismo mercantil de la revolución industrial, llamar a consultas electorales para decidir en común la mejor forma a adoptar para gobernar bien un país merecía y justificaba la lucha. Pasado el tiempo, ¿qué han hecho los políticos de esta excelente idea? Una caricatura, un juego ridículo orquestado por los comunicadores y los medios, una comedia lamentable.

Al menos hay un puñado que comulga con la idea liberal y que liquida lo político en la economía, incluso en la religión: el economicismo. Para ellos, las ideas están muertas y enterradas: el discurso falsamente humanista de los derechos humanos les sirve de auxilio en todo momento. Dejan algunas sobras a aquellos que aún creen en la política y en las ideas que la acompañan, cierto, pero a la manera de los señores que toleran a los campesinos al pie de sus mesas para recoger las migajas. La muerte de la política orquestada por el liberalismo triunfante viene acompañada por el devenir insignificante de las elecciones, que proponían una genealogía de la soberanía.

Hoy se burlan de la opinión de las bases. A contrapelo de lo que ella pretende, la clase política no la comprende ni la escucha, pero intenta, a través de sus consultas, darle la ilusión que necesita. De hecho, se la descuida, se la desprecia y además se le pide silencio. Las elecciones son ahora una farsa que pretende el ideal democrático; hacen creer en la verdad de un mecanismo que sin embargo está quebrado desde hace tiempo. Son parodias que se valen de grandes palabras —Democracia, Pueblo, Nación, República, Soberanía—, pero que ocultan mal el cinismo de los gobernantes: se trata, para ellos, de instalar y de mantener una tiranía soft que produce un hombre unidimensional —el consumidor embrutecido y alienado— como ninguna dictadura ha logrado producir jamás…

Trampa para bobos, eso es lo que son las elecciones, puesto que mucho antes de los resultados —Chirac o Jospin…— se sabe que tendremos un presidente liberal. Poco importa que provenga de la derecha o de la izquierda: el liberalismo siempre es de derecha. ¿Quid, entonces, de las lecciones de estas elecciones? El considerable abstencionismo, el desprecio por los votos blancos o nulos (es decir, con esas dos opciones, una mitad de los electores…); la profusión de pequeños candidatos rebeldes, la pobreza de la mayoría de sus programas (¡la caza, la pesca y la tradición como proyecto de sociedad!); la desmovilización de la segunda vuelta a causa del desprecio simple y llano de los deseos emitidos en la primera, el desinterés cuando ya no queda sino elegir entre la peste o el cólera. Ése es el alcance de los daños.

Una vez electo el presidente, los hombres de partido, tanto de derecha como de izquierda, guardarán en sus galeras mágicas esta costosa maquinaria electoral, demagógica, despreciable y despreciativa, este teatro que absorbe la energía mediática, intelectual, cultural y política durante meses y meses. Una vez que nos hayamos desengañado, nos quedará por descubrir las consecuencias de estas parodias electorales: la impotencia de los gobernantes crispados sobre la única gestión liberal de la política generará según lo convenido las violencias urbanas, las manifestaciones en las calles, las reivindicaciones categóricas y creará una comedia para los demagogos capaz de cristalizar su desesperación. Situación ideal para fomentar guerras civiles o regímenes autoritarios.


© Michel Onfray. La philosophie feroce (La filosofía feroz. Ejercicios anarquistas). Traducción : Iair Kon

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