En 1918, en Moscú, en plena efervescencia revolucionaria, Anatoli Lunacharski encabezó el tribunal que juzgó a Dios.

Una Biblia fue sentada en el banquillo de los acusados.

Según el fiscal, Dios había cometido, a lo largo de la historia, numerosos crímenes contra la humanidad. El abogado de oficio alegó que Dios era inimputable, porque padecía demencia grave; pero el tribunal lo condenó a muerte.

Al amanecer del día de hoy, cinco ráfagas de ametralladora fueron disparadas al cielo.

© Eduardo Galeano: Los Hijos de los días. Siglo XXI de España Editores, 2012

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