Fernando Balmaceda: Dos niños—¡UNO, dos y… tres! —Pablito saltó desde lo alto del ropero, piernas y brazos encogidos; rebotó en la sobrecama amarilla y cayó por el borde de la cama en el choapino rojo. Apoyado en el bronce reluciente del catre, Vladimir lo miró saltar, rebotar, caer y luego levantarse pálido, pero con la decisión de repetir brincando en los ojos. Vladimir, a su vez, pisó en la silla, desde ella subió a la cómoda y con una flexión de los brazos conquistó la altura del ropero.

—Uno…, dos… y… —La puerta se abrió rechinando y entró en la pieza un perro grandote, negro, los ojos gelatinosos por el distemper.

—¡Fuera, Nerón…, fuera el perro cochino! — gritó Vladimir, manoteando desde su encumbrada posición; pero Nerón fué hacia Pablito, y Pablito retrocedió de espaldas, y Nerón siguió avanzando y Pablito topó con el muro floreado, preso entre la cabezota, la esquina y el velador.

—Fuera, cochino… —volvió a gritar Vladimir, y entonces saltó. La misma flexión sobre el amarillo, un cambio de rumbo, y Vladimir estrelló la cabeza contra los cupidos y hojas de bronce de la cabecera. Pablito y Nerón se quedaron mirándolo, un pobre cuerpo desordenado, inmóvil. Un segundo después y torció débilmente el cuello hacia ellos. Nerón se acercó meneando un poco el rabo y le pasó por la nariz y la frente herida su gran lengua afiebrada. Esto bastó. Vladimir dió un grito rabioso, saltó al suelo y cogiéndole el rabo, se lo levantó en torsión y le aplicó una patada en el trasero—. Fuera, te he dicho…, perro asqueroso…, toma, toma —y Nerón lanzó un aullido retardado mientras cruzaba la puerta.

El juego siguió en un autobús formado por las sillas y los dos veladores.

Al anochecer llegó la madre de Vladimir, y poco después el padre. Pablito se escabulló hacia la puerta, salió de la pensión y atravesó la calle hasta su casa. En las gradas de mármol encontró a su mamá tomando el fresco y juntos subieron al segundo piso para el baño de antes de acostarse.

 

—Papá dijo anoche que las máquinas de la Textil eran muy viejas y que el patrón no las quería cambiar para cobrarles multas a los obreros, y que tú eras un ricachón bonito y que tu mamá se gastaba la plata en perfumes y te dejaba solo, y que por eso venías a jugar a la pensión para rompernos los muebles.

Pablito admiraba a Vladimir porque tenía el pelo rojo y un padre que a él le daba miedo. Y como dormían los tres en una pieza, Vladimir sabía muchas cosas de la fábrica, y otras veces le contaba de los parientes que vivían en Yugoslavia y que escribían cartas para pedirles dinero. Además, Vladimir tenía siete años, uno menos que él, y era más alto y más fuerte. Terminado el periodo de clases y mientras no salía de veraneo con su madre, Pablito atravesaba todas las tardes a encontrarse con Vladimir, que durante el día estaba solo, ya que sus padres regresaban del trabajo al anochecer. Los demás pensionistas eran también extranjeros y no tenían niños.

En el primer cuerpo de la casa había un hall central y un pasadizo al que daban salida los dormitorios, y que desembocaba en otro hall más pequeño, habilitado como comedor común. A través de una galería de vidrios se veía el patio descubierto, a un lado las dependencias del servicio, al fondo un cobertizo para las aves, y sobre éste, haciendo sombra, un frondoso parrón de uvas verdes. En este lugar pasaban la tarde Vladimir y Pablito, sentados sobre unos cajones vacíos; allí discurrían elaboradas historias o se transmitían las conversaciones de sus mayores, punzando de vez en cuando con unas puntas de coligüe a las gallinas que se acercaban a escuchar. El perro Nerón dormitaba a la distancia, un enjambre de moscas removiendo a su alrededor el aire detenido.

 

—Ayer en la noche llegó un señor alemán a la pieza frente a la de nosotros, y traía una maleta negra de forma muy rara, de esas con máquinas de escribir adentro, pero más chica y alargada. Papá dijo que parecía un fotógrafo, porque todos los alemanes eran fotógrafos, pero mi mamá lo hizo callar y él se rió porque ella creía que el alemán era un espía y podía entender el yugoslavo.

La conversación siguió sobre los espías. Pablito se acordaba de una película en la cual un señor de negro y con sombrero echado sobre los ojos andaba por la calle con una señora rubia, y entonces entraba en una casa donde estaban bailando, y otro hombre, también de negro, se le acercaba y le entregaba un papel, y entonces el primer hombre entraba en un auto y se lo llevaban preso.

—Esa no tiene gracia, porque las buenas son con balazos y aviones y el joven dispara con una ametralladora, pram-pram-pram-pram, y mata a todos los que están abajo.

Con el coligüe, Vladimir apuntaba a las gallinas y las rociaba con sus ráfagas mortíferas.

—Quisiera tener una ametralladora de verdad — exclamó en un suspiro.

—A mí me gustaría tener una grúa de esas que levantan los sacos en los vapores.

—Con mi ametralladora te dispararía un balazo y te echaría abajo.

—Y yo te agarraría con el gancho que va en la punta del cordel y te levantaría bien alto y te dejaría colgando.

Vladimir se dió cuenta de que en esa posición no tendría defensa y cortó bruscamente el tema.

—¿Y si fuéramos a la pieza del alemán para ver lo que hay adentro de la maleta?

—¿Y si llega y nos pilla?

—Le decimos que era para ver no más lo que había…

Una última mirada de complicidad, se bajaron de sus respectivos cajones y abrieron con sigilo la puerta vidriera, atravesaron por entre las sillas del comedor y se internaron como dos gatos en el pasadizo de los dormitorios.

 

Más tarde, Vladimir y Pablito salieron de la pensión y cortaron a buen paso calle abajo. Al llegar a la esquina, el Italiano del almacén los vió mirar a ambos lados, atravesar presurosos y perderse en dirección al centro de la ciudad, suspendida entre ambos la misteriosa maleta negra.

A esa hora las calles del comercio estaban atestadas de gente, por entre la cual las vitrinas descubrían sus mercaderías multicolores. Al pasar frente a una que exhibía trajes de baño, Pablito recordó en voz alta que luego partiría con su madre a pasar dos meses en la playa.

—Mejor que te vayas, y ojalá te quedes allá para siempre —rezongó Vladimir, dando un tirón a la doble manilla de la maleta.

En la cuadra siguiente vieron una tienda con toda clase de aparatos fotográficos y frente a la entrada se detuvieron indecisos. Después de un instante, Vladimir dió otro tirón a la manilla y entraron. El interior estaba casi vacío, salvo el empleado y una señora con un niño. El empleado le pidió a la señora que esperase y avanzó por detrás del mostrador hacia ellos.

—¿Qué se les ofrece?

La señora dió un medio giro. El niño torció la cabeza y los dos se quedaron mirando a los recién llegados. Pablito clavó la vista en el estampado rojo y blanco del vestido de la señora. Vladimir miró a la señora, miró al niño, luego al empleado.

—La mamá de Pablito está enferma y nos mandó a que vendiéramos esto… —y dió otro tirón aún más furioso a la maleta. El empleado se inclinó, la tomó por las dos manillas, la puso sobre el mostrador, la abrió y miró al interior con concentrada estupidez.

—Hum…, fumadora Zeiss de las antiguas…, no hay repuestos —y sacando el aparato—, hum…, un solo lente.

Pablito no despegaba la vista del estampado del vestido; la señora balanceaba una pierna, impaciente; el estampado giraba, giraba, Vladimir miraba rectamente a la cara del vendedor.

—¿Y cuánto quiere tu madre por esto? —le preguntó sin expresión.

—No es mi mamá, es la de Pablito, que está enferma y que nos mandó a que la vendiéramos —y le dió a su amigo un brusco empujón en el hombro. El estampado giraba, rojo, blanco, rojo, blanco.

—Tu madre o la de quien sea, ¿cuánto quiere por esto?

Vladimir lo miraba ahora a los ojos, tratando de adivinar lo que pasaba por dentro. Nada.

—No nos dijo cuánto…, que la vendiéramos no más, fué todo lo que nos dijo la mamá de Pablito.

Al oír éste su nombre, el rojo se detuvo y le vino a la cara.

—Hum…, no más de seiscientos…, y eso; es un modelo antiguo, no hay repuestos —casi preguntó el empleado. Vladimir buscó inútilmente la mirada de Pablito—: ¿Crees que tu madre lo encontrará bien?

El rojo nuevamente giraba, el blanco. Pablito movió la cabeza en balanceo, siguiendo el ritmo al rojo, al blanco, al rojo.

—Eres un tonto…. tu mamá estará contenta — le dijo Vladimir con reproche. Y mirando al dependiente, le hizo un gesto afirmativo. La maleta se cerró, se levantó del mostrador y desapareció por el fondo de la tienda detrás de una cortina negra de hule. Al poco rato el empleado emergió con unos sobrecitos que entregó a la señora. El rojo, el blanco, avanzaron girando; se acercaron, rojo, blanco, y desaparecieron de golpe. Pablito traspiraba frio, las piernas suspendidas en un vacío rojo.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…, seiscientos y muchas gracias —contó el empleado. Vladimir recibió los billetes y se los guardó en el bolsillo del pantalón.

En la calle, la arremetida de la luz echó al fondo la escena anterior. Agarrados del brazo se fueron las primeras cuadras esquivando los encontrones. Luego torcieron por una lateral menos concurrida. Vladimir apretaba las cejas tratando de concentrar un propósito. Pablito miraba a todos lados, agradecido del aire, de las palomas que cruzaban el alto techo de la calle.

—¡Mira! —exclamó por fin Vladimir—, iremos primero a esa pastelería; después vemos lo otro…, ¿quieres?

Todavía el gusto a chocolate en el paladar, salieron más tarde de la pastelería con un nuevo brillo en los ojos, el éxtasis revolviéndoles en las venas como hormiguitas. La vista de los pasteles, de los dulces acaramelados, de esas enormes tortas cilíndricas, color y merengue en todas las gamas de espesores, les había desatado la imaginación en torrentes. Más a Vladimir, que sólo recordaba una emoción semejante allá en Belgrado, cuando el velorio de su abuelo. Pablito, por su lado, se aturdía tratando de escapar de algo que lo rondaba amenazador. Y así salieron. La tarde declinaba y ya algunas tiendas comenzaban a bajar sus cortinas metálicas. Sin mucho andar vieron una juguetería y entraron, esta vez sin dudar. En las estanterías, hasta el techo, sobre las mesas, amontonada, toda una infinidad de maravillas, en maderas pulidas y en metales esmaltados, máquinas, trenes, casas, animales. Vladimir dió varias vueltas buscando con seguridad. Pablito había descubierto desde la entrada una grúa toda verde, la caseta blanca con el techo rojo, acanalado, y la miraba sin atreverse a tocarla. Al fin Vladimir indicó con el brazo, y la señorita que lo seguía subió por una escalerilla y bajó con un rifle impresionante, negro con brillos acerados.

—Queremos la ametralladora y la grúa —dijo Vladimir simplemente; y sacando el dinero del bolsillo: Tenemos todo esto.

La señorita movió los labios en silencio, separó los billetes y le devolvió una pequeña suma. Al llegar a la puerta, Vladimir se volvió y le preguntó:

—¿Este rifle mata?

—Mata elefantes y tigres —respondió sonriendo la señorita.

—Entonces mata hombres también —dijo Vladimir con orgullo.

Aferrado con sus brazos a la grúa, Pablito la miró con ternura, luego dijo como para sí:

—Esta grúa es de juguete.

 

Cuando las tiendas han bajado sus cortinas, las calles del comercio adquieren, aun en verano, una fría apariencia invernal. Los pocos transeúntes retardados las atraviesan escabullidos, recortados contra el gris metálico de las fachadas ciegas. Vladimir y Pablito caminaron esas cuadras en puntillas, los dos con una opresión de angustia al plexo.

—Me duele el estómago —rompió Pablito.

—A mí también…, tengo ganas de devolver el chocolate —contestó Vladimir, escupiendo con asco.

—Va a estar oscuro cuando lleguemos…

—Mi papá y mi mamá llegan en la noche, por el sindicato.

—Y… el alemán…, ¿estará él?

—No me importa —cortó Vladimir, apurando el paso.

 

Más tarde, por esas mismas calles totalmente desiertas, cruzó a gran velocidad un auto negro de la policía. Vladimir, en el asiento delantero y al lado del conductor, oprimía un pie contra el otro, en un intento de acelerar aún más. Hundido atrás contra el respaldo, Pablito frenaba y frenaba, agarrado al cojín, en cada esquina que cruzaban apretando los ojos y abriendo angustiosamente la boca. A su lado, el alemán raspaba la garganta, agitado. Al otro, el Italiano del almacén sonreía al aspirar el viento de la ventanilla.

En el cuartel, el comisario abrió el interrogatorio desde su pupitre cercado por una barandilla de madera. Primero fué el alemán quien detalló las características de su máquina y cómo, al llegar esa tarde a la pensión, la echó de menos. Después, el italiano explicó largamente su situación en el barrio como comerciante honrado y de cómo, al ir a cerrar su almacén, había llegado a la carrera la señora de la pensión a llamar por el teléfono a la policía, acordándose él entonces de los niños que atravesaban la calle llevando entre los dos una maleta negra.

—Comparezcan ahora los autores del delito —bostezó la voz del comisario.

Un policía los empujó por la espalda hasta la barandilla. Ninguno sentía miedo, apenas una vergüenza ante el señor desconocido que se aburría ahí sentado por culpa de ellos.

—¿Cuál es el mayor de los dos? —y los recorrió de los pies a la cabeza con mirada cansada. Vladimir había descubierto, allá en el fondo de la pieza, una hilera de carabinas colgando de sus correas.

—Pablito es mayor que yo —contestó indiferente, entretenido por su descubrimiento.

—Y tú, ¿es que no sabes contestar? —y el comisario mostró los dientes, tal vez sonriendo. Pablito endulzó la cara haciendo un gesto afirmativo.

—Pero es mentira que mi mamá está enferma — dijo con un súbito rencor por Vladimir, que se aprovechaba de tener un año menos que él.

—Tu mamá no estará enferma, pero dime… ¿quién fué el de la idea de robar la cámara?

—Vladimir dijo que el señor alemán tenia en su pieza una maleta negra y que fuéramos a ver lo que tenía adentro.

—Ahá…, ¿y después que vieron la cámara?

—Vladimir dijo que esa máquina era para hacer películas de espías y entonces salimos y Vladimir le dijo al hombre que mi mamá estaba enferma.

—Si, si…, muy bien, pero dime…, antes de salir…, cuando estaban en la pieza del señor, ¿qué sucedió entonces?

—Vladimir salió para ver si estaba por ahí la señora de la pensión y al volver lo siguió Nerón y Vladimir le pegó para que saliera.

—Bueno, bueno —exclamó el comisario, retorciéndose las manos—, pero contesta la pregunta: ¿a quién se le ocurrió la idea…, a ti o a Vladimir, de vender la máquina…, a quién? —Después de esperar un instante, el comisario se volvió impaciente hacia Vladimir—: Contesta tú, que a lo que parece eres el más vivo…, ¿fuiste tú el de la idea de vender la máquina?

Vladimir se sintió halagado con la sospecha.

—Yo sabía que en el centro había tiendas que vendían máquinas de fotografía, y por eso le dije a Pablito que era mejor ir allá.

—Cómo que era mejor…, ¿adónde quería ir él?

—A Pablito le daba miedo ir al centro, y yo le dije que conmigo no tuviera miedo.

El comisario se empinaba sobre los codos, encontrando de pronto que la silla no se avenía con su temperamento.

—Escucha, Vladimir —exclamó sonoramente, después de una pausa—, lo mejor de todo es que nos cuentes desde el comienzo, ¿entiendes?; es decir, todo lo que pasó después que tú le dijiste a tu amigo que el señor tenía una maleta negra en su pieza.

Vladimir se concentró un instante, mirando hacia el fondo, donde estaban las carabinas alineadas.

—Yo quería tener una ametralladora y Pablito una de esas grúas para echarles sacos a los vapores, y yo le dije que fuéramos a ver lo que había en la maleta. La pieza estaba bien oscura y yo prendí la luz del velador, y entonces vimos que era una máquina muy grande, y yo le dije a Pablito que era para hacer películas de espías, y él no me creyó, y después, cuando el hombre dijo que era de películas, yo miré a Pablito, pero él se hizo el leso. Entonces fuimos a la pastelería y…

—Un momento —gritó el comisario, soplándose la nariz—. ¡Sargento!, haga abrir esas puertas.

Ubicadas lateralmente del pupitre y de la barandilla de los acusados, las dos puertas giraron y se vió un largo corredor embaldosado y abierto al patio de entrada. Desde el fondo avanzaban dos figuras y más atrás una tercera. Vladimir reconoció a sus padres, seguidos por un policía. La voz del comisario lo hizo volverse.

—Ahora me vas a contestar de una vez, entiéndeme…, me vas a contestar de una vez si fuiste tú o tu amigo el de la idea… —Se interrumpió y miró a los recién llegados, padre y madre, grises y serios como dos rocas, y les hizo un gesto de sentarse en una banqueta lateral. Unos pasitos nerviosos se sintieron al fondo del corredor.

—Nos vas a decir de una vez por todas si fuiste tú…

Pablito sintió los pasos, torció la vista semi de reojo y vió la menuda figura de su madre avanzando cuadrito a cuadrito por las baldosas. Como si le oprimieran el estómago, aspiró una bocanada quejumbrosa y se lanzó a su encuentro llorando con desesperación. Uno de los policías quiso seguirlo, pero se contuvo al ver que el niño se abrazaba a la cintura de su madre y ella continuaba con él hacia la sala. En el momento que cruzaban el umbral, el comisario le lanzó una mirada a Vladimir, temiendo acaso que también quisiera dar una carrera, pero éste lo detuvo con una expresión casi divertida.

—¿Y bien? —lo incitó el comisario.

Vladimir miró a sus padres, grises y serios como dos rocas; a Pablito, oculto entre los finos brazos de su madre; al comisario, y dijo suavemente:

—Fui yo.


© Enrique Lafourcade, Antología del nuevo cuento chileno. Santiago: Editorial Zig-Zag, 1954.

Pin It on Pinterest