Era un invierno largo y riguroso, y nuestro hermoso río, que discurría por la Selva Negra, permaneció durante semanas completamente helado. No puedo olvidar aquel sentimiento peculiar, de repulsión y hechizo a la vez, con el que al inicio de un día gélido me adentré en el río, ya que éste era tan profundo y el hielo tan claro que dejaba ver, como a través de un fino cristal, el agua verde, el lecho arenoso con piedras, las fantásticas y enmarañadas plantas acuáticas y, de cuando en cuando, el dorso oscuro de un pez.

Pasaba la mitad del día sobre el hielo con mis compañeros, las mejillas ardientes y las manos amoratadas, el corazón palpitando enérgicamente por el fuerte y rítmico movimiento del patinaje, pletórico de la maravillosa y despreocupada capacidad de fruición de la adolescencia. Nos entrenábamos haciendo carreras, saltos de longitud, saltos de altura, y jugábamos a pillarnos. Los que todavía llevábamos los anticuados patines de bota, que se anudaban fuertemente con cordones, no éramos los que corríamos peor. Pero un chico, hijo de un fabricante, poseía un par de «Halifax», que no se sujetaban con cordones ni correas y que se ponían y quitaban en un abrir y cerrar de ojos. La palabra Halifax se mantuvo desde entonces durante muchos años en mi lista de regalos deseados por Navidad, pero sin ningún éxito; y cuando doce años más tarde, al querer comprar lo mejor en patines, pedí unos Halifax en una tienda, tuve que desprenderme, con gran consternación, de un ideal y de una parcela de mi fe infantil cuando me aseguraron sonriendo que los Halifax eran un modelo viejo, superado ya desde hacía tiempo. Prefería correr solo, a menudo hasta la caída de la noche. Iba a toda velocidad, y mientras patinaba, aprendía a detenerme o a dar la vuelta en el punto deseado; me balanceaba con el deleite de un aviador que mantiene el equilibrio mientras describe hermosas piruetas. Muchos de mis compañeros aprovechaban aquellos momentos sobre el hielo para ir detrás de las chicas y cortejarlas. Para mí, las chicas no existían. Mientras algunos se recreaban en el galanteo, ya fuera para rodearlas ansiosos y tímidos o para seguirlas en parejas con atrevimiento y desparpajo, yo disfrutaba del libre placer de deslizarme. A los «perseguidores de chicas» los observaba sólo con compasión o sorna. Porque gracias a las confesiones de varios de mis amigos, creía yo saber cuán dudosos eran en el fondo sus regodeos galantes.

Un día, hacia finales de invierno, de la escuela llegó a mis oídos la noticia de que «Cafre del Norte» había vuelto a besar a Emma Meier al quitarse los patines. ¡Besado! Se me agolpó la sangre en las mejillas. Sin duda, eso nada tenía que ver con las vagas conversaciones y los tímidos apretujones de manos que, de ordinario, bastaban para hacer las delicias de los perseguidores de chicas. ¡Besado! Aquello provenía de un mundo extraño, cerrado, vagamente intuido, que desprendía el aroma exquisito de las frutas prohibidas. Tenía algo de misterioso, de poético, de innombrable; pertenecía a aquel terrible y agridulce territorio, oculto a todos, pero lleno de presentimientos y someramente esclarecido con las lejanas y míticas aventuras amorosas de los héroes galanes expulsados de la escuela. «Cafre del Norte» era un escolar hamburgués de catorce años, fanfarrón hasta la médula, a quien yo veneraba profundamente y cuya fama, que trascendía los límites de la escuela, a menudo me impedía dormir. Y Emma Meier era indiscutiblemente la chica más guapa de Gebersau, rubia, despierta, orgullosa y de mi misma edad.

A partir de aquel día discurrí planes y preocupaciones de índole parecida. Besar a una chica: aquello sí superaba todos los ideales que me había forjado hasta entonces. Era un ideal tanto por lo que representaba en sí mismo como también porque, sin duda alguna, estaba prohibido y sancionado por el reglamento escolar. Pronto se me hizo evidente que nada mejor que la pista de hielo para dar pie a mi cortejo solemne. Acto seguido, procuré mejorar mi aspecto para hacerlo más presentable. Dedicaba tiempo y atención a mi peinado; cuidaba con esmero la limpieza de mi ropa; como seña de hombría, me ponía ladeada la gorra de piel, y tras implorárselo a mis hermanas, conseguí un pañuelo de seda rosa. Al mismo tiempo, empecé a saludar cortésmente a las chicas que me interesaban y constaté que ese desacostumbrado homenaje, aunque sorprendía, no era acogido con desagrado.

Me resultaba mucho más difícil, en cambio, llegar a entablar una primera conversación, porque jamás en mi vida me había «comprometido» con chica alguna. Intenté espiar a mis amigos en esta ceremonia de aproximación. Algunos se limitaban a hacer una reverencia y ofrecían la mano; otros tartamudeaban algo incomprensible; pero la gran mayoría se servía de la elegante fórmula: ¿Me concede el honor? La frase me impresionó y la practiqué en casa, en mi habitación, inclinándome delante de la estufa mientras pronunciaba las caballerosas palabras.

Llegó el momento de dar ese difícil primer paso. El día anterior había tenido veleidades de seductor, pero, acobardado, había vuelto a casa sin haberme atrevido a emprender nada. Por fin me había propuesto llevar a cabo, sin falta, lo que tanto temía y anhelaba. Con palpitaciones, acongojado como si fuera un criminal, fui a la pista de hielo y, al ponerme los patines, creí notar que me temblaban las manos. Me metí entre la multitud y tomé carrera con amplias piruetas procurando asimismo conservar algún residuo de mi seguridad y aplomo habituales. Crucé dos veces la pista entera a gran velocidad; el aire cortante y el movimiento intenso me sentaban bien. De pronto, justo debajo del puente, choque violentamente contra alguien y, aturdido, me fui tambaleante hacia un lado. Pero sobre el hielo estaba sentada la hermosa muchacha, Emma, que reprimiendo a ojos vista su dolor, me lanzo una mirada llena de reproches. La cabeza me daba vueltas. «¡Ayudadme!», dijo a sus amigas. Entonces, ruborizado, me quite la gorra, me arrodille y la ayude a levantarse. Estábamos el uno delante del otro, asustados y desconcertados; no dijimos palabra. La pelliza, la cara y los cabellos de la hermosa chica me azoraban por su novedosa proximidad. Busque sin éxito una forma de disculparme, a la vez que sujetaba la gorra con la mano. Y, de repente, mientras me parecía tener los ojos nublados, hice mecánicamente una profunda reverencia y balbucí: ¿Me concede el honor? No me contestó, pero tomó mis manos con sus delicados dedos, cuya calidez percibí a través de los guantes, y me siguió. Me sentía como en un extraño sueño. El sentimiento de felicidad, vergüenza, calidez, deseo y turbación me dejaba casi sin aliento. Corrimos juntos un cuarto de hora largo. De pronto, en un descanso, sus pequeñas manos se desasieron delicadamente de las mías, dijo un «muchas gracias» y siguió adelante, mientras yo, con cierta demora, me quite la gorra y permanecí todavía un buen rato en el mismo sitio. Sólo mucho Después caí en la cuenta de que durante todo aquel tiempo ella no había pronunciado ni una palabra.

El hielo se derritió y no pude repetir mi intento. Fue mi primera aventura amorosa. Pero habían de pasar años antes de que mi sueño se cumpliera y mi boca se posara en los rojos labios de una chica.

© Hermann Hesse: El caballero sobre el hielo. Traducción: Ester Capdevila Tomàs

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