Irvine Welsh: Una avería en la líneaSi me lo preguntan a mí, la puta culpa la tuvo ella. Los capullos del hospital estuvieron bastante de acuerdo conmigo, aunque tampoco llegaran a decirlo a las claras, pero se les notaba que por dentro era lo que pensaban. Ya sabes cómo son esos cabrones: no pueden decir lo que les pasa por la puta cabeza sin más. Será la puta ética profesional esa o como coño se llame. Claro, teniendo en cuenta que yo no soy un puto médico, ¿eh? Con esos cabrones yo no aguantaba ni cinco minutos. Ya os enseñaría yo cómo tratar a los pacientes, cabrones.

Pero fue culpa suya porque sabía que ese domingo quería quedarme en casa viendo el fútbol; el partido Hibs-Hearts; lo dan en directo en Setanta. Y entonces va y me suelta: «¿Por qué no llevamos a los críos al pub aquel de Kingsknowe, el que tiene terraza?»

«No puedo», le dije, «el fútbol empieza a las dos. Los Hibs contra los putos Hearts.»

«No hace falta que estemos mucho rato, Malky», me contesta. «Hace un día estupendo. Los críos se divertirían.»

Así que yo pensé: pues oye, a lo mejor no es tan mala idea. A ver, que ya tenía la priva metida en la nevera para el partido, pero unos cuantos tragos antes me dejarían estupendamente para el saque inicial. Así que le digo: «Bueno, vale, pero no nos quedaremos mucho rato, tenlo claro: el partido empieza a las dos, así que para entonces tenemos que estar de vuelta.» Pensé: que se salga con la suya, y así mantendrá la puta boca cerrada una temporadita.

Así que salimos, y sí que hacía un día estupendo, sí. Vamos pal puto pub y empezamos a bajarnos unas cuantas pintas de heavy[1]: ella venga a darle al Smirnoff Ice y yo a las pintas de Stella. Los críos están contentísimos con los zumos y las patatas fritas, aunque al niño tuve que arrearle por tirarle del pelo a la niña cuando el muy cabrito pensaba que no le estaba viendo. Menudo susto se llevó cuando le arreé un puto sopapo en toda la mandíbula. Le digo: «¡Y ahora no me jodas poniéndote a llorar como una nena o te comes otro!»

De todas formas, no le quito el ojo de encima al puto reloj, por el fútbol y eso, pero ella está venga a pimplarse una detrás de otra, y cuando le digo que es hora de apurar y largarnos, empieza a darme la puta barrila.

«¿No podemos quedarnos a tomar la última?», me sale ella, y entonces le suelto yo: «Venga, pero rapidita, ¿vale? Y luego salimos zumbando que te cagas.»

Así que yo apuro mi pinta en dos tragos, pero ella no puede con la puta copa. Ésa es ella cien por cien: cree que sabe beber, pero cuando llega la puta hora de la verdad no tiene fuelle. Se lo digo claro: «Venga, que tenemos que largarnos, joder.» Así que les hago un gesto con la cabeza a los críos pa que se vengan calle abajo conmigo; ella va rezagada. Puta gorda de los huevos. También fue culpa suya por eso; está demasiado gorda, coño, que lo dijo el médico; se lo dijo bien claro no sé cuántas veces, coño. Así que le grito: «¡Venga!»

Por supuesto, es incapaz de hacer otra cosa que echarme esa puta mirada que hace que me suba por las putas paredes.

«Andando, y no me pongas esa puta cara», le digo a la muy capulla.

Así que llegamos a la estación de Kingsknowe y le suelto: «Podemos acortar por aquí.» Ella se da la vuelta y empieza a caminar por el andén hacia el puente colgante. Le digo: «Venga ya, zumbada», y me bajo a la vía de un salto, ¿sabes? Entonces ella empieza a montarme el puto numerito: que si viene el tren y que si debería darme cuenta por el mogollón de gente que hay en el andén.

«Ya, pero se te olvida un detalle», le suelto, «en tiempos yo trabajaba en el ferrocarril.» Fue antes de que a Tam Devlin y a mí nos dieran la patada. Por la priva, ¿sabes? Con ese tema los muy cabrones se mosquean que te cagas. Aunque sólo te hayas tomado un par de pintas, da igual: ya la has jodido. Y la verdad es que a mí me daba bastante igual, pero no deja de ser una forma de buscar chivos expiatorios, como dijo el capullo del sindicato. Que tampoco es que sirviera de mucho, ¿eh?

«¡Pero sí que va a venir!», insiste. «¡Están todos esperándolo!»

Echo un vistazo al puto reloj de la estación y le suelto: «¡Todavía le quedan cinco minutos! ¡Venga ya, joder!» Cojo a Claire y la bajo a la vía, la atravesamos y la dejo del otro lado del andén. El peque, el cabrito de Jason, cruza la vía escopeteao, y por fin ella se baja del puto andén como un pato. Menudo papelón, andar por ahí con la tocina esta.

Así que subo a Claire al andén y entonces oigo un ruido metálico y empiezo a notar el temblor de los raíles bajo los pies. Por cómo suena debe de ser uno de esos InterCity que no paran. Me doy cuenta enseguida: a estos capullos los han desviado para aquí por las averías que provocan las inundaciones en la otra línea. Me acuerdo que leí esa mierda en el News. Así que subo escopeteao y le digo a la muy tocina: «¡Dame la puta mano!»

En fin, que la cojo del cazo, pero no veas la puta velocidad que lleva el Intercity este; que, por la velocidad que llevan, parece que los cabrones estos vayan a despedazar la puta estación entera, y como ella pesa tanto, en fin, que consigo subirla a medias al andén y ella venga a gritar que si los críos y yo diciéndole que los putos críos están bien, muévete, coño, pero llega el puto tren y la pilla que te cagas, y yo no puedo hacer otra cosa que notar la fuerza que tira de ella y me la arranca de las putas manos.

Joder, casi me cago, ya te digo. Creí que acabaría en el puto Aberdeen de los huevos o algún sitio de ésos, ¿sabes?, pero sólo está unos pocos metros más allá, en el mismo andén, mirándome y gritándome: «¡Tú, puto imbécil!», delante de toda la estación, ¿eh? Así que le digo que cierre la puta boca si no quiera que se la cierre de una patada en todos los piños y que levante su culo gordo del suelo y acelere. Claire se ríe, y yo miro a Jason y le veo ahí paralizado, sin moverse del puto sitio, así que estoy a punto de arrearle un bofetón cuando la miro a ella y veo que se ha quedado sin piernas, joder, como si el puto tren se las hubiera arrancado de cuajo; intenta arrastrarse hacia mí por el puto andén, haciendo fuerza con esos brazos fofos y dejando atrás un reguero de sangre.

Lo más fuerte de todo es que entonces miro al andén y veo las putas piernas, como recién amputadas. Como a la altura del muslo, las dos. Así que le grito al enano: «¡Jason! ¡No te quedes ahí mirando, recoge las piernas de tu madre! ¡Cógelas!»

Pensé que las podríamos llevar al hospital para que se las volvieran a coser. El cabroncete se echa a llorar, descontrolado que te cagas. Alguien dice a gritos que hay que llamar a una ambulancia, y ella tirada en el suelo maldiciendo mientras yo pienso en el puto partido: el saque es dentro de diez minutos. Pero entonces me pongo a pensar que lo más seguro es que de camino al hospital la ambulancia tenga que pasar por donde vivimos nosotros, así que podría bajarme y verla luego allí, después del partido y tal. Así que empiezo yo también: «Y que lo digas, colega. Una puta ambulancia, venga.»

Claire se ha acercado a donde están las piernas de su madre y las coge en brazos y corre hacia mí, así que le suelto un sopapo al listillo de Jason en toda la mandíbula; lo acusa que te cagas, porque deja de llorar de inmediato.

«¡Joder, tendrías que haber cogido las piernas tú, tonto del culo! ¡Mira que dejárselas a tu hermanita! ¡No es más que una cría! ¿Cuántos años tienes? ¡Nueve! ¡Pues a ver si se nota, coño!»

Un viejo se arrodilla junto a ella, la agarra de la mano y le dice: «No te preocupes, todo irá bien, la ambulancia ya está de camino, intenta mantener la calma» y toda esa mierda. Otro me dice: «Dios mío, esto es terrible.» Yo le contesto: «Y que lo digas, coño, fijo que ya me he perdido los dos primeros goles, fijo.» Entonces se me acerca un retrasado que me dice: «Sé que debe de estar conmocionado, pero todo irá bien. Ella resiste. Usted intente consolar a los niños.»

Le digo: «Tienes toda la razón.»

Así que justo cuando llega la ambulancia les digo a los críos: «Vuestra madre va a pasar una temporadita en el hospital, pero no le pasa nada.»

«Se ha quedado sin piernas», suelta la niña.

«Ya, eso ya lo sé, pero en realidad no le pasa nada. A ver, para cualquier persona normal, como vosotros o como yo, quedarse sin piernas sería una putada. Pero para vuestra madre no, porque está tan gorda que tampoco le quedaba mucho tiempo para seguir utilizándolas, ¿me entiendes?»

«¿Se va a morir mamá?», pregunta Jason.

«No lo sé. No soy un puto médico, ¿vale? No hagas preguntas idiotas, Jason. ¡Menudas preguntas de los huevos haces! Como se muera, y no estoy diciendo que se vaya a morir, pero suponiendo que se muera, ¿vale? Suponiendo que fuera a morirse, y sólo es un decir, que quede claro…»

«Como de mentira», suelta Claire. Ésta tiene más seso que su puta madre, menos mal.

«Eso es, cariño, como de mentira. Así que si se muriera, y que quede claro que sólo es un decir, tendríais que portaros bien y no complicarme la vida, porque ya sabéis cómo me pongo cuando empiezan a complicarme la vida, ¿no? No estoy diciendo que tenga razón ni que no la tenga; sólo digo que no me compliquéis la vida en un momento como éste si no queréis cobrar, ¿vale?» Y meneo el puño delante de sus narices pa que me entiendan.

Así que cuando los chicos de la ambulancia consigan subirla a la puta furgoneta con lo que pesa, coño, ya habremos acabado el primer tiempo. Le cojo las piernas a la cría y voy a meterlas en la parte de atrás para que vayan con ella, pero uno de los de la ambulancia las coge y las envuelve en una bolsa de plástico antes de meterlas en un cubo de hielo. Nos subimos a la parte de atrás con ella y el que conduce no pierde un segundo. Cuando estamos cerca de casa, le digo: «A mí me vas a dejar en la siguiente rotonda, colega.»

«¿Qué?», me suelta el tío.

«Que me bajo aquí», le digo yo.

«No vamos a parar aquí, amigo, ni vamos a parar hasta que lleguemos al hospital. No hay tiempo que perder. Tendrás que ingresar a tu mujer y ocuparte de los críos.»

«Ya, vale», le suelto, pero sin dejar de pensar en lo mío. «¿En el hospital hay alguna tele, colega? Fijo que sí, ¿no?»

El capullo me mira con una cara toda rara y me suelta: «Sí, sí que hay.»

Un puto listo. En fin, a ella le han puesto la máscara de oxígeno esa encima de la cara y el tío venga a decirle que procure no hablar mientras yo pienso: lo llevas claro, coño, llevo putos siglos intentando conseguir que no hable, ¿eh? La oigo y todo: venga a darme la brasa con que la culpa es mía, joder. Como siempre, fue ella, que quería seguir bebiendo, la vacaburra borracha. Le dije que si pasara tanto tiempo cuidando de los putos críos como estando de pedo, a lo mejor no irían tan mal en el colegio, sobre todo el cabrito de Jason. Me vuelvo hacia él y le digo: «Oye, no te creas que te vas a librar del cole sólo porque a lo mejor tu madre está en dique seco unas cuantas semanas. Más vale que te pongas las putas pilas, hijo, ¿me oyes?»

A veces pienso para mí que le doy demasiada caña a este capullín. Pero luego me digo: nah, porque a mí mi viejo me dio el mismo tratamiento y no me hizo ningún mal. Quien bien te quiere te hará llorar, dice el refrán. Yo soy la prueba viviente de que es lo mejor. A ver, que a mí nunca me verás tener problemas de ninguna clase con la poli desde hace ya mucho. Me aprendí la puta lección: no me meto en líos y los evito todo lo posible. Lo único que le pido a la vida es beber un poco, el fútbol y echar un polvo de vez en cuando.

Aunque eso me da que pensar: ¿cómo será follársela sin putas piernas…? Así que llegamos a urgencias y el capullo del médico venga a decirme que si estoy en estado de shock, cuando yo lo que estoy pensando es en el fútbol, y como los cabrones ya hayan marcado sí que voy a estar en shock, joder. Me vuelvo hacia el tío y le digo: «Eh, colega…, ella y yo, entiendes… ¿Cuando estemos juntos…?»

El capullo no me seguía.

«En la cama, ¿sabes?» El capullo asiente. «A ver, que si no tiene piernas, coño, ¿cómo voy a cepillármela?»

«¿Disculpe?», me suelta el capullo.

Más espeso que la madre que lo parió. Y encima médico: pa cagarse. Y yo que pensaba que pa hacer ese curro había que tener putos sesos. «Estoy hablando de nuestra vida sexual», le digo.

«Vaya, suponiendo que su esposa sobreviva, deberían ustedes poder llevar una vida sexual normal», me dice el capullo, mirándome como si fuera una especie de zumbao.

«Vaya», le suelto yo, «¡eso sí que es una buena noticia, coño, porque antes muy normal no se puede decir que fuera! A menos que echar un polvo cada tres meses o así sea algo normal, porque para mí no es normal ni de coña.»

Conque ahí estaba yo, intentando ver el puto partido en la tele de la sala de espera. Ni una cerveza ni nada, y todos los zumbaos aquellos agobiándome con formularios y preguntas, y mientras los putos críos venga a dar guerra con que si ella está bien y cuándo nos vamos a casa y toda esa mierda. Joder, se lo dije bien claro a los muy cabritos: ya veréis cuando lleguemos a casa.

Ahora, te digo una cosa: cuando salga del hospital, como no pueda hacer cosas en casa, me doy el piro que te cagas. Anda que no, joder. ¿Cuidar de una puta tocina sin piernas? ¡Sí, hombre, ésa sí que sería buena! Pero si fue culpa suya, encima, la muy foca. Mira que joderme así la tarde. Y no es que el partido fuera para tirar cohetes, ¿eh? Otro puto empate a cero, ¿sabes?


[1] Variedad de cerveza un poco más floja y más clara de tono que la export.

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