Jorge EdwardsEn el atardecer, don Alejandro se siente más liviano, más sereno, más en armonía consigo mismo. Abre la ventana y mira el cielo sobre los techos. El sol ha desaparecido hace un rato. La brisa fresca, entremezclada de rumores confusos, viene a ahuyentarle de la cabeza las ideas depresivas. Don Alejandro respira con profundidad, absorto, intentando prolongar el instante agradable. Todo el día lo ha sofocado un hormigueo de vacilaciones, de preocupaciones absurdas. Los días anteriores ha sido igual. En verdad, a don Alejandro le cuesta recordar una época diferente. ¿Veinte años atrás, cuando vivía su mujer y él conservaba su dinero?… Lecturas apasionadas, viajes a Europa, discusiones interminables en que se reordenaba el engranaje descompuesto del universo. Pero ese tiempo se ha extinguido sin remedio. Don Alejandro cierra los ojos, angustiado por la evocación. Después de un rato, siente frío y se retira de la ventana. Empieza a vestirse lentamente para salir.

Le gusta el momento en que la obscuridad termina por vencer al día. La agitación de la gente y del tráfico, a la salida del trabajo, y el juego ele las luces artificiales, que se destacan contra la sombra azulosa. Es una de las últimas tardes de noviembre. Pese a que las luces se han encendido hace rato, la claridad, arriba de los edificios, parece obstinada en permanecer. Un fulgor ceniciento sobre las formas disparejas, grises.

Con esa hora crepuscular, la angustia se disuelve inexplicablemente. Como si de pronto le quitaran un peso enorme de encima. El resto de la tarde es un sueño; lo único real es ese instante de liberación, ese surgir de fuerzas frescas, que antes han permanecido agazapadas y que ahora desbordan hasta su última fibra. Don Alejandro se siente joven, una vez más.

Atraviesa una parte de la Alameda con cautela, sin despegar la vista de los automóviles detenidos en la esquina, frente a la luz roja. En la explanada central, ya fuera de peligro, se abandona con delicia a su estado de ánimo. Camina con energías inusitadas, haciendo que su bastón describa en el aire figuras caprichosas. No hace frío ni calor. Todo en el conjunto nocturno es estimulante: las luces de los edificios, los focos de los automóviles, los letreros luminosos rojos y verdes, el bullicio… Una sonrisa pugna por asomar a los labios de don Alejandro. Sin darse cuenta, agita su bastón con alocado entusiasmo.

El rabillo de su ojo capta a tres muchachas que lo miran y aparentemente se ríen de él. “¡Ríanse nomás!” piensa don Alejandro, complacido. Vuelve la cabeza en dirección a las muchachas y ellas siguen su camino, curvándose bajo el efecto de la risa. Una le dirige una mirada burlona por encima del hombro. “Debo de haber éstado riéndome solo”, se dice don Alejandro, sonriente, mientras el bastón en su mano derecha adopta un movimiento más lento, más indefinido. Don Alejandro se detiene, momentáneamente pensativo. Adelante, la Alameda se extiende solitaria. Hay una casucha fea de madera, construida con algún fin provisorio y después olvidada. La imaginación de don Alejandro ha retenido el rostro de la muchacha que lo miró por encima del hombro; don Alejandro cree haber visto que tenía bonitas pantorrillas, y bonitas caderas. Súbitamente, da media vuelta y camina en el rumbo de las muchachas. Sus energías rebosantes se manifiestan, de nuevo, en el revoloteo del bastón y en el rostro, que apenas contiene una franca explosión de risa. Va mirando las copas de los árboles, débilmente iluminadas por la luna —cerca del tronco, los árboles concentran la obscuridad nocturna—, y tararea despacio una canción de su juventud:

¡Y el tipitín
el tipitón
el piececito,
Qu’es tan coquetón!

Del resto de la canción no se acuerda, pero le basta repetir esa parte, y la atmósfera peculiar de su juventud, conjurada por un sinnúmero de asociaciones, lo cala hasta los huesos. Sensaciones contrarias —arrebato, inspiración, desesperación, melancolía— luchan en su pecho confusamente, durante algunos segundos.

Don Alejandro se detiene antes de atravesar una calle. Las muchachas, que acaban de atravesar, se han distanciado un poco. Las pantorrillas de la que había mirado son, efectivamente, blancas y redondas, blancas y redondas… Don Alejandro, conmovido, alza su bastón y casi golpea la ventanilla de un automóvil que pasa. La calle, después, se despeja, vuelve a quedar sumida en el silencio, y don Alejandro atraviesa con dignidad, echando atrás la cabeza. Las muchachas, ahora, van lejos. No son más que tres bultos que emergen de la sombra al pasar bajo un farol. Don Alejandro cree ver que tuercen hacia la izquierda y que desaparecen tras de los árboles, como si fueran a cruzar la Alameda.

—¡Buenas noches, don Alejandro, muy buenas noches!

Mira de soslayo y lucha torpemente por sacarse el sombrero, esbozando un saludo. Un hombre pequeño, pulcro, hace venias y sonríe melosamente, con aspecto de querer iniciar una conversación. Don Alejandro apura el paso. El tipo es un tonto que ha conocido en un club político, años atrás; de esos que andan eternamente tratando de colocarse… De modo insensible, don Alejandro deriva hacia la senda que han seguido las muchachas. Apura el paso, esperando que el señor no insista en hablarle, y al transcurrir un rato respira con alivio.

Se encuentra en una calle tranquila, bordeada por árboles polvorientos, fantasmales. Los tacones de las tres muchachas resuenan con nitidez en la vereda, a media cuadra de distancia. Han caído en la cuenta de que él camina detrás de ellas y conversan con indiferencia, sin darse por aludidas de su proximidad. A don Alejandro lo comienza a dominar cierta conciencia del ridículo. Un impulso mecánico le impide cambiar de rumbo, así que acorta el paso y adopta una expresión ausente, desprevenida. Sus ojos pardos siguen clavados, inertes, en las pantorrillas blancas. En ese momento las muchachas cruzan el umbral de la puerta de una casa.

Don Alejandro pasa despacio junto al umbral y descubre que las muchachas ya entraron. Sigue caminando, extrañamente desorientado. El impulso involuntario continúa empujándolo, pese a que sus piernas, agotadas, se resisten a obedecer. Trata de apoyar el cuerpo en el bastón, pero ahora el bastón, en vez de revolotear eufóricamente, pesa y constituye un estorbo. Don Alejandro escucha entonces un movimiento de pies ágiles, cerca del balcón de la casa, unas risas sofocadas, y un breve chaparrón de agua rebota con fuerza contra su sombrero, salpicándole el traje. Don Alejandro, torciendo con dificultad el cuello, observa el balcón. Una figura de mujer corpulenta y baja sale con lentitud de la penumbra interior, apoya dos poderosos brazos morenos en la baranda y fija en él unos ojos que lanzan destellos desafiantes. Don Alejandro, enderezando el cuello, se coloca otra vez el sombrero y reanuda su camino, paso a paso.

En la esquina se divisa una fuente de soda abierta. La calle está más animada en ese sector. Una radio chillona distribuye su música a los cuatro vientos. Don Alejandro entra a la fuente de soda y un reloj, en lo alto de un aparador desvencijado, le advierte que se ha hecho tarde. “¡Qué le vamos a hacer!” piensa, suspirando y tomando asiento junto al mesón. Se saca el sombrero y vuelve, a suspirar, mientras observa el fieltro amarillento y mojado: “Mejor será que descansemos un poco”. Pide un sandwich de queso en pan de molde y mira con aprensión las manos grasientas del mesonero, que manipulean un queso duro, sepultado en un extremo del mostrador. Don Alejandro se palpa el estómago, sintiendo de antemano los efectos del queso. A su lado hay un joven pálido, huesudo, provisto de varios libros desencuadernados e inusitadamente sucios. Súbitamente poseído por una necesidad imperiosa de conversar con alguien, don Alejandro le pregunta al joven qué estudia.

—Leyes —contesta el joven, con una mirada de desconfianza.

—¡Leyés! —Don Alejandro mueve la cabeza—. ¡Muy bien! ¡Muy interesante! ¿Y qué le ha llamado más la atención en sus estudios?

El joven, rígido y huraño, no contesta. Don Alejandro entonces sondea las opiniones del joven sobre política y éste, tras un corto titubeo, se acomoda en el asiento y manifiesta su adhesión al socialismo y su desprecio absoluto por la clase burguesa. El joven acompaña estas palabras con una mirada de ostensible desdén. Alzando las cejas, don Alejandro guarda silencio.

El vidrio del mostrador refleja la blancura impecable de su camisa. Don Alejandro no sabe qué decir sobre los burgueses. El joven ha llevado la conversación a un terreno impracticable. Cuando el joven sale, don Alejandro se despide inclinando la cabeza y sonriendo con amabilidad.

En la casa, su hermana Inés ha comido y lo espera sentada severamente en el salón, bajo una lámpara.

—Se me hizo tarde —dice don Alejandro, que camina con vacilación y lleva la mano derecha sobre el vientre. El avance accidentado del queso por el estómago imprime a su rostro una mueca de disgusto.

Su hermana mueve la cabeza, sin decir palabra, se dirige a su habitación. “Buena cosa”, murmura don Alejandro. Al entrar a su pieza, don Alejandro tararea una canción en voz baja. Está inmensamente cansado y siente en la boca el gusto rancio del sandwich. Debe hacer un supremo esfuerzo para sacarse los zapatos. “¡Buena cosa!”. Se hunde en las sábanas frescas, apaga la luz y queda con la vista fija en el cuadrado de la ventana, bañado por la luna. El cansancio relega los sucesos del día a un olvido profundo. Un día como cualquier otro, un día entre los días, inútil a la vez que irreemplazable, pero el vacío es mejor que el tráfago de las contrariedades cotidianas; las células adoloridas del cerebro de don Alejandro, ahora despojadas de toda idea, salvo la del cuadrado de luz lunar, se van relajando poco a poco.

En Enrique Lafourcade, Cuentos de la generación del 50
Editorial del Nuevo Extremo, Santiago de Chile, 1959

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