Cuentos de la Generacion del 50Oh! my darling
We have missed you!
Canción Irlandesa.

 

El aún estaba quieto.

Hilda estiró los brazos y bostezó, risueñamente. Sólo el roce de su codo contra una cabellera la hizo recordar en qué lugar se hallaba y qué hacía allí. Lo miró con ternura. Volvió sus soñolientos ojos hacia la habitación: tenía cortinas floreadas, de buen gusto, podía decir que bien escogidas. Pensó que estaban acordes con los muebles modernos del departamento, este departamento que conocía tan bien, nada ostentoso, pero amoblado con confort. Todo en él era satisfactorio. Lo sabía de memoria: desde el estante bar, hasta el ordenado closet, desde el saloncito de recibo hasta el impecable baño. La cocinilla, claro está, no servía sino para preparar el desayuno y algunos guisos livianos y fáciles, a pesar de tener todo lo indispensable de una casa puesta. Si alguien hubiese querido vivir allí, habría podido hacerlo con el mayor agrado.

Sintió entonces cierta inquietud al recordar su pobre departamento, donde, a esa hora, el niño dormiría todavía plácidamente.

No todas tienen la suerte de encontrar una buena empleada puertas afuera que sepa atender y comprender, al mismo tiempo, a un niño tan difícil como Marito. El pobre estaba últimamente con un fuerte ataque- de tos.

Decidió apresurarse un poco. Se peinaría y se pondría la bata de levantarse antes de que él despertara.

Le tendría listo el desayuno.

Sin agitarse mucho, saltó de la cama.

Mala suerte: había pisado con el pie izquierdo.

El se reía de sus supersticiones. Pero, no tenía derecho. Es verdad que lo hacía de un modo encantador, con sonrisas, pero no tenía derecho.

Abrió la cigarrera y encendió un cigarrillo.

Sonrió para sí al mirar el estuche: los emblemas masónicos —la regla, el compás, esas hojas raras cuyo nombre nunca podía recordar, el triángulo— rodeaban las hermosas letras iniciales labradas, iniciales que, por coincidencia, eran las suyas: Hilda Mander. ¡Hay veces en que los nombres tienen menos importancia que las iniciales que los representan!

En cierta oportunidad ella le dijo una grosería a propósito de esas dos letras.

—No, mi pequeña —contestó él, gentilmente, sin enojarse—. Esas dos letras, por suerte, significan para mí algo mejor que eso. Shakespeare, un poeta inglés, lo dijo a través de uno de sus personajes: Brutus is an honorable man. Honorable man. Eso quiere decir: “Brutus es un hombre honorable”.

Le dio risa.

—Claro que eso es exagerar la nota y darse importancia. Porque también podrían significar: honorable mujer, historia macabra, honrosa mención, tu propio nombre y, si no te parece mal, honesta mentira.

Entonces, ella rió de su mala intención.

—Eres un pícaro —le dijo—. Te ríes de mí porque eres muy culto y yo no terminé mis humanidades.

Ella pensaba que su cultura era casi tan perfecta como su cuerpo. Era un adorno más para un hombre tan interesante como él.

—Un buen masón —aclaró— tiene que ser culto. No sólo porque así lo exige el conocimiento de la doctrina, sino que debe aprender una de las bases del sentido que el Gran Arquitecto ha dado a la naturaleza: el lugar que cada cual ocupa en sus designios.

Ella le hacía innumerables bromas referentes a las reuniones en las logias. A la masonería la llamaba “la viuda".

—¿Llegaste tarde? Habrás estado con tu viuda.

Un amigo le proporcionó un catecismo masónico. Ella había estudiado algunos de los ritos.

—Supongo que te habrás paseado del brazo con ella entre las columnas, ¿no es cierto? ¡Qué ridículo! ¡Un hombre como tú con una mujer tan vieja!

—Bah —rió él—. ¿Acaso la misa o la apertura del Parlamento no son ridiculeces?

Entró al baño y echó a correr el agua caliente en la tina, casi en silencio.

Volvió a la habitación.

El aún estaba quieto.

De su bolso extrajo con sigilo su escobilla de pelo y su peineta de concha de tortuga.

Le dieron ganas de saltar a la cama y comenzar a brincar sobre ella para despertarlo, en broma. Una vez que se declaró enfermo un fin de semana, le quitó el bastón, lo puso fuera de su alcance y dio enormes saltos sobre el sommier, que crujía escandalosamente.

—Loca. Se va a caer. Se va a dar cuenta todo el vecindario.

—A mí qué me importa —le gritaba ella, con ataque de risa—. A mí qué me importa. No pasará nada. Lo más que puede suceder es que te vean salir desnudo, cojeando, perseguido a bastonazos por tu querida. La importante aquí soy yo.

Era tan simpático que no le importaba nada que le hicieran bromas acerca de su cojera, él, a quien todos lo miraban con tanto respeto.

Alcanzó a cogerla de una pierna —o, mejor dicho, ella se dejó tomar— y todo terminó en besos y sonrisas.

—Imagínate —bromeó él— que yo, nada menos que yo, me viera envuelto en un enredo policial.

Abrió la puerta de la cocinilla y encendió los dos platillos eléctricos.

Ella sabía muy bien que él era un hombre influyente, pero jamás le preocupó saber qué es lo que hacía. Debía tener tanta o más importancia como la que insinuaba, porque le molestaba hablar de sí mismo, excepto para hacer un chiste. De todas maneras, tenía que ser muy, pero muy importante, pues le había conseguido la nulidad de su matrimonio en menos de dos meses.

Volvió al baño y comenzó a peinarse. Quería que la encontrase muy bonita, muy bien peinada y tenerle listo el desayuno como a él le agradaba al momento de despertarse.

Mientras estaba frente al espejo, recordó su modo particular de hacer el amor. A ella no le inquietaba gran cosa eso, pero le encantaba atraerle en esa forma loca. Ella prefería verlo vestido, con sus camisas maravillosas, los puños y el cuello duros, bien peinado, el terno sin una mancha ni una arruga. Tenía buena apariencia y el bastón le daba una dignidad imponente de hombre antiguo, como de cuadro. Su papá seguramente había sido así.

Terminó de peinarse, cerró el grifo del agua caliente. Abrió la cocinilla y, silbando, preparó el café. De pronto se dio cuenta de que silbaba y de que lo despertaría de una manera harto vulgar. Esperó un instante y, mientras hervía el agua, preparó los huevos y el jamón, y las tostadas con mantequilla y dulce. El agua hirvió. Todo estaba listo. Dispuso la bandeja con un mantelito y una servilleta bordada y fue en silencio al dormitorio.

El aún estaba quieto.

Su aristocrático perfil, su cutis perfecto, marfileño, resaltaban contra la almohada. Durante la noche, apenas si se había despeinado un poco.

Dejó la bandeja sobre el velador. Le dio un beso en la mejilla.

Comenzó a temblar.

Recogió apresuradamente el resto de su ropa, botó las colillas de sus cigarrillos en el silencioso, se puso el vestido abrochándose los botones equivocadamente. ¡Zás! Rompió las medias con sus gestos bruscos. ¿Qué le quedaba en la pieza? ¡Ah, sí!, los objetos de tocador. Los metió juntos en la cartera. Se disponía a salir cuando lo miró con recelo, de nuevo. El vestón estaba pulcramente colgado en una silla. Fue hacia él y sacó la billetera. Tomó todo el dinero que había dentro. Salió apresuradamente.

El ascensor demoraba una eternidad en llegar.

Bajó con otros pasajeros que la miraban de pies a cabeza. No se percató de su admiración.

Casi corrió por la acera.

Cuando hubo caminado una cuadra entera, se mordió un dedo hasta sangrar. Contuvo un grito. Llamó un taxi y le ordenó la dirección de su casa. Dentro del auto estalló en convulsivos sollozos.

El estaba muerto.

Cuando dieron las cinco de la tarde, la dueña del departamento consideró que debía pasar a mirar de todas maneras. Pocos momentos antes, le solicitaron un departamento para esa noche —esa noche de sábado de primavera— y no pudo decir ni sí ni no.

—En una hora más les contesto —respondió.

Debía revisar que todo estuviera limpio, en orden, con nueva ropa de cama.

Es verdad que él podría molestarse, pero jamás, nunca, ni siquiera desde que lo había visto con esa muchacha tan jovencita y atractiva que le presentara, pasó más allá del mediodía sin llamarla y decirle:

—Gracias por todo. Si encuentra algo que no esté bien, me avisa.

Naturalmente, encontraba todo bien, siempre. Era un señor, de la cabeza a los pies. Pagaba lo que le pedían, sin discutir, y en todas las oportunidades dejaba una fuerte propina a la mucama de turno, aunque no la conociera. A ella no le agradaba conservar la misma: todas terminaban cometiendo indiscreciones que, a veces, podían ser muy molestas. Con él, no se producía problema alguno.

Golpeó tímidamente la puerta. Pero no escuchó nada.

Después, nuevamente, volvió a golpear.

Al parecer, en el interior, no había nadie. Era natural. Claro que resultaba extraño el que no hubiera llamado.

Resolvió tocar el timbre.

—Como usted no me llamó, pensé que podía estar enfermo —le diría.

No hubo respuesta.

Entonces sacó su llave y abrió. El departamento que ella conocía hasta en sus sombras, pues eligió por sí misma los muebles, parecía estar en la penumbra a través de la puerta entreabierta. Pero, avanzando un paso, vio que, en la cama, alguien dormía.

Reconoció de inmediato esa ropa plegada cuidadosamente en la silla.

Retrocedió de puntillas y cerró la puerta.

Al parecer, estaba solo.

Iba a bajar cuando se le ocurrió una idea. Volvería y se haría la tonta. Su galantería para con las mujeres no tenía límites.

Volvió sobre sus pasos. Abrió la puerta y llamó:

—¡Bah! ¿Usted está durmiendo solito a esta hora? —dijo en voz alta.

El siguió quieto. No respondió.

Ella se acercó al baño y golpeó con los nudillos, empujando levemente la puerta para mirar hacia adentro. Estaba vacía. La tina estaba llena de agua, limpia, no usada.

De pronto, comprendió.

Miró al hombre, la cómoda, el velador, encima del cual había un desayuno sin tomar. Las mejillas, los dedos de las manos y de los pies se le helaron, por un instante, completamente. Se vería incluida en un enredo policial, irremediablemente.

La cocinilla estaba encendida. La apagó.

Encima de la mesilla de noche, al otro lado, vio una hermosa cigarrera dorada. De seguro, la dejó allí la muchacha, olvidada, al arrancarse. Tenía sus iniciales: “H. M.” Una broma procaz le pasó por la mente. Se retractó y, con gesto rápido, la metió en su bolso. Valía mucho, de seguro. La buena muchacha la echaría de menos. Ella se la devolvería, si es que alguna vez se encontraban.

El seguía quieto. Su rostro tranquilo, apacible, no decía nada. Parecía dormir, simplemente.

Corrió a la puerta que dejara abierta de par en par. No se veía señal de violencia, por ninguna parte. Miró bien su cara: tenía color ceroso, más pálido que de costumbre. Bien podía no tener importancia el asunto, con todo.

Decidió llamar a su abogado.

Bajó, muy inquieta y fue al teléfono. Preguntó por él.

—Sí, con él. Estaba regando mi jardín. ¿Por qué no vienes a tomarte un trago conmigo? ¿Ah? Voy en seguida. No toques nada. Quédate dentro, pero no toques ninguna cosa. No te preocupes. ¿No hay violencia? ¿Ah?

¿Todo bien? Sosiégate. Espérame abajo. No. Llama a la policía. Sí, a ese que te presenté esa vez, ¿recuerdas?

Así lo hizo.

—Por favor, que no haya escándalo —le rogó.

—Iré yo mismo. No llame a nadie más.

El detective llegó al cabo de un instante, en un coche gris.

—¿Está todo igual?

—Sí, excepto que apagué la cocinilla. Usted sabe. Puede producirse un incendio.

Subieron. El echó una mirada.

—Aquí no ha habido violencia, ni veneno, ni nada. El fiambre se quedó porque le falló el motor.

Se refería al corazón del muerto.

—Lo único que va a ser necesario es solicitar el permiso al juez para levantarlo. Sin eso no se puede hacer nada. ¿Qué calle es? Aquí corresponde al Primer Juzgado del Crimen. Mala suerte, señora. Es un hombre embromado. No lo conozco, porque nunca me ha tocado trabajar con él. No es mi sector, pero sé que hizo una campaña tremenda, poco tiempo atrás.

Ella se puso a tiritar.

—No se preocupe —dijo él afablemente—. ¿Usted estaba en otra parte, verdad? Además, el muerto bien puede haber sido un amigo suyo alojado acá. ¿Sabe cómo se llama?

Ella movió negativamente la cabeza y comenzó a llorar.

—Sí. Puedo probar que estaba con una amiga…

—¡Qué bueno!… —la interrumpió él—. Ahí tiene una coartada perfecta. No la molestarán. Por lo demás, es algo perfectamente honorable arrendar departamentos.

Ella le agradeció con la mirada su consoladora frase.

Fue al teléfono y consultó a la Brigada de Homicidio. Hizo, después, otra llamada.

—¿No está? ¿Dónde lo puedo encontrar? ¿Está jugando golf?

En ese instante llegó el abogado. La saludó.

—No te preocupes —le aconsejó con firmeza—. No pasará nada. Claro que me vine pensando que nos toca el juez del Primer Juzgado del Crimen. Lo conozco. Es un tipo seco, más rígido que la Justicia. ¿Lo llamaron ya?

—Sí. Anda jugando golf.

—¡La cosa se va a poner verde! —dijo el abogado.

Todos rieron del juego de palabras.

El abogado miró al detective e insinuó:

—Echemos una miradita antes, por lo que pueda pasar.

Subieron.

Ella abrió la puerta con su llave. La otra estaba encima de la cómoda, dentro.

El detective se adelantó.

—Feo color tiene —afirmó—. Cuando Usía llegue ya tendrá olorcito. ¿Había alguna documentación?

—No —dijo ella sin vacilar.

El abogado lanzó de repente una fuerte exclamación. Rió solo.

—No va a ser necesario esperar al juez. El juez está aquí hace mucho rato. Es el muerto. No sabía que la Justicia, además de ser ciega, tiene mal corazón. Más vale sacarlo de aquí. Podría darle un disgusto a su mujer. Es un hombre honorable.

Título: H.M.
Autor: Mario Espinosa
Fuente: Enrique Lafourcade, Cuentos de la generación del 50. Editorial del Nuevo Extremo, Santiago de Chile, 1959

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