A las diez de la noche, la víspera del domingo de Pascua, en nuestro maldito pasillo finalmente se hizo la calma. En un bienaventurado silencio, nació en mí la febril idea de que mi sueño se había hecho realidad: la vieja Pavlovna, vendedora de papi-rosy, había muerto. Pensé eso porque ya no se oían, desde su habitación, los gritos de su hijo Shurka, a quien ella acostumbraba a martirizar.

Con una sonrisa voluptuosa en los labios, me senté en el desvencijado sillón y abrí un volumen de Mark Twain. ¡Oh, momento de pura felicidad, hora radiante!

… Y después, la misma noche, a las diez y cuarto, en nuestro pasillo, un gallo cantó tres veces.

Un gallo, nada extraño en eso. Escuchad, la Pavlovna tuvo un cerdo que vivió seis meses en su habitación. En primer lugar, Moscú no es Berlín; además, nada puede sorprender a alguien que vive en el pasillo número 50 desde hace un año y medio. No fue tanto la aparición inesperada de un gallo lo que me dio miedo, sino el hecho de que ese gallo haya cantado a las diez de la noche. Un gallo no es un ruiseñor y, antes de la guerra, cantaba siempre al amanecer.

—¿Será posible que esos cerdos hayan emborrachado al gallo? —interrogué a mi pobre mujer abandonando a Twain. Pero no le dio tiempo a responderme, pues, a la fanfarria inaugural del gallo, le siguió el grito ininterrumpido del susodicho gallo.

Después, una voz de hombre se puso a gritar. ¡Y de qué manera! Era el grito interminable de una voz de bajo en do sostenido, grito de un alma en pena, de desesperación, un pasmoso grito de agonía.

Todas las puertas comenzaron a crujir, se oyeron ruidos de pasos. Arrojando a Twain, me precipité en el pasillo. Allí, bajo la bombilla eléctrica, un ciudadano desconocido estaba en medio de los habitantes del célebre pasillo. Con las piernas separadas, como una letra v invertida, se balanceaba, mientras que su boca abierta exhalaba aquel horrendo grito que tanto me había asustado.

Una vez en el pasillo, pude oír cómo la larga nota inarticulada ad líbitum daba paso a una melopea.

—¡Se ha cumplido! —se estrangulaba gritando la ronca voz del desconocido con el rostro inundado de lágrimas—: ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya! ¡Ahora, que nadie se aproveche de eso! ¡Aaaaah!

Para acompañar sus palabras, arrancaba, a puñados, las plumas de la cola del gallo que se debatía entre sus manos.

Bastaba con una ojeada para convencerse de que el gallo estaba completamente en ayunas. Pero el semblante del volátil expresaba un suplicio cruel. Los ojos le salían de las órbitas y batía las alas intentando escapar al puño tenaz del desconocido. La Pavlovna, Shurka el chófer, Anushka, el Misha de Anushka, el marido de Dusia y los dos Dusia, todos formaban un círculo en un silencio total, inmóviles, como clavados al suelo. Pero, en esta ocasión, no los culpo. Habían perdido el don de la palabra. Como yo, era la primera vez que veían desplumar un gallo vivo.

Vasili Ivanovich, el administrador de la casa nº 50, con una sonrisa desesperadamente forzada, intentaba arrancar el gallo de las manos del ciudadano desconocido, atrapándolo ora por una ala escurridiza, ora por las patas.

—¡Ivan Gavrilovich! ¡Por Dios! —él aún gritaba; después, poco a poco, se fue serenando en mi presencia—: nadie quiere quitarte el gallo ¡maldito sea mil veces! ¡Deja ya de martirizar a ese volátil en la víspera de la santa resurrección de Cristo! ¡Ivan Gavrilovich, cálmate!

Fui el primero en sobreponerme, y, tras una acrobacia inspirada, arranqué el gallo de las manos del ciudadano. Aquél batía las alas, se golpeó contra la bombilla eléctrica y después aterrizó en el suelo, para desaparecer en un ángulo del pasillo, por el lado del desván de Pavlovna. En un abrir y cerrar de ojos, el ciudadano se tranquilizó.

El acontecimiento era extraordinario, piensen lo que piensen, y por eso creo que terminó bien para mí. El administrador ya no me decía que si la casa no me gustaba, lo que tenía que hacer era buscarme una villa. Pavlovna ya no decía que yo dejaba la luz encendida hasta las cinco de la madrugada, ocupado «no se sabe bien en qué» y que, de todos modos, era totalmente injusto que yo me inmiscuyese en su vida. Que ella tenía derecho a pegarle a Shurka porque era su Shurka. Que lo que yo tenía que hacer era encontrar «mis propios Shurkas» y jalármelos aderezados con kasha.

Le repliqué:

—Mire, Pavlovna, si vuelve a golpear una vez más a Shurka en la cabeza, la denunciaré a la justicia e irá a pudrirse un año en prisión, por trato cruel a un hijo.

Pero esta advertencia no sirvió de nada. Pavlovna me amenazó a su vez con presentar una queja a la administración para que me expulsasen. «Si alguien no está contento aquí, que se largue entonces a vivir allí donde vive la gente cultivada.»

En una palabra, en esta ocasión, nada de eso. Los inquilinos de la más célebre casa de Moscú se dispersaron en un silencio sepulcral. Sujetando al ciudadano desconocido por los brazos, el administrador y Katerina Ivanovna lo acompañaron hasta la escalera. El desconocido caminaba, rojo como la grana, temblando y titubeando, con los ojos desmesuradamente abiertos y en una silenciosa agonía, a punto de desmayarse. Parecía envenenado con belladona (atropa belladona).

Pavlovna y Shurka atraparon al exhausto gallo en el desván y también se lo llevaron.

Al volver, Katerina Ivanovna dijo:

—Este hijo de perra (léase literalmente «el administrador de la casa», alias el marido de Katerina Ivanovna) salió —a la chita callando— a comprar algo. Como siempre, compró un cuartillo en lo de Sidorovna. Y después invitó a Gavrilovich diciendo: «Vamos a probarlo».

—A nadie le cae mal, pero estos se han desfondado antes de que el pope hiciese sonar la campana. Que el Señor me perdone mi pecado. No tengo la menor idea de lo que ha podido pasar por la cabeza de Gavrilovich. Entonces, bebieron, y mi hombre le dijo:

—Gavrilovich, para qué vas a ir al retrete con el gallo, déjamelo, yo te lo guardaré.

De pronto, el otro se cegó:

—Ah, no, dijo, tú quieres, dijo, quedarte con mi gallo.

Y entonces se puso a gritar. ¡Sólo Dios sabe lo que ha podido imaginarse!…

A las dos de la madrugada, el administrador de la casa, después de haber quebrantado el ayuno de cuaresma, rompió todos los cristales y le pegó a su mujer, asegurando, para justificarse, que ella le había «amargado» la vida.

En ese momento, mi mujer y yo asistíamos a la oración pascual de medianoche; de ahí que el escándalo se desarrollase sin mi presencia. Los moradores de la casa reaccionaron y llamaron al presidente del consejo de administración. Este último hizo su aparición sin tardanza. Rojo como una bandera, con los ojos brillantes, vio a Katerina Ivanovna completamente amoratada y dijo:

—Vasili Ivanovich, me sorprendes. Tú, cabeza de familia, ¿no puedes meter en cintura a una buena mujer?

Por primera vez en su vida, nuestro presidente no se alegró de las palabras que dijo. Él mismo, el chófer y el marido de Dusia tuvieron que emplearse a fondo para desarmar a Vasili Ivanich, y de propina, sufrió una herida en la mano; después de las palabras del presidente, Vasili Ivanich se armó con un cuchillo de cocina para rajar a Katerina Ivanovna al grito de: «¡Le voy a ajustar las cuentas!»

Encerrando a Katerina Ivanovna en el desván, el presidente le hizo creer a Ivanich que Katerina Ivanovna se había escapado. Finalmente, Vasili Ivanich se quedó dormido con estas palabras:

—Está bien. De mañana, no pasa: ¡la rajaré! ¡Vaya si la rajaré!

El presidente se marchó diciendo:

—¡Bueno, bueno! Sidorovna tiene uno de esos matarratas. ¡Una animalada, ese matarratas!

A las tres de la madrugada apareció Ivan Sidorich. Lo declaro públicamente: si en vez de ser tan débil de carácter yo fuese un hombre, seguramente hubiese puesto a Ivan Sidorich a la puerta de mi habitación. Pero le tenía miedo.

Después del presidente, es la persona más poderosa de la administración. Quizá no llegue a expulsarme (diablos, quién sabe, eso podría ocurrir), ¡pero puede envenenarme la vida con absoluta libertad!

Y para mí, eso es lo peor de todo. Si me envenenan la existencia, no podré escribir mis sátiras y si no puedo escribir, entonces, inevitablemente, será la ruina económica.

—Buenas, ciudadano perio… dista —eructó Ivan Sidorich oscilando como una brizna de hierba al viento—. Vengo a verle.

—Encantado.

—Es por lo del esperanto…

—?????

—Escribir… una nota… un artículo… Quiero fundar una sociedad… Escribir tal cual: Ivan Sidorich, esperantista, desea, por decirlo así…

De pronto, Sidorich se puso a hablar en esperanto (a propósito, es una lengua increíblemente desagradable).

Ignoro lo que el esperantista leyó en mi mirada, pero se encogió de golpe, abrevió las extrañas palabras —una jerga verbal latino-rusa—, que comenzaron a interrumpirse e Ivan Sidorich adoptó una lengua accesible a todos.

—Además, excus… Yo… mañana.

—Se lo ruego —respondí suavemente llevando a Ivan Sidorich hacia la puerta (nadie sabe por qué él quería salir pasando a través de la pared).

Una vez que se hubo ido, mi mujer preguntó:

—¿No pueden echarlo?

—No, cariño. Es imposible.

A las nueve de la mañana, la fiesta comenzó con una fanfarria marinera interpretada al acordeón por Vasili Ivanovich (Katerina Ivanovna bailaba) y un discurso en mi pieza del Misha de Anushka, completamente borracho. En su nombre y en nombre de ciudadanos que yo no conocía, Misha me expresó su estima. A la diez llegó el adjunto del conserje (ligeramente achispado); a las diez y veinte, el conserje principal (completamente borracho), después, a las diez y veinticinco, el encargado de la calefacción (en un estado espantoso). En silencio, este último se marchó, perdiendo ipso facto por el pasillo los cinco millones que yo le había entregado.

Al mediodía, al llenar el cuartillo de Vasili Ivanovich, Sidorovna —descaradamente— le echó tres dedos de menos. Entonces, éste, provisto de un cuartillo vacío, se fue a reclamar a quien correspondía:

—Venden matarratas. Quiero que los arresten.

—¿No te traes un mal rollo? —le preguntaron, con aire lúgubre, donde correspondía—. Según nuestras informaciones, en ese barrio no hay matarratas.

—¿Que no hay? —sonrió Vasili Ivanovich con amargura—. Sus palabras son realmente sublimes.

—En efecto, no hay. ¿Y cómo es posible que tú estés en ayunas si allí venden matarratas? Será mejor que vayas a acostarte. Ya denunciarás mañana a los que venden matarratas.

—Ah, bueno… Comprendo —dijo Vasili Ivanovich, con una alelada sonrisa—. Entonces, ¿no hay prisa con esa gente? Continuarán sin llenar la botella. En cuanto a mi sobriedad, tenga, huela un poco mi cuartillo.

El cuartillo desprendió «un fuerte olor a aceite empireumático».

—¡Llévanos allí! —le ordenaron entonces a Vasili Ivanich.

Lo que hizo.

Cuando Vasili Ivanich se despertó, le dijo a Katerina Ivanovna:

—Date un salto hasta lo de Sidorovna y compra un cuartillo.

—Recobra el juicio, alma maldita —respondió Katerina Ivanovna—. Se acabó Sidorovna.

—¿Cómo es eso? ¿Y quién se lo sopló? —se sorprendió Vasili Ivanich.

Me alegro. Pero no por mucho tiempo. Una media hora más tarde, Katerina Ivanovna regresaba con un cuartillo lleno. Sucedió que había brotado una nueva fuente en casa de Makeich, a dos inmuebles del de Sidorovna. A las siete de la tarde, pude arrancar a Natasha de las manos de su esposo, el panadero Volodia («¡¡¡S no le pego!!!» «¡Es mi mujer!», etc.).

A las ocho de la tarde, cuando aún seguía oyéndose la música de los marinos y Anushka se puso a bailar, mi mujer se levantó del sillón y dijo:

—Yo ya no puedo más. Haz lo que quieras, pero tenemos que marcharnos de aquí.

—Pero cariño —respondí, desesperado—. ¿Qué puedo hacer? Es imposible encontrar una habitación. Vale veinte mil y yo sólo gano cuatro. No podemos esperar nada hasta que no finalice mi novela. Ten paciencia.

—No hablo de mí —respondió mi mujer—. Pero no acabarás nunca tu novela. Nunca. Esto no tiene salida. Voy a tomar morfina.

Ante esas palabras tuve la sensación de que me convertía en un hombre de hierro. Al responderle, mi voz sonó completamente metálica:

—Tú no tomarás morfina porque no te lo permitiré. En cuanto a la novela, terminaré de escribirla y puedo asegurarte que será una novela tal que en ella hasta el cielo será tórrido.

Después de esto, ayudé a mi mujer a vestirse, cerré la puerta con llave, y le pedí a la Dusia nº 1 (que no bebe nada salvo oporto) que montase guardia a fin de que nadie rompiera el cerrojo. Después, llevé a mi mujer a casa de mi hermana, en la calle Nikitskaya, para los tres días de fiesta.

Conclusión

Tengo un proyecto. De aquí a dos meses, me comprometo a desecar Moscú, si no en su totalidad al menos en un 90%.

Las condiciones: yo lo dirigiré todo. Escogeré personalmente a mis colaboradores entre los estudiantes. Habrá que remunerarlos espléndidamente (cuatrocientos rublos-oro. El objetivo merece la pena). Se necesitan cien personas. Que me concedan una vivienda con tres piezas-cocina, y que me den, en una sola entrega, mil rublos-oro así como una jubilación para mi esposa, en el caso de que yo fuese asesinado.

Plenos poderes. Y que se proceda sin más dilación, según mis instrucciones, a los arrestos. Para los debates judiciales, veinticuatro horas y ninguna pena de sustitución o multa.

Aplastaré a todas las Sidorovna, a todos los Makeich, y también, por carambola, todos los «pequeños antros», las pequeñas Flores de Georgia, los castillos de Tamara y otros cabarets por el estilo.

Moscú se transformará en un Sahara y, en los oasis, bajo los rótulos fluorescentes anunciando «abierto tarde-noche», no se venderán más que ligeros vinos tintos y blancos.

© Mijaíl Bulgákov: Proyecto para una ley seca en Moscú. Traducción de Jorge Segovia y Violeta Beck.

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