El almacén en el que tuvo lugar la vista celebrada por el juez de paz apestaba bastante a queso. El chiquillo, acuclillado sobre el barril de los clavos, al fondo de un local atestado de gente, era sabedor de que olía a queso, y a unas cuantas cosas más: desde el asiento al que se había encaramado alcanzaba a ver las estanterías alineadas en las que se apilaban bien apretadas las formas sólidas, chaparras, dinámicas, de aquellas latas cuyas etiquetas leyó con el estómago, sin recurrir a unos rótulos que para su caletre nada significaban, fijándose en cambio en los diablos rojos y en la curvatura argentina de los peces,[1] todo lo cual, el queso de cuyo olor era consciente y la carne hermética, enlatada, cuyo olor creían percibir sus intestinos, le llegaba en rachas intermitentes y efímeras en medio de un constante efluvio, el olor y la sensación de tener un poco de miedo, más que nada por la desesperanza y por la tristeza, la vieja y feroz pulsión de la sangre. No alcanzaba a ver la mesa tras la que se había sentado el juez, frente al cual se encontraban de pie su padre y el enemigo de su padre («nuestro enemigo —pensó con la misma desesperanza—, ¡nuestro de los dos! ¡Tan suyo como mío! ¡Es mi padre!»), aunque sí los oía, u oyó más bien a los dos, porque su padre aún no había dicho ni palabra:

—¿Y qué pruebas tiene, señor Harris?

—Ya se lo he dicho. El cochino se me metió en el maizal. Le eché el guante y se lo mandé. No tenía él una cerca con la que tenerlo bien sujeto. Yo ya se lo dije, ya iba avisado. La siguiente vez metí al cochino en mi corral. Cuando vino a recogerlo, le di alambre de sobra para que cercase bien su corral. A la vez siguiente, recogí al cochino y lo metí en mi corral. Fui a caballo hasta su casa y vi todo el alambre que le había dado yo enrollado y arrinconado en su parcela. Le dije que podía pasar a llevarse el cochino cuando me pagase una tasa de un dólar.[2] Esa misma noche vino un negro con un dólar y se llevó el cochino. Era un negro un poco raro. Forastero, a lo mejor. Va y me dice: «Dice que le diga que la madera con el heno arde fácil». ¿Cómo dices?, le digo yo. «Pues eso, que madicho que le diga que la madera con el heno arde fácil.» Esa misma noche me pegaron fuego al establo. Pude sacar lo que tenía dentro, aperos y animales, pero perdí el establo.

—¿Qué ha sido del negro? ¿No le ha echado el guante?

—Era un negro un poco raro, ya le digo. No sé qué habrá sido de él.

—Pero eso no prueba nada. ¿No entiende que eso no es una prueba?

—Que venga el chiquillo. Él sí que lo sabe —durante unos instantes, el chiquillo pensó que el hombre se refería a su hermano mayor, hasta que Harris dijo—: No, ése no. El pequeño. El chiquillo —y, acuclillado como estaba, pequeñajo para su edad como era, menudo y nervudo como su padre, con unos vaqueros descoloridos y remendados, demasiado pequeños incluso para él, con el cabello castaño, lacio, sin peinar, y los ojos grises, despavoridos como nubes de tormenta, vio separarse a los hombres que se interponían entre aquella mesa y él, y los vio convertirse en una calleja de rostros malencarados, al fondo de la cual acertó a ver al juez, un hombre desaliñado, sin cuello de camisa, canoso, con gafas, que le hacía gestos para que se acercara. No sintió el suelo bajo las plantas de los pies, le pareció que caminase bajo el peso palpable de los rostros malencarados que se iban volviendo a su paso. Su padre, envarado, con la levita negra que sólo se ponía los domingos, y que no se había puesto por el juicio, sino por la mudanza, ni siquiera le miró. «Él lo que quiere es que mienta —pensó, y volvió a sentir el mismo frenesí de tristeza y desesperanza—. Y voy a tener que hacerlo».

—¿Cómo te llamas, chico? —dijo el juez.

—Coronel Sartoris Snopes —murmuró el chico.

—¿Eh? —dijo el juez—. Habla más alto, anda. ¿Coronel Sartoris, dices? Pues digo yo que todo el que en este condado lleve el nombre del Coronel Sartoris a la fuerza tiene que decir la verdad, ¿no? —el chiquillo no dijo nada. «¡Enemigo! ¡Enemigo!», pensó; hubo un instante en el que ni siquiera acertó a ver nada, y no pudo ver que el juez lo miraba con semblante amable, ni acertó a discernir que interpeló con voz contrariada al hombre que llamaban Harris—: ¿Desea interrogar a este chiquillo?

En cambio, sí acertó a oír, y oyó, durante los largos segundos que siguieron, mientras no se oyó absolutamente nada más en el reducido espacio del almacén, atestado como estaba de gente, el sonido de un respirar reposado y atento, tan quedo que fue como si se hubiera columpiado al extremo de la cuerda, en lo más alto de un barranco, sujeto a los zarcillos de una parra, y como si en el punto más elevado del arco que trazaba el columpio quedase atrapado en un detenido instante de hipnótica gravitación, ingrávido en el tiempo.[3]

—¡No! —dijo Harris con violencia, con explosiva exasperación—. ¡Condena…! ¡Mándelo fuera de aquí!

El tiempo, el mundo de la fluidez, apretó entonces su discurrir de nuevo bajo sus pies, y las voces volvieron a llegarle claras, confusas, en medio del olor a queso y a carne sellada, en medio del miedo y la desesperanza y la antigua tristeza de la sangre:

—Se desestima el caso. Nada puedo probar en contra de usted, Snopes, pero sí puedo y debo darle un consejo. Márchese del condado y no se le ocurra volver.

Tomó la palabra su padre por vez primera, con voz fría y áspera, sin alterarse, sin cargar las tintas.

—Ésa es mi intención. No se me ocurriría quedarme en un condado, entre gentuza que… —y dijo algo que no es posible poner por impreso, algo vil y rastrero, que no dirigió a nadie en particular.

—Con eso es más que suficiente —dijo el juez—. Tome su carreta y lárguese del condado antes de que anochezca. Se desestima la demanda.

Su padre se volvió en redondo y él siguió la levita envarada, la figura nervuda que caminaba con rigidez debido a la bala de mosquete con que le alcanzó un confederado, uno de los hombres del sheriff, nada más robar un caballo, más de treinta años antes, y siguió más bien las dos espaldas, puesto que su hermano mayor acababa de aparecer en medio del gentío, no más alto que el padre, pero sí más grueso, mascando tabaco sin descanso, entre las dos hileras de individuos malencarados que formaban la calle que desembocaba en salida del almacén, para atravesar el porche desgastado y bajar los peldaños combados y pasar entre los perros y los chicos que se habían juntado en medio de la polvareda de un mayo ya caluroso, por donde oyó al pasar un susurro mascullado:

—¡Quemaestablos!

Tampoco acertó a ver nada, pese a volverse sobre los talones; había una cara en medio de una bruma roja, como el halo de la luna, mayor que la luna llena, cuyo dueño de nuevo tenía la mitad de su tamaño, y saltó en medio de la bruma roja hacia ese rostro y no sintió el golpe, no sintió nada al darse de cabeza contra la tierra, levantándose veloz, de un salto, sin sentir tampoco entonces el golpe, sin sentir el sabor de la sangre en la boca, levantándose veloz, justo a tiempo de ver al otro muchacho, que se dio a la fuga a la vez que emprendía él la persecución y toparse con que la mano de su padre le impedía el paso, la voz fría, áspera, resonante por encima de él.

—Anda y sube a la carreta.

La carreta estaba en medio de las acacias y las moreras, al otro lado de la calle. Sus dos hermanas, grandullonas, endomingadas, así como su madre y la hermana de su madre, con sus vestidos de percal y sus capotas para guarecerse del sol, esperaban sentadas en la carreta, entre los penosos residuos de la docena de mudanzas, o acaso más, que hasta el chiquillo recordaba; el fogón destartalado, las camas y las sillas medio rotas, el reloj con incrustaciones de madreperla, que no funcionaba, parado a unos catorce minutos después de las dos de un día y una época apagados, olvidados, que formó parte de la dote de su madre. La madre lloraba, aunque en el momento en que lo vio se pasó la manga sobre la cara y empezó a bajar de la carreta.

—Estate quieta —dijo el padre.

—Se ha lastimado. Tengo que ir a por agua para lavarle…

—He dicho que te quedes quieta en la carreta —dijo el padre. También él subió, pero pasando por la trasera. Su padre se encaramó al pescante, en donde su hermano mayor ya estaba instalado, y arreó a las mulas flacas un par de fustazos salvajes con una vara de sauce pelada, aunque sin encono. Ni siquiera fue sádico; lo hizo exactamente con esa misma cualidad que en años venideros habría de provocar que sus descendientes revolucionasen el motor en exceso antes de poner el coche en marcha, acelerando y frenando al mismo tiempo. Arrancó la carreta mientras todos los presentes en el almacén, callados, salieron a mirar malencarados su partida y pronto quedaron atrás, hasta que los ocultó una curva del camino. «Para siempre —pensó—. A lo mejor ahora se da por contento, ahora que ya ha…» e interrumpió el pensamiento, que no llegó a formular del todo ni siquiera para sus adentros. Notó la mano de su madre en el hombro.

—¿Te duele? —le dijo.

—No, no es nada —dijo él—. Déjame en paz.

—Anda, límpiate un poco la sangre antes de que se seque.

—Ya me lavaré por la noche —dijo—. Déjame en paz. No es nada, en serio.

La carreta seguía la marcha. El chiquillo no sabía adónde se dirigían. Ninguno de ellos lo supo nunca, ni lo preguntó, siempre al final una casa, por llamarla de algún modo, que los esperaba al cabo de uno, dos e incluso tres días de viaje. Era probable que su padre ya hubiera acordado un empleo de aparcero en otra propiedad antes de… Tuvo que interrumpirse de nuevo. Él (el padre) siempre obraba igual. Algo tenía en su independencia e incluso en su valentía lobuna, al menos cuando la situación era si acaso paritaria, e incluso neutral, algo que impresionaba a los desconocidos, como si de su latente ferocidad de voraz depredador extrajeran no tanto una sensación de confianza cuanto, más bien, la percepción de que su feroz convicción en la rectitud de sus propios actos había de ser ventajosa para todo el que concurriese con sus intereses.

Acamparon esa noche en una arboleda, entre robles y hayas, por donde corría un arroyo. Las noches aún eran frescas y armaron una fogata para defenderse del frío, con una barandilla arrancada de una cerca que vieron en las inmediaciones y que cortaron en dos tramos, para armar una fogata pequeña, precisa, casi cicatera, una fogata ladina; esas fogatas eran las que su padre tenía por hábito y costumbre armar siempre, incluso cuando más inclemente era el frío. De haber sido mayor, el chiquillo podría haber reparado en ello y haberse preguntado por qué no armaba una fogata más grande, por qué un hombre que no sólo había presenciado el despilfarro y la extravagancia de la guerra, sino que también llevaba en la sangre una prodigalidad voraz e inherente a todo lo que fuera material, máxime si no era de su propiedad, no había echado al fuego todo lo que tuviera a la vista. Luego podría haber ido un paso más allá y haber pensado que ésa era la razón, que esa hoguera mísera era el fruto viviente de las noches que había pasado al raso durante aquellos cuatro años, en los bosques, escondiéndose de todos los hombres por igual, los de uniforme gris y los de uniforme azul, con sus reatas de caballos (caballos capturados, los llamaba él). Y de haber sido aún mayor acaso hubiese adivinado la razón: que el elemento del fuego hablaba y llegaba a tocar en lo más vivo algún resorte ubicado en lo más profundo del ser de su padre, tal como el elemento del acero o de la pólvora hablaba y llegaba a otros hombres, por ser el arma para la preservación de la integridad, sin la cual no valdría la pena seguir respirando, conservar el aliento, y que por tanto era preciso contemplar con respeto y utilizar con discreción.

Pero en esto no pensaba en esos momentos; había visto esas míseras fogatas durante toda su vida. Se limitó a zamparse la cena junto al fuego y casi se había adormilado ante la escudilla de peltre cuando su padre lo llamó y una vez más hubo de seguir la espalda envarada, la cojera implacable y envarada, y subir por la cuesta y llegar al camino que iluminaban las estrellas, donde al darse la vuelta vio la silueta de su padre recortada sobre las estrellas, sin rostro, sin profundidad, una silueta negra, plana, sin sangre en las venas, como si estuviese recortada en hojalata en los pliegues de hierro de la levita que no se había hecho para él, áspera la voz como la hojalata y sin calor ninguno, como la hojalata:

—A punto estuviste de soltarlo delante de todos ellos. A punto estuviste de decírselo —él no contestó. Su padre le soltó un sopapo con la palma de la mano en toda la mejilla, con fuerza, pero sin acalorarse, exactamente igual que había golpeado a las dos mulas delante del almacén, exactamente igual que golpearía a cualquiera de las dos para matar o espantar a una mosca, la voz áspera como la hojalata, y sin calor, como la hojalata—: Te estás haciendo un hombre. Tienes que ir aprendiendo. Has de aprender a ser fiel a los tuyos, a la sangre, porque si no te quedarás sin sangre a la que ser fiel. ¿Tú crees que alguno de ellos, alguno de los hombres que estaban allí esta mañana, es fiel a su sangre? ¿No te das cuenta de que lo único que querían era tener la posibilidad de pillarme, porque ya les había ganado yo por la mano? ¿No te enteras, o qué? —más adelante, veinte años más adelante, habría de decirse: «De haberle dicho yo que sólo querían justicia, que sólo querían saber la verdad, me hubiera vuelto a abofetear». Pero no dijo nada. Ni siquiera lloró. Se quedó en donde estaba—. Contéstame —dijo su padre.

—Sí —murmuró. Su padre se dio la vuelta.

—Vete a la cama. Mañana llegamos.

Y al día siguiente llegaron. A primera hora de la tarde, la carreta se detuvo ante una casa de dos habitaciones, sin pintar por fuera ni por dentro, casi idéntica a la docena de casas en las que se habían detenido antes, en los diez años de vida que tenía el chiquillo, y una vez más, como en esa docena de ocasiones, su madre y su tía bajaron y comenzaron a descargar la carreta, aunque las dos hermanas, como el padre y el hermano, no se habían movido.

—Seguramente, ni para criar cochinos vale —dijo una de las hermanas.

—Da igual —dijo su padre—. Tú la pones como debe estar, y ya verás cómo crecen los cochinos y hasta termina por gustarte. Sacad las sillas, ayudad a vuestra madre a descargar las cosas.

Bajaron las dos hermanas, grandullonas, bovinas, un remolino de adornos y cintas baratos; una de las dos sacó de la desordenada trasera de la carreta un farol abollado, y la otra una escoba vieja. Su padre dio las riendas al hijo mayor y comenzó a subir envarado a la rueda de la carreta.

—Cuando hayan descargado, te llevas a las mulas al establo y les das el heno —y siguió hablando, y al principio el chiquillo pensó que hablaba con su hermano—. Ven conmigo.

—¿Yo? —dijo.

—Sí —dijo su padre—. Tú.

—Abner —dijo su madre. Su padre se detuvo y se volvió a mirarla con ojos duros, planos, bajo las cejas boscosas, canosas, irascibles.

—Me parece que voy a tener que hablar un momento con el hombre que a partir de mañana, y durante ocho meses, va a ser dueño y señor de mi cuerpo y de mi alma.

Echaron a andar por el camino. Una semana antes, o en todo caso antes de la noche anterior, claro, le hubiera preguntado adónde iban, pero en ese momento no se lo preguntó. Su padre le había abofeteado con anterioridad, pero nunca, en ninguna ocasión se paró a explicarle el porqué. Era como si la bofetada y la voz que la sucedió en calma, aunque irritada, todavía resonasen, como si aún repercutiesen, por más que a él no le hablase de nada más que de la desventaja de ser joven, del peso escaso de sus pocos años, peso a lo sumo suficiente para impedir que volase y se librase del mundo, pero no tanto que le diese un sólido arraigo en ese mismo mundo, un lugar donde resistirse al mundo, donde fuera posible empeñarse en cambiar fuera como fuese el curso de los acontecimientos.

Vio entonces el robledal y los pocos cedros y los otros árboles en flor, los matojos tras los cuales habría de estar la casa, aunque la casa aún no la vio. Caminaban junto a un lado de la cerca, al otro lado de la cual se apiñaban la madreselva y las rosas silvestres, y así llegaron a una cancela abierta, entre dos pilares de ladrillo, y al cabo de una corta avenida vio por vez primera la casa, y en ese instante olvidó a su padre y olvidó a la vez el terror y la desesperanza, y ni siquiera al acordarse otra vez de su padre (que no se había parado) volvieron a hacer mella en él el terror y la desesperanza. Y es que a lo largo de las doce mudanzas previas habían residido en tierras pobres, en tierras de cultivos escasos, de campos pequeños, con pocos sembradíos, pocas casas, y jamás había visto una casa como aquélla. «Es más grande que un juzgado», pensó en silencio, con un repunte de paz, de alegría, cuya razón nunca hubiera sido capaz de traducir en palabras, pues era demasiado joven: Están a salvo de él. Las gentes cuyas vidas formen parte de esta paz, de esta dignidad, están fuera de su alcance; no pasará de ser él más que una avispa zumbona: capaz como mucho de picar un momento, pero nada más; el embrujo de esta paz y de esta dignidad da incluso a los graneros, a los establos, a los pesebres, algo que los protegerá de todas las malvadas llamas que sea él capaz de prender… todo lo cual, la paz, la alegría, se difuminó un instante cuando volvió a mirar la espalda envarada, la cojera envarada e implacable de la figura que no se había empequeñecido ante la casa, por la sencilla razón de que tampoco había sido mayor en ninguna otra parte, recortada sobre el fondo de las columnas serenas, y que ahora más que nunca tenía la cualidad inmune de algo cortado de forma despiadada en un trozo de hojalata, algo carente de hondura, como si, de costado al sol, ni siquiera sombra proyectase. Viéndolo, el chiquillo reparó en el rumbo absolutamente preciso que había tomado su padre, y vio su pie envarado plantarse en una bosta reciente, un cagallón que un caballo había dejado en la avenida, y que su padre podría haber esquivado con un simple cambio de paso. Pero se difuminó tan sólo un momento, por más que eso tampoco pudiera haberlo formulado él con palabras, al adentrarse en el embrujo de la casa, que pudo codiciar sólo sin envidia, sin pesar, nunca, desde luego, con esa ira rabiosa y celosa que, sin que él la conociera, caminaba enfundada en la levita negra, férrea, que avanzaba pocos pasos por delante de él: «Es posible que a él también le llegue. Es posible que ahora cambie y deje de ser el que tal vez no puede no ser».

Cruzaron el pórtico de entrada. Oyó entonces los pasos envarados de su padre, sus pisadas sobre la tarima, con una determinación de reloj, con una resonancia despareja de toda proporción con el desplazamiento del cuerpo que portaban, y que tampoco se empequeñecieron ante la puerta blanca que tenía delante, como si hubiese alcanzado una suerte de mínimo emponzoñado y rabioso, la resolución de no empequeñecerse jamás ante nada, el sombrero plano, de ala ancha, negro, la levita de paño que fue negra una vez, pero que ya tenía esos visos lustrados por la fricción, verdosos, que asoman en los cuerpos de las moscas comunes, la manga recogida, demasiado larga, la mano en alto, como una garra curvada. Se abrió la puerta tan pronto que el chiquillo comprendió que el negro seguramente los estuvo mirando en todo momento, un negro ya mayor, con el cabello crespo, bien cortado, con una chaqueta de lino, que les impedía el paso plantado en la puerta.

—Límpiense los zapatos, señores blancos, antes de entrar. El comandante ahora no está en la casa para nada.

—Quítate de en medio, negro —dijo su padre sin acalorarse, abriendo la puerta del todo, apartando al negro, entrando, sin haberse quitado el sombrero. Y el chiquillo vio entonces las huellas que había dejado el pie cojo del padre junto a la jamba y las vio reaparecer en la pálida alfombra de la entrada, tras la maquinal resolución del pie, que parecía soportar (o transmitir) el doble del peso que desplazaba el cuerpo. El negro se puso a gritar a sus espaldas.

—¡Señorita Lula! ¡Señorita Lula!

Y entonces el chiquillo, como si lo inundase del todo una cálida acometida, la suave curvatura de una escalera alfombrada, el rebrillo de las arañas que colgaban del techo, el relumbre opaco de los marcos dorados, oyó la agilidad de los pasos y también la vio, una señora como tal vez jamás hubiese visto, enfundada en un vestido gris, liso, con encajes en el cuello, y un delantal atado a la cintura, remangada, limpiándose las manos de los restos de masa pastelera, con un trapo, a la vez que entraba en el vestíbulo, sin mirar a su padre, atenta e incrédula a las huellas que había dejado en la rubia alfombra, con una expresión de asombro, de incredulidad.

—Traté de impedirle… —exclamó el negro—. Ya le dije que no…

—¿Tendrá usted la bondad de marcharse? —dijo ella con voz temblorosa—. El comandante De Spain no se encuentra en la casa. ¿Quiere hacer el favor de marcharse?

Su padre no había vuelto a decir nada. No volvió a decir nada. Ni siquiera la miró. Se quedó envarado en medio de la alfombra, con el sombrero puesto, las cejas boscosas, entrecanas, levemente agitadas sobre los ojos de color guijarro, al tiempo que parecía examinar la casa con breve determinación. Con esa misma determinación se dio la vuelta; el chiquillo lo vio girar en redondo sobre su pierna buena y vio el pie cojo trazar el arco del giro, dejando un último y desdibujado manchurrón en la alfombra. Su padre no lo llegó a mirar, no bajó nunca los ojos a la alfombra.

El negro sostuvo la puerta abierta. Se cerró tras ellos, sobre el histérico, indistinguible gemido de la mujer. Su padre se plantó en el primero de los peldaños, contra el canto del cual se limpió las suelas de las botas. En la cancela paró de nuevo. Se quedó quieto un momento, plantado, envarado, sobre el pie cojo, y miró a la casa.

—Qué blanquita, qué bonita, ¿no te parece? —dijo—. Eso sí es sudar. Sudar de negro, claro. A lo mejor todavía no es todo lo blanca que él quisiera. A lo mejor, lo que quiere es añadirle a la mezcla un poco de sudor de blanco.

Dos horas después, el chico estaba cortando leña detrás de la casa en la que su madre y su tía y las dos hermanas (la madre y la tía, no las dos hermanas; de eso estaba seguro; incluso a tanta distancia, y asordinadas por las paredes, las voces altas, llanas, de las dos chicas diseminaban la incorregible inercia de la pereza) estaban atizando el fogón para preparar una cena, y entonces oyó el ruido de los cascos y vio al hombre del traje de lino, que llegó a lomos de una yegua espléndida, alazana, y al cual reconoció antes de ver incluso la alfombra enrollada delante del negro joven que lo seguía en un caballo pinto, de tiro, un rostro colérico y colorado que se fue desvaneciendo a galope tendido al doblar la esquina de la casa en la que su padre y su hermano se habían sentado en las dos sillas cojas; pasado un instante, sin tiempo siquiera para dejar el hacha en el suelo, oyó de nuevo los cascos y vio a la yegua alazana salir del terreno, de nuevo a galope tendido. Su padre llamó entonces por su nombre de pila a una de las hermanas, que en ese momento salió de espaldas por la puerta de la cocina, arrastrando la alfombra enrollada por el suelo, tirando de una punta, mientras la otra hermana caminaba tras ella.

—Si no me vas a echar una mano, ve a poner la perola para lavar —dijo la primera.

—¡Eh, Sarty! —dijo la segunda—. ¡Ve a poner la perola para lavar!

Su padre apareció en la puerta, enmarcado por todo ese desaliño, tal como lo estuvo con la perfección blanda de la otra puerta, e impermeable a una y a la otra, la cara de la madre asomada, ansiosa, por encima de su hombro.

—Ve —dijo el padre—. Recógela.

Las dos hermanas se quedaron quietas, anchas las dos, aletargadas; agachándose, presentaron a sus ojos una increíble superficie de tela pálida, un aleteo de cintas de dudoso gusto.

—Si tuviera yo en tanta estima una alfombra y la hubiera traído desde Francia, no la pondría allí donde todo el mundo tiene que pisotearla —dijo la primera. Levantaron la alfombra entre las dos.

—Abner —dijo la madre—. Deja que yo me ocupe.

—Tú vete a preparar la cena —dijo su padre—. De esto me ocupo yo.

Desde donde se amontonaba la leña los miró el chiquillo durante el resto de la tarde, la alfombra extendida sobre el polvo, junto a la perola en la que hervía el agua para lavar, las dos hermanas trajinando alrededor del fuego con esa profunda, aletargada reticencia, mientras el padre se acercaba a la una y a la otra, implacable y malencarado, instándolas a que cumplieran la faena pendiente, aunque sin levantar nunca la voz. Le llegaba el olor de la tosca lejía casera que estaban empleando; vio a su madre salir a la puerta una vez, la vio mirarlas con una expresión no de angustia, aunque muy cercana a la desesperanza; vio a su padre darse la vuelta, y volvió a empuñar el hacha y por el rabillo del ojo vio a su padre tomar del suelo un fragmento plano de una piedra, lo vio examinarla y regresar a la perola, y esta vez fue su madre la que habló:

—Abner. Abner. Por favor, no lo hagas. Por favor te lo pido, Abner.

Y terminó entonces su cometido. Había empezado a anochecer; habían empezado a trinar los chotacabras. Le llegó el olor del café desde la habitación en la que poco después iban a terminarse los restos fríos de lo que habían comido a media tarde, aunque cuando entró en la casa se dio cuenta de que estaban tomando café otra vez seguramente porque había un fuego en el hogar, un fuego ante el cual estaba extendida la alfombra sobre los respaldos de las dos sillas. Habían desaparecido las huellas que dejó su padre. En su lugar eran visibles unas excoriaciones largas, como nubes de tormenta, que recordaban el trayecto esporádico de una segadora liliputiense.

Siguió allí colgada mientras despacharon los restos de comida fría, y cuando se fueron a la cama, dispersándose sin orden ni concierto por las dos habitaciones, su madre tendida en una de las camas, en la que había de dormir más tarde su padre, el hermano mayor en la otra, y la tía, las hermanas y él mismo repartidos en jergones, en el suelo. Pero su padre aún no se había acostado. Lo último que iba a recordar el chiquillo era la silueta sin hondura, tosca, con el sombrero y la levita, inclinándose sobre la alfombra, y le pareció que no había cerrado siquiera los ojos cuando la silueta se situó por encima de él, el fuego casi del todo apagado a su espalda, el pie envarado, azuzándole para que despertara.

—Ve a buscar la mula —dijo su padre.

Cuando volvió con el animal su padre estaba de pie en medio de la puerta a oscuras, la alfombra enrollada al hombro.

—¿No piensas montar? —dijo.

—No. Dame el pie.

Dobló la rodilla colocándola en la mano de su padre, y la fuerza nervuda, sorprendente, fluyó sin estorbos, alzándose y alzándose él con ella, hasta caer sobre el lomo sin ensillar de la mula (una vez tuvieron una silla de montar; el chiquillo lo recordaba bien, aunque no recordase ni cuándo ni dónde), y con la misma fuerza, sin mayor esfuerzo, su padre echó la alfombra delante de él. A la luz de las estrellas volvieron sobre los pasos que habían dado por la tarde, por una senda polvorienta y repleta de madreselvas, hasta atravesar la cancela y enfilar el negro túnel de la avenida que conducía a la casa sin iluminar, donde, a horcajadas de la mula, percibió la áspera curvatura de la alfombra pasar sobre sus muslos y desaparecer.

—¿No quieres que te eche una mano? —susurró. Su padre no respondió nada, y él oyó en ese momento los pasos envarados y secos en la oquedad del pórtico, los oyó resonar con esa intencionalidad de madera, como un reloj, la insultante exageración del peso que portaba. La alfombra, dejada caer a plomo, pero no arrojada de cualquier manera (el chiquillo se dio cuenta de que fue así a pesar de la oscuridad), cayó del hombro de su padre y golpeó el ángulo que formaban la pared y el suelo haciendo un ruido increíblemente atronador, ensordecedor, y luego oyó de nuevo los pasos, pasos sin prisa, descomunales; se encendió una luz en la casa y el chiquillo permaneció en tensión, respirando agitado, en silencio, presuroso, aunque no fue en aumento el ritmo de los pasos al descender ahora los peldaños, que fue cuando el chiquillo lo vio.

—¿No quieres montar ahora? —susurró—. Ahora podemos montar los dos —y la luz de la casa se alteró, ganando intensidad primero, mermando después. «Ahora está bajando las escaleras», pensó. Ya había llegado con la mula hasta pasar el poyo donde se ataban los caballos; en ese momento su padre se encontró tras él y dobló las riendas para azotar a la mula en el cuello, pero antes de que el animal pudiera arrancarse a trotar apareció tras él un brazo delgado, duro, una mano dura, nudosa, que sofrenó a la mula para que fuese al paso.

Con los primeros rayos rojizos del sol estaban ya en la parcela, enjaezando con los aperos de labrar a las mulas. Esta vez la yegua alazana llegó antes de que la oyese, el jinete sin cuello de la camisa e incluso sin sombrero, tembloroso, hablando con una voz estremecida, como hizo la mujer de la casa, mientras su padre se limitaba a mirarlo una sola vez antes de inclinarse de nuevo sobre la collera de la mula que estaba sujetando, de modo que el hombre montado en la yegua le habló a la espalda:

—Más le vale entender que ha echado a perder esa alfombra. ¿Es que no había aquí nadie, ninguna de sus mujeres, que…? —pero calló, tembloroso aún, mientras el chiquillo lo miraba y el hermano mayor se apoyaba en el quicio de la puerta del establo, mascando tabaco, parpadeando despacio, sin cesar, sin mirar aparentemente nada de lo que tuviera delante—. Costó cien dólares. Pero usted jamás ha tenido cien dólares juntos. Jamás los tendrá. Por eso le voy a cobrar veinte fanegas sobre lo que coseche. Lo añadiré a su contrato, y cuando se llegue al almacén a comprar sus cosas ya lo firmará. No creo que sirva para que se tranquilice del todo la señora De Spain, pero a lo mejor así aprende usted a limpiarse los zapatos antes de entrar en su casa.

Y se marchó. El chiquillo miró a su padre, que aún no había dicho ni palabra, tal como tampoco se volvió a mirar al otro, mientras seguía ajustando las correas en la collera.

—Papá —dijo. Su padre lo miró con rostro inescrutable, las cejas boscosas bajo las que brillaban con frialdad los ojos grises. De pronto, el chiquillo fue hacia él muy deprisa, deteniéndose con la misma brusquedad con que arrancó—. ¡Lo hiciste lo mejor que podías! —exclamó—. Si quería que se hiciera de otra forma, ¿por qué no esperó a decirte cómo tenía que ser? ¡No se va a llevar veinte fanegas! ¡No se va a llevar ninguna! ¡Cuando cosechemos, lo escondemos! Yo montaré guardia para…

—¿Has puesto el tajo en el arado tal como te dije?

—No, señor —dijo.

—Pues ve a hacerlo ahora.

Eso fue el miércoles. Durante el resto de la semana trabajó sin descanso en todo lo que estaba a su alcance y en algunas tareas a las que no alcanzaba, y trabajó con tanto afán que no fue menester azuzarle ni darle las órdenes dos veces; era algo que había heredado de su madre, con la sola diferencia de que al menos parte de lo que hacía sí le agradaba hacerlo, como era cortar la leña con el hacha de tamaño reducido que su madre y su tía le habían regalado por Navidad tras ahorrar el dinero a saber cómo o ganarlo de alguna manera. En compañía de las dos mujeres mayores (y una de las tardes también con una de las hermanas), construyó corrales para el lechón y la vaca que se les habían cedido de acuerdo con las estipulaciones del contrato que tenía su padre con el dueño de las tierras, y una tarde en que estaba ausente su padre, que se había marchado a alguna parte con una de las mulas, fue incluso al sembrado.

Estaban arando una franja de contención en el medio del sembrado, su hermano con el arado vertical mientras él llevaba las riendas y caminaba junto a la mula, que tiraba con fuerza del apero, la tierra negra, fértil, fresca y húmeda en los tobillos, que llevaba sin proteger, y entonces pensó: «A lo mejor esto es el final. A lo mejor hasta esas veinte fanegas que parecen un precio excesivo por una simple alfombra, y difíciles de ganar además, sean poca cosa si sirven para que él deje de ser de una vez por todas lo que ha sido hasta ahora»; pensaba, soñaba, tanto que su hermano tuvo que llamarle la atención desde detrás de la mula, para que no se distrajera: «A lo mejor ni siquiera recoge esas veinte fanegas. A lo mejor todo se suma y todo cuadra y termina por no contar: el maíz, la alfombra, el fuego; el terror y el pesar, el andar desgarrado por un lado y por otro, como si tirasen por su cuenta dos yuntas… a lo mejor desaparece todo y todo acaba de una vez por todas».

Llegó entonces el sábado; miró desde detrás de la mula que tenía aparejada y vio a su padre con la levita negra y el sombrero.

—No, ésa no —dijo su padre—. Los aparejos de la carreta.

Y dos horas más tarde, sentado en la carreta a espaldas de su padre y de su hermano, que iban en el pescante, vio a las mulas trazar una última curva y vio el almacén maltratado por el tiempo, de madera sin pintar, con sus carteles andrajosos, anuncios de medicamentos, de tabaco, y las carretas y los animales ensillados y atados ante el porche. Subió los carcomidos peldaños detrás de su padre y su hermano y volvió a encontrarse con la calle que formaban los rostros callados y atentos, la calle por la cual tuvieron que caminar los tres. Vio al hombre de las gafas sentado ante una mesa sin desbastar y no tuvo necesidad de que nadie le dijera que era el juez de paz; dedicó una mirada desafiante, feroz, exultante, enconada, al hombre que esta vez vestía con cuello duro y corbata de lazo, el hombre al que había visto tan sólo dos veces en toda su vida, y al que montaba un caballo al galope, que ahora aparecía con una expresión no de rabia, sino de pasmada incredulidad, del cual jamás pudiera haber sabido el chiquillo que se encontraba en la inverosímil situación de verse denunciado por uno de sus arrendatarios, y se plantó junto a su padre antes de gritarle a la cara al juez:

—¡Él no ha sido! ¡Él no ha quemado…!

—Vuelve a la carreta —dijo su padre.

—¿Quemar? —dijo el juez—. ¿Debo entender que la alfombra también se quemó?

—¿Hay alguien aquí que lo afirme? —dijo su padre—. Vuelve a la carreta.

Pero no lo hizo, y tan sólo se retiró a la parte posterior del almacén, tan atestado de gente como lo estuvo en su día aquel otro, sólo que esta vez no se sentó, prefiriendo en cambio permanecer de pie entre los cuerpos inmóviles de los presentes, atento a las voces:

—¿Y afirma usted que veinte fanegas de maíz son un precio demasiado elevado por los daños que causó usted en esa alfombra?

—Él me trajo la alfombra y dijo que quería que lavara las huellas. Yo lavé las huellas y le devolví la alfombra.

—Pero no le llevó la alfombra en las mismas condiciones en que se encontraba antes de ensuciarla con sus huellas.

Su padre no respondió, y acaso durante medio minuto no se oyó un solo ruido, salvo las respiraciones, algún suspiro tenue, de total y absoluta atención.

—¿Declina usted responder a esto último, señor Snopes?

Su padre tampoco contestó.

—Encontraré pruebas que lo condenen, señor Snopes. Encontraré lo que haga falta para demostrar que es usted responsable de los destrozos causados en la alfombra del comandante De Spain, y que debe usted responder de esos perjuicios. Pero entiendo que veinte fanegas de maíz son un precio algo excesivo si lo ha de pagar un hombre que se encuentre en sus circunstancias. El comandante De Spain afirma que la alfombra costó cien dólares. El maíz cosechado en octubre tendrá un valor en torno a los cincuenta centavos. Considero que si el comandante De Spain es capaz de afrontar la pérdida de noventa y cinco dólares por algo que pagó en dinero contante y sonante, usted es capaz de afrontar una pérdida de cinco dólares que todavía no ha ganado. Le tengo a usted por causante de los perjuicios sufridos por el comandante De Spain y le condeno a pagar la cantidad de diez fanegas de maíz por encima de la cantidad estipulada en el contrato que a usted lo vincula con él, y que dicha cantidad se le abone en la época de la cosecha. Se aplaza la vista.

La verdad es que apenas había transcurrido el tiempo, la mañana casi ni siquiera había empezado. Pensó que iban a regresar a la casa y tal vez a la parcela, puesto que iban bastante atrasados, muy por detrás de otros agricultores en las faenas propias de la estación. Pero su padre en cambio pasó por detrás de la carreta, indicando con un solo gesto de la mano que el hermano mayor lo siguiera, y cruzó la calle para ir a la herrería de enfrente, y él fue detrás de su padre, lo alcanzó y le habló dirigiéndose al semblante áspero, en calma, bajo el sombrero ajado por la intemperie:

—Tampoco se quedará con las diez fanegas. Ni siquiera con una se quedará. Ya verás… —hasta que su padre lo miró durante un instante, el rostro absolutamente en calma, las cejas boscosas y enmarañadas sobre los ojos fríos, la voz casi agradable, casi amable:

—¿A ti te lo parece? Bueno. De todos modos, habrá que esperar a octubre.

La cuestión de la carreta —había que reparar un par de radios y había que reforzar alguna de las llantas— tampoco llevó apenas tiempo; el asunto de las llantas se resolvió llevando la carreta a la fuente que había detrás de la herrería y dejándola allí mientras las mulas hocicaban el agua de cuando en cuando y el chiquillo permanecía en el pescante con las riendas en la mano, mirando la rampa de ascenso y el túnel lleno de hollín del cobertizo, en el que resonaba el lento martillar del herrero, sentado su padre en un tocón de ciprés, charlando o escuchando, sentado aún cuando el chiquillo sacó la carreta empapada de la fuente y la detuvo ante la puerta.

—Llévate a las mulas a la sombra y las amarras —dijo su padre.

Él así lo hizo y regresó con él. Su padre, el herrero y un tercer hombre estaban acuclillados al otro lado de la puerta y hablaban de cosechas y animales; el chiquillo, acuclillado también sobre el polvo que desprendía un olor a amoníaco, entre los recortes de los cascos al herrar y las escamas de herrumbre, oyó a su padre contar una larga historia, sin ninguna prisa, sobre los tiempos anteriores a que naciera el hermano mayor, antes incluso de la época en que fue tratante profesional de caballos. Y entonces su padre se acercó a donde estaba él sentado, bajo un andrajoso cartel que anunciaba el circo del año anterior, al otro lado del almacén, mirando embelesado los caballos de color escarlata, las increíbles poses y evoluciones de muslos y tules, las muecas pintarrajeadas de los payasos.

—Es hora de comer —le dijo.

Pero no había de ser en casa. Sentado junto a su hermano, contra la pared de la entrada, vio a su padre salir del almacén con una bolsa de papel y sacar de ella un trozo de queso que con ayuda de su navaja de bolsillo dividió con detenimiento, con todo cuidado, en tres partes; después, sacó unas galletas saladas de la misma bolsa. Los tres tomaron asiento en el porche y comieron despacio, sin hablar de nada; de vuelta al almacén bebieron con una taza de peltre un agua tibia que olía a la madera de cedro del pozal y a los abedules. Y tampoco entonces emprendieron el camino de vuelta a la casa. Esta vez acudieron a un cercado donde había unos caballos, una cerca alta, a lo largo de la cual los hombres estaban o de pie o sentados, y por cuya cancela iban sacando uno a uno los caballos para que anduvieran primero al paso y luego al trote, y después con un trote largo por el camino, mientras se sucedían despacio los regateos y las compraventas y el sol comenzaba a caer sesgado por el oeste, atentos los tres a lo que estaba ocurriendo, el hermano mayor con los ojos enturbiados y la constante masticación con el tabaco en la boca, el padre comentando de cuando en cuando algún detalle sobre alguno de los animales, aunque sin dirigirse a nadie en particular.

Fue después de ponerse el sol cuando llegaron a la casa. Se tomaron la cena a la luz de un farol, y sentándose después en el quicio de la puerta el chiquillo contempló cómo llegaba la noche a su plenitud sin dejar de escuchar los trinos de los chotacabras y el croar de las ranas, cuando de pronto oyó la voz de su madre:

—¡Abner! ¡No! ¡No! Oh, Dios mío… Dios mío… ¡Abner! —y se puso en pie, se volvió en redondo y vio la luz alterada por la puerta, en donde el cabo de una vela ardía en el cuello de una botella, sobre la mesa, y su padre, todavía con la levita y el sombrero, a un tiempo serio y burlón, como si se hubiera vestido con todo esmero para la comisión de un acto de violencia tan torpe como ceremonial, vaciaba el resto del combustible del farol en la lata de queroseno, de cinco galones, con la cual lo había llenado, al tiempo que la madre le tiraba del brazo y él se cambió el farol de mano y la apartó de un empellón, no con maldad, no con encono, sólo con fuerza, contra la pared, donde fue a dar con las manos bien separadas para paliar el golpe y no perder el equilibrio, la boca abierta, en el rostro la misma expresión de desesperanza que había resonado en su hilillo de voz. Entonces su padre lo vio de pie en la puerta.

—Ve al establo y vuelve con esa lata de aceite con la que engrasamos la carreta —dijo. El chiquillo no se movió. Tardó unos segundos en sentirse capaz de hablar.

—¿Qué…? —gritó—. ¿Qué estás pens…?

—He dicho que vayas a buscar esa lata de aceite —dijo su padre—. Ahora mismo.

Y empezó a moverse, echó a correr, alejándose de la casa, hacia el establo: por puro hábito contraído desde antiguo, por la sangre que desde antiguo corría por sus venas y que nunca se le permitió elegir, la sangre que le fue legada velis nolis, y que durante tantos años había corrido (y a saber por dónde, cebándose a saber cómo y en qué ultrajes, salvajadas y lujurias) antes de llegar a él. «Podría seguir adelante —pensó—. Podría seguir corriendo y no dejar de correr y nunca más volver a mirar atrás y no verle la cara jamás. Sólo que no puedo. No puedo», ya con la lata oxidada en la mano, meneándose el líquido en su interior cuando volvió corriendo a la casa y entró, se encontró con el soniquete de los sollozos de su madre en la habitación de al lado, y entregó la lata a su padre.

—¿Y ni siquiera vas a mandar a un negro? —exclamó—. ¡Al menos la última vez mandaste a un negro!

Esta vez su padre no le soltó una bofetada. La mano llegó aún antes que aquella bofetada, la misma mano con la que había dejado la lata en la mesa con un cuidado casi exquisito, que en un visto y no visto voló de la lata hacia él, tan veloz que ni siquiera la siguió, sujetándolo por el pescuezo, por el cuello de la camisa, y poniéndolo de puntillas antes de que le viese dejar la lata, el rostro inclinado sobre él con una ferocidad helada, sin aliento, la voz fría, muerta, hablando por encima de él con el hermano mayor, que estaba apoyado sobre la mesa, mascando tabaco con ese curioso movimiento constante y lateral con que rumian las vacas:

—Vierte lo que hay en la lata grande y vámonos. Yo te alcanzo.

—Mejor sería atarlo a los pies de la cama —dijo el hermano.

—Haz lo que te he dicho —dijo el padre.

El chiquillo empezó a moverse entonces, la camisa arrugada y la mano dura y huesuda entre las paletillas, rozando el suelo con los pies al atravesar la habitación y entrar en la otra, pasando por delante de las hermanas que estaban sentadas con los muslos robustos y gruesos, y bien separados, en las dos sillas, frente al hogar donde se había enfriado la ceniza, y llegar a donde estaban la madre y la tía sentadas una junto a la otra, en la cama, la tía rodeando con ambos brazos los hombros de la madre.

—Sujétalo —dijo el padre. La tía hizo un gesto de sobresalto—. Tú no —dijo el padre—. Sujétalo tú, Lennie. Que no se mueva. Quiero que lo sujetes ahora mismo —su madre lo tomó por la muñeca—. No, así no. Tiene que estar mucho mejor sujeto. Si se suelta, ¿no sabes lo que va a hacer? Seguro que va para allá —y señaló con un gesto de la cabeza la senda de la casa—. A lo mejor más me vale atarlo.

—Yo lo sujeto —susurró su madre.

—Pues que yo te vea hacerlo.

El padre desapareció acto seguido, la pierna envarada en la que cargaba todo su peso y más incluso en los tablones de la entrada, hasta que por fin cesó. Él comenzó a resistirse. Su madre lo cogió con ambos brazos mientras él se debatía y se resistía. Al final terminaría por ser más fuerte él, eso lo sabía de sobra, pero tampoco tenía tiempo que perder esperando al final.

—¡Suéltame! —gritó—. ¡No me obligues a pegarte!

—Suéltalo —dijo la tía—. Si no va él, por Dios te juro que terminaré yendo yo.

—¿No ves que no puedo? —exclamó su madre—. ¡Sarty! ¡Sarty! ¡No! ¡No! ¡Ayúdame, Lizzie!

Y se soltó en ese momento. La tía lo sujetó en el último instante, pero ya era demasiado tarde. Se volvió en redondo, inició la carrera, su madre trastabilló y cayó de rodillas delante de él, gritando a la hermana más cercana de las dos:

—¡Píllalo, Net! ¡No dejes que se vaya!

Pero también eso llegó demasiado tarde, pues la hermana (las dos hermanas eran gemelas, habían nacido a la vez, aunque ninguna de las dos dio en ese momento la impresión de serlo, pues abarcaban tanta carne viviente, tanto volumen, tanto peso como cualesquiera otros dos miembros de la familia) ni siquiera había empezado a levantarse de la silla, la cabeza, la cara tan sólo vuelta hacia allá, atenta a él en ese fugaz instante de asombro y presentándole una asombrosa amplitud de rasgos de juventud y de mujerío, impertérritos ante cualquier sorpresa, con una expresión a lo sumo de interés bovino por lo que acontecía. Así salió de la habitación y salió de la casa, en medio del polvo y del calor escaso de la senda que iluminaban las estrellas, en la pesadumbre con que maduraba la madreselva, la pálida cinta del camino devanándose con terrible lentitud bajo sus pies veloces, hasta alcanzar por fin la cancela y entrar veloz, a todo correr, con el martilleo de la cabeza y de los pulmones, por la avenida que conducía a la casa iluminada, a la puerta iluminada. No llamó, sino que entró de sopetón, jadeando y sin aliento, incapaz de decir nada; vio la cara del negro de la chaqueta de lino, sus rasgos en los que se pintaba el asombro, sin saber siquiera en qué momento había entrado el negro.

—¡De Spain! —gritó jadeando—. ¿Dónde es…? —y vio que el blanco salía al vestíbulo por una puerta blanca—. ¡El establo! —gritó—. ¡El establo!

—¿Cómo? —dijo el blanco—. ¿El establo?

—¡Sí! —exclamó el chiquillo—. ¡El establo!

—¡Atrápalo! —gritó el blanco.

Pero también esta vez fue demasiado tarde. El negro lo sujetó por la camisa, pero la manga entera, podrida de tantos lavados, se desprendió del todo y salió por la puerta y se encontró de nuevo en la avenida, y en realidad nunca dejó de correr, ni siquiera cuando se hartó de gritarle a la cara al blanco.

A su espalda oyó los gritos del blanco:

—¡Mi caballo! ¡Que me traigan el caballo! —y por un instante pensó en alcorzar por la parcela y saltar la cerca para salir a la senda, pero desconocía cómo era la parcela, desconocía si la cerca, con toda la maleza que se hubiese acumulado, podría tener una altura asequible, y no quiso correr el riesgo. Así pues, echó a correr por la avenida, oyendo el rugir constante de su sangre, de su respiración; llegó entonces a la senda, aunque no acertó a verla. Tampoco oyó nada: la yegua al galope lo alcanzó antes de que la oyese, y a pesar de todo mantuvo el rumbo de su carrera, como si la urgencia misma de su pena y su necesidad desbocadas en cualquier momento pudiera darle alas, esperando hasta el ultimísimo instante para hacerse a un lado y lanzarse a la cuneta, llena de zarzas, cuando el caballo pasó atronador a su lado y siguió de largo, silueteado durante un solo momento sobre las estrellas, el tranquilo cielo de comienzos del verano en plena noche, que antes incluso de que se desvanecieran del todo la forma del caballo y su jinete se manchó bruscamente, violentamente, hacia arriba: un rugido prolongado, arremolinado, increíble, insonoro, que tapó del todo las estrellas cuando él saltó de nuevo a la senda y echó a correr de nuevo, sabedor de que ya era demasiado tarde, si bien siguió corriendo, hasta después incluso de haber oído el disparo y, al cabo de un momento, otros dos disparos, deteniéndose entonces sin saber si había parado o no.

—¡Papá! ¡Papá! —gritó echando a correr de nuevo antes de saber si había echado a correr o no, tropezando con algo, levantándose a duras penas, reanudando la carrera que no había interrumpido, mirando atrás, por encima del hombro, hacia el resplandor, corriendo como un poseso entre los árboles invisibles, entre jadeos, entre sollozos—. ¡Padre! ¡Padre!

A medianoche estaba sentado en la loma de un cerro. No supo que era medianoche y no supo hasta dónde había llegado. Pero ya no había ningún resplandor tras él, y se sentó de espaldas hacia aquello que había llamado su hogar desde cuatro días antes, la cara vuelta hacia la oscuridad del bosque en el que iba a adentrarse cuando recobrase el aliento, menudo, tembloroso en la fría oscuridad, abrazándose al resto de su camisa fina, podrida, la tristeza y la desesperanza ya sin ser terror ni miedo, sólo tristeza y desesperanza. «Padre. Mi padre», pensó.

—¡Era un valiente! —exclamó de pronto en voz alta, pero apenas poco más que un susurro—: ¡Era un valiente! ¡Estuvo en la guerra! ¡Estuvo con la caballería del coronel Sartoris! —sin saber que su padre había ido a aquella guerra en calidad de soldado particular, en el viejo y hermoso sentido que la palabra tenía en Europa, sin llevar uniforme, sin admitir autoridad ninguna, sin prestar lealtad a nadie, ni ejército ni bandera, yendo a la guerra como fue Mambrú, pues el botín nada significaba para él, así fuera arrancado al enemigo o suyo.

Las lentas constelaciones giraban según su curso. Había de amanecer y aún había de ascender el sol y tendría hambre. Pero eso sería al día siguiente, y en ese momento tan sólo tenía frío, y apretar a caminar sería buen remedio. Su respiración era más sosegada, y decidió ponerse en pie y seguir adelante, y descubrió entonces que se había dormido, porque supo que pronto iba a rayar el alba, ya casi terminada la noche. Lo supo por el trino de los chotacabras. Se les oía por doquier entre los árboles oscuros, abajo, constantes y sin flexiones y sin descanso, de manera que, al acercarse el instante en que cederían ante las aves diurnas, ya no había intervalos entre los trinos. Se puso en pie. Estaba entumecido, pero apretar a caminar sería buen remedio, como lo sería para el frío, y pronto habría de salir el sol. Bajó por la cuesta hacia la oscuridad del bosque dentro de la cual las voces líquidas y argentinas de las aves llamaban sin cesar al rápido y apremiante palpitar de la mañana en el corazón apremiante y coral de la noche de primavera que ya terminaba. No volvió la vista atrás.


[1] Emblemas distintivos de la carne enlatada y las sardinas en conserva que comercializaba la marca Underwood a partir de 1870 y todavía se venden hoy, siendo la marca registrada de más antigüedad en Estados Unidos. Esta referencia, junto a la que remite a la herida de guerra de Abner, «más de treinta años antes», situaría el relato en torno a 1895.

[2] Era costumbre que el dueño de una cabeza de ganado extraviada pagase esta cantidad a quien la hubiese encontrado, en prenda por su devolución.

[3] Los zarcillos sarmentosos de las parras, según explica Calvin Brown (A Glossary of Faulkner’s South, p. 94), son los columpios improvisados de los niños de las zonas rurales de Mississippi, y también son las cuerdas de las que se sirven los adultos. Pero grapevine, la palabra que emplea Faulkner, también designa las habladurías, los chismes, las maledicencias que corren en la comunidad, con lo que Faulkner logra una metáfora brillante, e intraducible, en torno a la intranquilidad que embarga a Sarty en el momento en que puede verse llamado a testificar y a dar testimonio en contra de su padre.

© William Faulkner: Barn Burning (Incendiar establos). Harper’s Magazine, CLXXIX (1939). Traducción: Miguel Martínez-Lage

Pin It on Pinterest