Había una odiosa irlandesa, conocida como la señora del mayor Gam, que frecuentaba hace unos años con su hija el Hotel Royal de Leamington. Gam había sido un distinguido oficial al servicio de Su Majestad, al que sólo la muerte y su encantadora esposa pudieron vencer. La viuda lloró la pérdida de su marido con +el mejor bombasí que logró adquirir, y con una franja negra de al menos una pulgada alrededor de las enormes tarjetas de visita que dejaba en casa de sus amigos de la aristocracia y de la alta burguesía.

Algunos de nosotros, lamento decirlo, acostumbrábamos a llamarla señora del mayor Gammon[1]; pues la respetable viuda tendía a hablar continuamente de sí misma y de su familia (de la suya propia, pues tenía en muy poco a la de su marido), así como de las maravillas de la mansión paterna, Molloyville, en el condado de Mayo. Era de los Molloy de esa región; y, aunque yo jamás había oído ese apellido, estoy convencido, después de escuchar las afirmaciones de la señora Gam, de que era la familia más antigua y más ilustre de aquella parte de Irlanda. Recuerdo que vino a visitar a su tía un joven de enormes patillas pelirrojas, con unos pantalones ajustados de nanquín, una chaqueta verde y un espantoso alfiler de corbata, que dos días después de llegar al balneario propuso matrimonio a la señorita S. o, en su defecto, un duelo a su padre; y que conducía un llamativo cabriolé tirado por un caballo rucio y otro bayo; y que fue presentado por su orgullosa tía como Castlereagh Molloy de Molloyville. A todos nos pareció el esnob más insufrible de la temporada, y nos alegramos mucho cuando un alguacil vino en su búsqueda.

Y es todo cuanto sé personalmente de la familia de Molloyville; pero, si alguien tropezaba en la casa con la viuda Gam y empezaba a charlar de cualquier tema, sabía que no tardaría en oír hablar de ella. Si alguien le aconsejaba que tomara guisantes en la cena, se apresuraba a responder:

—¡Caballero! Después de haber probado los guisantes de Molloyville, ¡cómo voy a comer otros! ¿No es cierto, querida Jemima? Siempre los comíamos en el mes de junio, cuando mi padre daba una guinea al jardinero jefe (en Molloyville, teníamos tres) y le enviaba, con sus saludos y un cuarto de guisantes, a casa de nuestro vecino, el querido lord Marrowfat. ¡Qué lugar tan encantador es Marrowfat Park! ¿No es así, Jemima?

Si pasaba un carruaje junto a la ventana, la señora del mayor Gammon decía invariablemente que en Molloyville tenían tres carruajes, «la calesa, el faetón y la silla volante». De igual modo, facilitaba el número y los nombres de todos los lacayos que allí servían; y, durante una visita al castillo de Warwick (pues aquella incansable mujer se sumaba a cuantas diversiones se organizaban en el hotel), nos dio a entender que el gran paseo a orillas del río era muy inferior a la avenida principal del parque de Molloyville. Entre nosotros, yo no habría sabido tantas cosas de la señora Gam y de su hija si en aquella época no hubiera estado cortejando a una joven cuyo padre se alojaba en el Royal, y al que atendía el doctor Jephson.

La Jemima que acabamos de mencionar era, naturalmente, la hija de la señora Gam, que siempre añadía tras su nombre: «¡Jemima, amor mío!», «¡Jemima, mi niña adorada!» o «¡Jemima, tesoro mío!». Los sacrificios que la señora Gam había hecho por su hija, según decía, eran asombrosos. Sólo Dios sabía, afirmaba, el dinero que había gastado en su educación, el tiempo que había pasado a su lado mientras se hallaba enferma, el amor ilimitado que le profesaba. Las dos solían entrar en la sala enlazadas por la cintura, y, durante la cena, la madre cogía la mano de la hija entre plato y plato; si sólo estaban presentes dos o tres caballeros jóvenes, besaba varias veces a su Jemima mientras servían el té.

En cuanto a la señorita Gam, si bien no era hermosa, he de decir en honor a la verdad que tampoco era fea. No era ni lo uno ni lo otro. Tenía tirabuzones y una cinta en la frente; sabía cuatro canciones, que resultaban bastante tediosas dos meses después de conocerla; llevaba los hombros excesivamente descubiertos; gustaba de lucir innumerables fruslerías, anillos, broches, ferronnières[2] y frascos de sales, y siempre iba vestida, pensábamos, con mucha elegancia; a pesar de que la anciana señora Lynx señalaba que tanto a sus vestidos como a los de su madre les habían dado una y otra vez la vuelta, y que sus ojos apenas veían de tanto zurcir medias.

Esos ojos la señorita Gam los tenía muy grandes, aunque bastante débiles y enrojecidos, y solía mirar pestañeando a todos los solteros atractivos del lugar. Pero, aunque la viuda asistiera a todos los bailes, y alquilara una calesa para ir a las cacerías, y nunca faltase a la iglesia, y Jemima cantara allí con voz más potente que nadie excepto el pastor, y aunque probablemente cualquiera que se convirtiese en su feliz esposo sería invitado a disfrutar de los tres lacayos, de los tres jardineros y de los tres carruajes de Molloyville, lo cierto es que ningún caballero inglés había sido lo bastante audaz para pedir su mano. La anciana Lynx decía que, en los últimos ocho años, la pareja había visitado Tunbridge, Harrogate, Brighton, Ramsgate y Cheltenham; donde, al parecer, no había tenido mucha fortuna. La verdad es que la viuda tenía elevadas aspiraciones para su adorada hija; y como miraba con desprecio, al igual que muchos otros irlandeses, a quienes vivían del trabajo o del comercio; y como era una persona cuyos modales enérgicos, vestimenta y acento irlandés no agradaban demasiado a los apacibles caballeros ingleses que vivían en el campo, Jemima —fragante y delicada flor— seguía en manos de su madre, aunque tal vez algo lánguida y marchita.

En aquella época, el Regimiento 120 estaba acuartelado en Weedon y, en esa unidad, había un segundo cirujano llamado Haggarty, un individuo alto, flaco, fuerte y de huesos grandes, algo patizambo, de manos enormes y patillas pelirrojas, amén del hombre más recto que haya manejado jamás una lanceta. Haggarty, como indica su apellido, era de la misma nacionalidad que la señora Gam y, por si esto fuera poco, el honrado muchacho tenía alguna de las peculiaridades de la viuda y presumía de familia casi tanto como ella. No sé de qué parte de Irlanda eran reyes; pero tenían que haber sido monarcas, pues eran los antepasados de muchos miles de familias hibérnicas. Con todo, era gente muy respetada en Dublín, «donde mi padre», afirmaba Haggarty, «es tan conocido como la estatua del rey Guillermo y donde, déjenme añadir, va de un lado a otro conduciendo su carruaje».

Por ese motivo, los más bromistas llamaban a Haggarty «el conductor de carruajes», y algunos preguntaron a su compatriota:

—Señora Gam, cuando abandonaba Molloyville para ir a los bailes del gobernador, y se alojaba en su casa de Fitzwilliam Square en Dublín, ¿coincidía a menudo con el famoso doctor Haggarty?

—¿Se refiere usted al cirujano Haggarty de Gloucester Street? ¡Ese negro papista! ¿Imagina usted que los Molloy se sentarían a la mesa con un individuo de su clase?

—¿Y por qué no? ¿Acaso no es el médico más famoso de Dublín y no va de un lado a otro conduciendo su carruaje?

—¡Ese pobre demonio! Tiene una botica, créanme, y manda a sus propios hijos con los medicamentos. Cuatro de ellos se enrolaron en el ejército, Ulick y Phil, y Terence y Denny, y ahora es Charles el que estudia medicina. Pero ¿por qué iba yo a saber algo de esas odiosas criaturas? Su madre era una Burke, de la ciudad de Burke, en el condado de Cavan, y dejó dos mil libras en herencia al cirujano Haggarty. Ella era protestante, ¡me sorprende que aceptara casarse con ese horrible y antipático boticario papista!

Deduzco, por las palabras de la viuda, que los habitantes de Dublín se preocupan tanto de sus vecinos como los nativos de las ciudades inglesas; y es muy probable que el relato de la señora Gam sobre los jóvenes recaderos Haggarty fuera cierto, pues un muchacho del Regimiento 120 hizo una caricatura de Haggarty saliendo de una botica con una cesta bajo el brazo, y el respetable cirujano se enfureció de tal modo que, de haberse salido con la suya, se habría batido en duelo con el alférez.

Pues bien, Dionysius Haggarty tenía un temperamento sumamente apasionado, y quiso el azar que de todos los enfermos, visitantes, jóvenes caballeros de Warwickshire, jóvenes fabricantes de Birmingham, jóvenes oficiales del cuartel… quiso el azar que, desgraciadamente para la señorita Gam y para él, Haggarty fuera el único individuo que quedara prendado de los encantos de la joven. Su amor era, sin embargo, de lo más tierno y recatado, pues sentía un profundo respeto por la señora Gam y, como era un muchacho bueno y sencillo, reconocía sin ambages la superioridad del linaje y de la educación de esa dama. ¿Cómo iba a esperar él, un humilde segundo cirujano cuya única fortuna eran las mil libras que había heredado de su tía Kitty… cómo iba a esperar que un miembro de la estirpe de los Molloyville se dignara contraer matrimonio algún día con él?

Enardecido, no obstante, por la pasión y empujado por el vino, cierto día, en un picnic en Kenilworth, Haggarty, cuyo amor y cuyo arrobo eran la comidilla de todo el regimiento, fue convencido por sus bromistas compañeros para que pidiese formalmente la mano de la joven.

—¿Es usted consciente, señor Haggarty, de que está hablando con una Molloy? —fue lo único que repuso la majestuosa señora Gam cuando, con arreglo a la fórmula habitual, la agitada Jemima remitió a «mamá» la petición de su pretendiente.

Se alejó de él con una mirada destinada a hundir para siempre al desdichado joven y, después de recoger su manto y su sombrero, se apresuró a pedir la calesa. Puso especial cuidado en que todo el mundo se enterara en Leamington de que el hijo del detestable boticario papista había tenido la osadía de pedir la mano de su hija (pues una oferta de matrimonio, sea cual sea su origen, nunca resulta perjudicial), y dejó a Haggarty sumido en el mayor abatimiento.

Lo cierto es que su desesperación sorprendió a la mayoría de sus conocidos, dentro y fuera del regimiento, pues la joven dama no era ninguna belleza y tenía una fortuna más que dudosa, y Dennis, en apariencia, era un hombre muy poco romántico, al que parecían gustar más los filetes y el ponche de whisky que las mujeres, por muy fascinantes que fueran.

Pero no hay duda de que este tímido y tosco muchacho escondía en su interior un corazón más fiel y más afectuoso que muchos dandis con la belleza de Apolo. Por mi parte, jamás he comprendido por qué un hombre se enamora, y lo respeto de veras, independientemente de qué o de quién lo haga; es algo que, en mi opinión, está tan fuera del control del individuo como el contagio de la viruela o el color del pelo. Para sorpresa de todos, el segundo cirujano Dionysius Haggarty estaba profunda y seriamente enamorado; y en una ocasión, según me contaron, estuvo a punto de matar con un cuchillo de trinchar al joven alférez que hemos mencionado antes, pues tuvo la osadía de hacer una segunda caricatura, en la que se veía a lady Gammon y a Jemima en un fabuloso parque, rodeadas de tres jardineros, tres carruajes, tres lacayos y la silla volante. No admitía la menor broma sobre ellas. Se convirtió en un hombre irritable y pendenciero. Durante algún tiempo, pasó más horas en la consulta y en el hospital que en el comedor de oficiales. Dejó de comer aquellas grandes cantidades de carne y de budín a las que su estómago solía procurar tan rápido y espacioso alojamiento; y, cuando quitaban el mantel, en lugar de beber doce vasos de vino y de cantar canciones irlandesas con una horrible voz cascada y a gritos, como hacía antes, se retiraba a su habitación, o paseaba melancólicamente por el patio del cuartel, o fustigaba y espoleaba con enorme furia a su yegua gris por la carretera de Leamington, donde su Jemima (aunque invisible para él) seguía viviendo.

Cuando la temporada de Leamington llegó a su fin, al marcharse todos los jóvenes caballeros que frecuentaban ese balneario, la viuda Gam se retiró a su residencia habitual para el resto del año. Dónde se hallaba ésta es algo que no tenemos derecho a preguntar, pues tengo entendido que se había peleado con su hermano de Molloyville y que, además, era demasiado orgullosa para convertirse en una carga para nadie.

La viuda no fue la única que abandonó Leamington, ya que, muy poco después, el Regimiento 120 recibió la orden de partir y dejó Weedon y Warwickshire. El apetito de Haggarty, para entonces, estaba parcialmente restaurado, pero su amor seguía siendo el mismo y su talante era aún taciturno y melancólico. Me contaron que en esa época de su vida escribió algunos poemas inspirados en sus amores desgraciados; un puñado de versos enloquecidos de distinta extensión, y de su puño y letra, que aparecieron en una hoja de papel que envolvía el emplasto de resina que el teniente y asistente Wheezer tuvo que aplicarse para combatir un resfriado.

Es fácil imaginar la sorpresa de todos los conocidos de Haggarty cuando, tres años después, leyeron en los periódicos el siguiente anuncio:

Ha contraído matrimonio en Monkstown, el 12 del mes corriente, el señor Dionysius Haggarty, del Regimiento 120 de Infantería, con Jemima Amelia Wilhelmina Molloy, hija del difunto mayor Lancelot Gam, de la Marina Real, y nieta del difunto Burke Bodkin Blake Molloy y sobrina del caballero del mismo nombre, de Molloyville, condado de Mayo.

«¿Habrá empezado por fin a seguir su curso natural el verdadero amor? —pensé, dejando a un lado el periódico; y los viejos tiempos, y la anciana y engreída viuda de mirada maliciosa, y los hombros descubiertos de su hija, y los días felices con el Regimiento 120, y el cabriolé tirado por un caballo del doctor Jephson, y la partida de caza de Warwickshire, y… y Louisa S…, pero ¡de ésa no se preocupen!… acuden a mi pensamiento—. ¿Habrá conseguido por fin su recompensa el ingenuo y afable muchacho? Pues bien, si no tiene que casarse también con su suegra, es posible que salga adelante.»

Un año después, los periódicos anunciaron la retirada del ejército del segundo cirujano Haggarty del Regimiento 120, el cual fue reemplazado por el segundo cirujano Angus Rothsay Leech, un escocés, probablemente; al que no conozco en absoluto, y que no tiene nada que ver con nuestra pequeña historia.

Pasaron varios años, durante los cuales no puedo afirmar que siguiera de cerca las peripecias del señor Haggarty y su mujer. A decir verdad, ni me acordé de ellos hasta que un día, mientras paseaba por la playa de Kingstown, cerca de Dublín, y contemplaba la colina de Howth, como casi todo el mundo en ese lugar de veraneo, vi venir hacia mí a un hombre alto y delgado, con unas patillas pelirrojas y pobladas que me parecieron muy familiares y un rostro que sólo podía ser el de Haggarty. Y, en efecto, era Haggarty, diez años mayor que en nuestro último encuentro, y mucho más ceñudo y más flaco. Llevaba sobre los hombros a un joven caballero con un sucio traje de tartán y un rostro muy parecido al suyo, que miraba a hurtadillas bajo un ajado penacho de plumas negras; y con la mano libre empujaba un cochecito verde claro, donde iba sentada una niña de aproximadamente dos años de edad. Los dos pequeños berreaban a pleno pulmón.

La expresión atolondrada que parecía caracterizar el rostro de Dennis se borró en cuanto me vio; después de soltar el cochecito y de dejar a su hijo en el suelo, se acercó saltando a mi encuentro y me saludó con entusiasmo, abandonando a su ruidosa progenie en medio de la calle.

—¡Santo Cielo! —exclamó—. ¡Seguro que es Fitz-Boodle! ¿Acaso se ha olvidado de mí, Fitz? Dennis Haggarty del Regimiento 120. Leamington, ¿recuerda? Molloy, hijo mío, ¡cállate de una vez y deja de dar aullidos! Tú también, Jemima, ¿me has oído? ¡Qué placer para unos ojos doloridos contemplar un rostro conocido! ¡Cuánto ha engordado, Fitz! ¿Había venido antes a Irlanda? ¿Y no le entusiasma? Dígame la verdad, ¿no le parece un país precioso?

Cuando respondí satisfactoriamente a esta pregunta sobre las excelencias de su país (que he observado que formulan casi todos los irlandeses) y acallamos los gritos de los niños en un puesto de manzanas muy cercano, Dennis y yo hablamos de los viejos tiempos. Le felicité por su matrimonio con la adorable joven que todos habíamos admirado, y confié en que hubiera hecho una buena boda, etcétera, etcétera. No parecía, sin embargo, un hombre acaudalado: llevaba un viejo sombrero gris, unos viejos pantalones cortos, un viejo chaleco con botones del regimiento y unas botas de montar remendadas, prendas todas ellas que no suelen llevar las personas de posición holgada.

—¡Ah! —contestó él con un suspiro—. Las cosas han cambiado mucho desde aquellos días, Fitz-Boodle. Mi mujer ya no es lo que era… la hermosa criatura que usted conoció. Molloy, hijo mío, corre a decirle a mamá que un caballero inglés vendrá a cenar a casa; porque naturalmente cenará conmigo, ¿verdad, Fitz?

Yo acepté su invitación, aunque el joven Molloy se negó a obedecer las órdenes de papá y anunciar al desconocido.

—Pues seré yo quien anuncie su llegada —dijo Haggarty, sonriendo—. Vamos, es hora de cenar y mi casita de campo está a menos de cien yardas.

Así, pues, avanzamos en procesión hasta la vivienda de Dennis, que formaba parte de una hilera y media de casas de una sola planta, con pequeños patios en la parte delantera y, en su mayoría, hermosos nombres en las jambas de las puertas. En la entrada de Dennis, podía leerse «Cirujano Haggarty» en una oxidada placa de cobre; y, como si esto no bastara, habían colocado otra placa oval, sobre la campanilla, con la inscripción «Nuevo Molloyville». La campanilla, por supuesto, no funcionaba; el patio o jardincillo empedrado estaba sucio, abandonado y lleno de malas hierbas; había unas rocas mugrientas, a modo de adorno, alrededor de un pequeño parterre acristalado, y trapos y ropa tendida en casi todas las ventanas del Nuevo Molloyville, al que se entraba pisando un maltrecho felpudo, bajo un enrejado roto por el que llevaba mucho tiempo negándose a trepar una marchita enredadera.

—¡Pequeño, pero acogedor! —señaló Haggarty—. Será mejor que yo vaya delante, Fitz; deje el sombrero en esa maceta y la sala está a la izquierda.

Un vapor de cebollas y de olor a turba impregnaba la casa, indicio de que la cena estaba próxima. ¿Próxima? Podías oír cómo crepitaba en el fuego de la cocina, donde la criada trataba al mismo tiempo de acallar el llanto obstinado de un tercer niño. Pues, mientras entrábamos, los tres angelitos de Haggarty berreaban como locos.

—¿Eres tú, Dennis? —exclamó una voz chillona y destemplada desde un rincón oscuro de la sala, donde ya habían colocado un mantel sucio para la cena; habían dejado, asimismo, unas botellas de cerveza negra y un hueso frío de cordero sobre un cercano y destartalado piano de cola—. Siempre llegas tarde, señor Haggarty. ¿Has traído el whisky de la tienda de Nowland? Seguro que lo has olvidado.

—Querida, he traído a un viejo amigo tuyo y mío a cenar lo que haya —dijo Dennis.

—¿Y cuándo llegará? —preguntó su mujer (lo que me sorprendió sobremanera, pues yo estaba delante de ella).

—Está aquí, Jemima, amor mío —repuso Haggarty, mirándome—. El señor Fitz-Boodle, ¿te acuerdas, querida? Lo conocimos en Warwickshire.

—¡El señor Fitz-Boodle! Me alegro mucho de verlo —exclamó ella, poniéndose en pie y haciéndome una amable reverencia.

La señora Haggarty estaba ciega.

Pero la señora Haggarty no sólo estaba ciega: era evidente que había perdido la vista a causa de la viruela. Tenía los ojos vendados, y el rostro hinchado, desfigurado y lleno de cicatrices por el terrible efecto de esa enfermedad. Cuando entramos en la habitación, estaba haciendo punto en un rincón, envuelta en una sucia bata. Me habló de un modo muy diferente que a su marido. Se dirigía a él con un fuerte acento irlandés; a mí, en la lengua más odiosa del mundo, en irlandés-inglés, esforzándose por disimular su deje y por hablar con el verdadero, parsimonioso y distingué amaneramiento inglés.

—¿Lleva mucho tiempo en Irlanda[3]? —inquirió la pobre mujer con aquel acento—. Seguro que le parece un lugar triste y primitivo, señor Fitz-Boodle. Ha sido muy amable al visitarnos en famille y aceptar nuestra invitación sans cérémonie. Señor Haggarty, espero que ponga el vino en hielo; el señor Fitz-Boodle debe de estar derritiéndose con este calor.

Durante un rato, prosiguió la conversación en el mismo tono educado; y me vi obligado a decirle, respondiendo a una de sus preguntas, que la encontraba igual que antaño, aunque, de haberla visto en otras circunstancias, jamás la habría reconocido. Pidió a Haggarty con un expresivo gesto que fuera a la bodega a buscar vino, y me dijo entre cuchicheos que él era su mayordomo; el pobre hombre, comprendiendo la indirecta, corrió al pueblo a comprar una libra de carne y dos botellas de vino en la taberna.

—¿Comerán los niños aquí sus patatas con mantequilla? —inquirió una muchacha descalza, asomando por la puerta un rostro sobre el que ondeaban su largas guedejas negras.

—Será mejor que cenen en su cuarto, Elisabeth, y dile a… Edwards que venga.

—¿Se refiere a la cocinera, señora? —quiso saber la joven.

—¡Dile inmediatamente que venga! —gritó la infortunada dama; no tardó en cesar el ruido de las frituras y en aparecer una acalorada mujer, enjugándose la frente con el delantal y preguntando, con un acento indudablemente hibérnico, qué deseaba la señora.

—Condúceme hasta mi vestidor, Edwards; he de ponerme algo más presentable para el señor Fitz-Boodle.

—¡Imposible! —respondió Edwards—. ¡Seguro que el señor está en la carnicería y no puede vigilar el fuego de la cocina!

—¡Tonterías! ¡Tengo que arreglarme! —exclamó la señora Haggarty.

De modo que Edwards, con aire resignado, después de enjugarse nuevamente el brazo y la cara con el delantal, tendió su mano a la mujer de Dennis y subió con ella las escaleras.

Me permitió, así, abandonarme a mis pensamientos durante media hora, hasta que volvió a bajar con un viejo vestido de raso amarillo, y los hombros tan descubiertos como siempre. Llevaba una cofia muy recargada, que el propio Haggarty debía de haber elegido; y lucía toda clase de collares, pulseras y pendientes de oro, de granate, de nácar y de similor. Entró acompañada de un intenso olor a almizcle, que se llevó por delante el de las cebollas y la turba; y agitaba un viejo pañuelo con el borde de encaje amarillo de un lado a otro de sus angulosas y horribles facciones cubiertas de cicatrices.

—Así, pues, me habría reconocido en cualquier parte, ¿no es verdad, señor Fitz-Boodle? —insistió la señora Haggarty, con una mueca que pretendía ser de lo más fascinante—. Tengo el convencimiento de que lo habría hecho; aunque mi terrible enfermedad me ha privado de la vista, ¡es una suerte que no haya desfigurado mi rostro!

Habían ahorrado ese sufrimiento a la pobre mujer; pero su vanidad, su orgullo infernal, su necedad y su egoísmo eran tan grandes que dudo que fuese caritativo dejarla en el error.

Pero ¿para qué corregirla? En algunas personas hay cierta cualidad que va más allá de cualquier consejo, orientación o enmienda. Limítense a dejar que un hombre o una mujer tengan la NECEDAD suficiente y no necesitarán inclinarse ante ninguna autoridad. Para un necio no hay nadie mejor que él; un necio es incapaz de ver que está equivocado; un necio carece de escrúpulos, está seguro de gustar, de tener éxito, de obrar correctamente; los sentimientos ajenos le son indiferentes, sólo se respeta a sí mismo. ¿Cómo hacerle comprender a un torpe su torpeza? Una persona así es tan incapaz de ver su necedad como sus orejas. Y la gran virtud de un necio es estar siempre satisfecho de sí mismo. Cuántas miríadas de criaturas hay de esta admirable clase: egoístas, tacaños, ignorantes, apasionados, brutales; malos hijos, madres, padres, ¡incapaces de realizar una buena acción!

A fin de interrumpir, sin embargo, esta disquisición, que nos está alejando de Kingstown, Nuevo Molloyville e Irlanda (para conducirnos a la vasta región donde la necedad tiene su patria), diré que la señora Haggarty, por lo poco que yo sabía de ella y de su madre, pertenecía a la clase de personas que acabo de mencionar. Hacía gala de una dignidad que no era fácil de digerir con el infame almuerzo que el pobre Dennis, después de una larga espera, logró poner en la mesa. Su mujer no dejó de invitarme a Molloyville, donde, según afirmó, su primo estaría encantado de recibirme; y me contó casi tantas anécdotas del lugar como su madre en otros tiempos. Me percaté, además, de que Dennis le servía los mejores trozos de carne, que ella comía con enorme apetito, y que bebía con similar avidez las fuertes bebidas alcohólicas que había en la mesa.

—A todas las damas irlandesas nos gusta tomar un pequeño vaso de ponche —comentó alegremente.

Y Dennis preparó para ella un brebaje tan fuerte que a mí me habría costado tragarlo. La señora Haggarty habló mucho de su sufrimiento, de sus sacrificios, de los lujos a los que había estado acostumbrada antes de casarse: en una palabra, de todos esos temas que algunas mujeres gustan de tratar cuando desean importunar a sus maridos.

Pero el buen Dennis, lejos de enfadarse con ella por la repetición constante, agotadora y descortés de su superioridad, en lugar de disuadirla para que se callara, alentaba la conversación. Le gustaba oírla disertar sobre sus virtudes y sobre el esplendor de su familia. Se sentía tan poco importante y su mujer le dominaba de tal modo que se enorgullecía de servirla, e imaginaba que la magnificencia de ella aumentaba su dignidad. Dennis me observaba (a mí, que estaba harto de la mujer y de su egoísmo) como si esperara grandes muestras de simpatía, y me lanzaba unas miradas por encima de la mesa que parecían decir: «¡Qué maravillosa es mi Jemima y qué afortunado soy de tenerla!». Cuando los niños bajaron, ella les reprendió, por supuesto, antes de echarlos con cajas destempladas (circunstancia que, quizá, el autor de estas páginas no lamentó demasiado), y, después de continuar sentada un tiempo ridículamente largo, se despidió de nosotros, preguntándonos si preferíamos tomar el café en la sala o en su tocador.

—¡Oh! ¡Aquí, desde luego! —respondió Dennis, con cierta agitación.

Y, unos diez minutos después, «Edwards» volvió a traernos a la encantadora criatura, y el café hizo su aparición. Cuando lo tomamos, Dennis pidió a su mujer que cantase para el señor FitzBoodle.

—Se muere de ganas de oír alguna de sus viejas baladas favoritas.

—¡No! ¿De veras? —exclamó ella; y fue acompañada triunfalmente hasta el viejo y desafinado piano, donde, con voz chillona y destemplada, entonó aquellas horribles y anticuadas tonadas que le había oído cantar en Leamington diez años antes.

Haggarty, mientras tanto, se recostó en la silla encantado. Los maridos siempre lo están, y con la misma canción, que probablemente han oído a los diecinueve años; casi todas las melodías de los hombres ingleses son de esa época y, en mi opinión, es bastante conmovedor oír a un anciano caballero de sesenta o setenta años tararear con voz temblorosa la vieja cancioneta fresca y lozana que solía escuchar fresco y lozano cuando estaba en la flor de la juventud. Si tiene una esposa con talento musical, seguro que piensa que sus viejas canciones de 1788 son mucho mejores que las que ha oído después: en realidad no ha oído ninguna desde entonces. Cuando el viejo matrimonio se encuentra de buen humor, el anciano caballero rodea el talle de la anciana dama con su brazo y exclama: «Querida, me gustaría oír una de tus canciones», y ella se sienta y empieza a cantar con su voz de antaño, y, mientras lo hace, las rosas de su juventud florecen de nuevo por un instante. Ranelagh[4] resucita, y ella baila un minué con los cabellos empolvados, sujetándose la cola del vestido.

He aquí otra digresión, ocasionada por el espectáculo que ofrecía el rostro del pobre Dennis mientras su mujer desafinaba (y, créanme, era mucho más agradable mirarle a él que escucharla a ella). El éxtasis de Lanzadera[5] no habría sido mayor mientras le hacían cosquillas las hadas. Mi amigo estaba convencido de que aquella música era divina; y tenía otras razones para disfrutar de ella, pues su mujer siempre se hallaba de buen humor después de cantar, y jamás cantaba si no estaba alegre. Dennis me lo había dado a entender en el breve coloquio que sostuvimos los diez minutos que su Jemima estuvo ausente en el «tocador»; de modo que, al final de cada pieza, gritábamos: «¡Bravo!» y aplaudíamos como locos.

Ésa fue mi impresión de la vida del doctor Dionysius Haggarty y su mujer; y debo de haberme encontrado con él en un buen momento, pues el pobre Dennis habló con posterioridad de nuestra encantadora velada en Kingstown, y no hay duda de que sigue pensando que su amigo quedó fascinado con aquella reunión. El estado de su economía era el siguiente: contaba con su media paga, mil libras, y alrededor de cien libras anuales que le había legado su padre; Jemima tenía sesenta libras anuales de su madre, que, por supuesto, ésta jamás pagaba. Dennis no ejercía la medicina, pues dedicaba todo su tiempo a cuidar a Jemima y a los niños, a los que lavaba, vestía, y sacaba a pasear o llevaba sobre los hombros, como hemos visto, y no podían tener una criada para ellos, ya que su querida madre ciega nunca podía quedarse sola. La señora Haggarty, una verdadera inválida, se quedaba hasta la una en la cama, donde solía desayunar y tomar un almuerzo caliente. Dennis gastaba la quinta parte de sus ingresos en que ella paseara de un lado a otro en silla de ruedas, lo que le obligaba a caminar diariamente las horas que le asignaban. Luego llegaba la cena; y el clero incompetente, muy numeroso en Irlanda, y del que la señora Haggarty era una gran admiradora, ensalzaba su figura en todas partes como modelo de paciencia y de virtud, y se deshacía en elogios por la admirable resignación con que ella llevaba su infortunio.

Bueno, sobre gustos no hay nada escrito. Pero yo no estaba nada convencido de que ella fuese la mártir de la familia.

—Las circunstancias que rodearon mi matrimonio con Jemima —me dijo Dennis, en alguna de nuestras posteriores conversaciones sobre tan interesante asunto— fueron las más románticas y conmovedoras que usted pueda imaginar. Ya sabe la impresión que me había causado la adorable joven en Weedon; desde la primera vez que la vi y oí su encantadora versión de «La doncella árabe de ojos oscuros», comprendí, y así se lo dije a nuestro amigo Turniquet aquella misma noche, que, para mí, ella era la doncella árabe de ojos oscuros… y no es que lo fuera, ya sabe que nació en Shropshire. Pero comprendí que había conocido a la mujer que me haría feliz o desgraciado el resto de mi vida. Ya sabe que le declaré mi amor en Kenilworth, que ella me dio calabazas y que, por ese motivo, estuve a punto de pegarme un tiro… No, eso no puede saberlo, es algo que guardé en secreto… pero le aseguro que estuve a punto de hacerlo; y fue una gran suerte para mí que no apretara el gatillo, pues la adorable joven —¿puede usted creerlo?— estuvo siempre enamorada de mí.

—¿De veras? —exclamé yo, que no había olvidado el singular modo en que la señorita Gam había mostrado su amor aquellos días; aunque lo cierto es que cuanto más enamorada está una mujer, más lo disimula.

—Se había enamorado hasta los tuétanos del pobre Dennis —prosiguió el respetable muchacho—, ¿quién lo hubiera imaginado? Pero lo sé de muy buena tinta, me lo dijo su propia madre, con quien ahora tengo algunas diferencias. Pero ella me lo aseguró, y le explicaré cómo y cuándo.

»Estábamos acuartelados en Cork, tres años después de nuestra estancia en Weedon, y era nuestro último año en Irlanda; fue una verdadera suerte que mi querida Jemima hablara antes de que fuese demasiado tarde; de lo contrario, ¿qué sería de nosotros ahora? Pues bien, cierto día, cuando volvíamos al cuartel desde la plaza de armas, vi a una dama sentada junto a una ventana abierta, al lado de otra dama que parecía enferma; y la dama de la ventana, que iba del más riguroso luto, gritó: “¡Dios mío! ¡El señor Haggarty, del Regimiento 120!”.

»—Estoy seguro de conocer esa voz —le dije a Whiskerton.

»—Es una suerte que no la conozcas demasiado bien —me respondió él—. Es lady Gammon, y apuesto a que está tratando de pescar marido para esa hija suya. El año pasado estuvo en Bath con ese propósito, y el anterior en Cheltenham, donde, ¡Dios bendito!, es tan conocida como el juego infantil de la gallina ciega.

»—Te agradeceré que no faltes al respeto a la señorita Jemima Gam —señalé a Whiskerton—; pertenece a una de las mejores familias de Irlanda, y cualquiera que diga una palabra en contra de la mujer a la que en una ocasión propuse matrimonio, me insulta a mí, ¿está claro?

»—Pues cásate con ella, si así lo deseas —repuso Whiskerton, bastante malhumorado—; cásate con ella y ¡que te cuelguen!

»¿Casarme con ella? Sólo de pensarlo, mi cabeza empezó a dar vueltas; y mi enajenación fue mil veces mayor que de costumbre.

»Puede tener la seguridad de que aquella misma tarde subí la colina en dirección a la plaza de armas, y con el corazón brincando dentro del pecho. Llegué a casa de la viuda. Se llamaba Nuevo Molloyville, como ésta. Siempre que alquila una casa, aunque sea seis meses, la llama Nuevo Molloyville; y ha tenido una en Mallow, en Bandon, en Sligo, en Castlebar, en Fermoy, en Drogheda y ¡quién sabe dónde demonios más! Pero las persianas estaban bajadas y, aunque me pareció ver a alguien tras ellas, nadie hizo caso del pobre Dennis Haggarty; estuve paseando de un lado a otro durante la hora de la cena, con la esperanza de vislumbrar a Jemima, pero fue en vano. Al día siguiente, regresé; lo cierto es que continuaba tan enamorado como siempre. Jamás me había sentido así, ¿sabe? Y, una vez atrapado, sabía que era para siempre.

»No tiene el menor sentido que le cuente el tiempo que estuve dando vueltas, pero cuando logré ser admitido en la casa (gracias a la ayuda del joven Castlereagh Molloy, a quien usted recordará de Leamington, que se encontraba en Cork por la famosa regata y cenaba con nosotros en el comedor de oficiales, pues se había encariñado mucho conmigo); cuando, como le decía, logré ser admitido en la casa, me apresuré a ir in medias res[6]; no podía quedarme callado, ¡mi emoción era tan grande!

»¡Oh, Fitz! Jamás olvidaré el día… el instante en que me condujeron al salón —cuanto más agitado estaba, más fuerte era el acento irlandés de Dennis; pero, por mucho que alguien de otro país perciba y repita de memoria algunas palabras, es casi imposible sostener una conversación en irlandés, así que abandonaremos cualquier intento de imitar a Dennis—. Cuando vi a la anciana señora Gam —prosiguió—, mis sentimientos se desbordaron. Me tiré al suelo, señor, como si me hubiera alcanzado la bala de un mosquete.

»—Queridísima señora —exclamé—, moriré si no me entrega a Jemima.

»—¡Cielos, señor Haggarty! —contestó ella—. ¡Me coge usted por sorpresa! Castlereagh, querido sobrino, ¿no sería mejor que te marcharas? —y así lo hizo, encendiendo un puro y dejándome aún en el suelo.

»—Levántese, señor Haggarty —prosiguió la viuda—. No negaré que su fidelidad a mi hija es de lo más conmovedora, por muy repentina que haya sido su presente solicitud. No negaré que es muy posible que Jemima sienta lo mismo por usted; pero, tal como he afirmado en otras ocasiones, nunca permitiría que mi hija se casara con un católico.

»—Soy tan buen protestante como usted, señora —repliqué—; mi madre era una rica heredera, y recibimos la misma educación que ella.

»—Eso cambia las cosas —dijo, poniendo los ojos en blanco—. ¿Cómo iba a tener la conciencia tranquila viendo a mi querida hija casada con un papista? ¿Cómo iba a poder llevarlo a Molloyville? Pero, una vez superado ese obstáculo, dejaré de interponerme entre dos jóvenes. Debo sacrificarme; como he hecho siempre por mi hija. Podrá ver a la infortunada, adorable y encantadora enferma, y sabrá el destino que le espera a usted de sus propios labios.

»—¿La enferma, señora? —inquirí—. ¿Es que la señorita Gam ha estado indispuesta?

»—¡Pero cómo! ¿No sabe nada? —exclamó la viuda—. ¿Acaso no ha oído hablar de la terrible enfermedad que ha estado a punto de arrebatármela? Durante nueve semanas, señor Haggarty, he estado a su lado día y noche, sin echar siquiera una cabezada…, durante nueve semanas, Jemima ha estado luchando entre la vida y la muerte; y pagué al doctor ochenta y tres guineas. Mi hija se ha restablecido; pero no es más que una ruina de la hermosa criatura que fue. El sufrimiento y, tal vez, otro desengaño —pero será mejor no mencionar eso ahora— son la causa de su desánimo. Pero le dejaré solo, e iré a preparar a mi dulce pequeña para esta visita tan singular y tan completamente inesperada.

»No le contaré lo que ocurrió entre Jemima y yo cuando me llevaron a la oscura estancia donde la pobre inválida estaba sentada; ni le describiré la emoción con que cogí su pobre y demacrada mano (después de buscarla a tientas). Ella no la retiró; salí de esa habitación prometido, señor; y ahora podía demostrarle que mi amor siempre había sido sincero, pues, tres años antes, había hecho testamento a su favor: la misma noche en que ella rechazó mi oferta de matrimonio, como usted sabe. Yo me hubiera pegado un tiro, pero me habrían declarado non compos[7], y mi hermano Mick habría impugnado el testamento; de modo que decidí vivir, a fin de que ella pudiera beneficiarse de mi muerte. En aquella época sólo tenía mil libras; posteriormente, mi padre me legó otras dos mil. Dejé a Jemima hasta el último chelín en testamento, como puede imaginar, y puse todo a su nombre en cuanto nos casamos, lo que hicimos en seguida. Pasó algún tiempo hasta que me permitieron ver el rostro de la infortunada joven, y entonces fui verdaderamente consciente de la espantosa desgracia que ésta había sufrido. ¡Imagine mi dolor, querido amigo, cuando contemplé las ruinas de su belleza!

Había algo realmente conmovedor en la conducta de aquel valeroso muchacho, que ni una sola vez, mientras contaba su historia, pareció aludir a la posibilidad de negarse a contraer matrimonio con una mujer que ya no era la misma que él amaba; es más, seguía tan fiel a ella como cuando cayó rendido ante los mediocres y ñoños encantos de la necia señorita de Leamington. Era inhumano que un corazón tan noble como el suyo se desperdiciara entre tanta mezquina vanidad. Pero ¿era inhumano o no que siguiera engañado en su obstinada modestia, y continuara admirando a la necia y egoísta criatura que había elegido venerar?

—Me habrían nombrado cirujano mayor del regimiento muy poco después —prosiguió Dennis—, cuando lo enviaron a Jamaica, donde continúa en la actualidad. Pero mi mujer se negó en redondo a desplazarse allí, y aseguró que se le rompería el corazón si abandonaba a su madre. Así que me retiré del ejército con media paga y compré esta casita; y, por si me surgiera alguna oportunidad de ejercer la medicina…, mi nombre está en la placa de cobre, y estoy preparado para cualquier cosa. Aunque la única vez que acudieron a mí, estaba paseando a mi mujer en la calesa; y una noche, en otra ocasión, vino un mendigo con la cabeza rota. Mi mujer me regala un bebé todos los años, y no tenemos deudas; y entre usted y yo, y el correo, mientras mi suegra esté alejada de casa, me consideraré un hombre feliz.

—¡Cómo! ¿Acaso ustedes dos no se llevan bien? —inquirí.

—No puedo decir que nuestras relaciones sean buenas; somos demasiado distintos —replicó Dennis, con una débil sonrisa—. Llega a casa y lo pone todo patas arriba. Cuando viene, me veo obligado a dormir en la antecocina. No ha pagado la anualidad a su hija desde nuestro primer año de matrimonio, aunque siempre está jactándose de sus sacrificios, como si Jemima tuviera la culpa de su ruina; y, además, cuando nos visita, le acompaña todo el clan de los Molloy, caballería, infantería y dragones, que se alojan con nosotros y vacían la despensa.

—Y Molloyville ¿es un lugar tan maravilloso como decía la viuda? —pregunté riendo, y no sin cierta curiosidad.

—¡Oh, sí! ¡Un lugar realmente maravilloso! —contestó Dennis—. El parque de robles tiene más de doscientos acres; no creo que haya visto jamás unas tierras mejores, pero han talado todos los árboles. Dicen que el jardín, en tiempos de los antiguos Molloy, era el más hermoso de todo el oeste de Irlanda; pero han empleado todo el cristal para reparar las ventanas de la casa, y tampoco puede culpárseles por eso. La familia recibe tres mil quinientas libras anuales de los terratenientes, pero éstas van directamente a los acreedores; además, tiene otras deudas que no puede zanjar con sus propiedades.

—Su primo político, Castlereagh Molloy, ¿no heredará una gran fortuna?

—¡Oh! Él se las arreglará —respondió Dennis—. Mientras siga teniendo crédito, no se privará de nada. Fui lo bastante necio para firmar por él en un pequeño trozo de papel y, como no pudieron echarle el guante en el condado de Mayo, me detuvieron a mí aquí en Kingstown. Y fue un verdadero fastidio. ¡La señora Gam llegó a decir que yo estaba arruinando a la familia! Pagué la deuda a plazos (pues todo mi dinero está a nombre de Jemima); y Castlereagh, que es un muchacho honrado, me dijo que jamás lo olvidaría. De todos modos, no podía hacer más que eso.

—Tiene razón; y ahora, ¿son ustedes amigos?

—Sí, y también él se ha peleado con su tía; la insulta a conciencia, se lo aseguro. Dice que llevó de acá para allá a Jemima, y que la arrojó en brazos de casi todos los solteros de Inglaterra… la pobre Jemima, ¡mientras ella se consumía de amor por mí! Tan pronto como se recobró de la viruela (la había contraído en Fermoy, ¡que Dios la bendiga! ¡Ojalá hubiera estado a su lado para cuidarla!), tan pronto como se restableció, la anciana le dijo a su sobrino: «Castlereagh, ve al cuartel y averigua dónde está el Regimiento 120». Y se dirigió a Cork a toda prisa. Al parecer, mientras estuvo enferma, el amor de Jemima por mí dio muestras de ser tan apasionado que su madre se sintió abrumada, e hizo la promesa de que, si su querida hija recuperaba la salud, intentaría reunirnos de nuevo. Castlereagh afirma que nos habría seguido hasta Jamaica.

—No me cabe la menor duda —señalé.

—¿Qué mayor prueba de amor puede existir? —exclamó Dennis—. La enfermedad de mi querida pequeña y su terrible ceguera han estropeado, como es natural, su salud y su carácter. En su situación, no puede cuidar de los niños, que están casi siempre a mi cargo; y su humor es bastante inestable, no puedo negarlo. Pero es una criatura sensible, refinada y elegante, y es natural que a menudo se sienta irritada con alguien tan torpe como yo.

Dennis se despidió entonces de mí, diciendo que había llegado la hora de pasear a los niños; y creo que su historia puede servir de interesante reflexión a todos los solteros que estén a punto de cambiar su estado civil, o puede consolar a aquellos otros que se lamenten de su celibato. Cásense, caballeros, si así lo desean; cambien su cómoda cena en el club por carne de cordero fría y papillotes[8] en su casa; abandonen sus libros o placeres y dedíquense a sus mujeres y a sus hijos; pero antes medítenlo bien, como estoy seguro de que harán después de este consejo y de este ejemplo. Un consejo es siempre útil en los asuntos amorosos; los hombres siempre lo atienden; y siempre siguen las opiniones de los demás, no las suyas. Y siempre sacan provecho de un ejemplo. Cuando ven a una hermosa mujer y sienten cómo les invade la encantadora locura del amor, siempre se detienen a calcular el carácter y el dinero de la amada, su propio dinero o idoneidad para la vida conyugal… ¡Ja, ja, ja! Dejemos ya de decir tonterías. He estado enamorado cuarenta y tres veces de mujeres de toda clase y condición, y me habría casado en todas esas ocasiones si me hubieran dejado. ¿Cuántas esposas tuvo el rey Salomón, el más sabio de los hombres? ¿Y no es su vida una advertencia de que el Amor es dueño de los más sabios? Sólo los necios lo desafían.

Debo llegar, sin embargo, a la parte final y quizá más triste de la historia del pobre Denny Haggarty. Me encontré con él una vez más, y en unas condiciones que me decidieron a escribir este relato.

El pasado mes de junio me encontraba por casualidad en Richmond, un pequeño y encantador lugar de retiro; y allí, tomando el sol en la terraza, estaba mi viejo amigo del Regimiento 120: parecía más viejo, delgado, pobre y abatido que nunca.

—¡Pero cómo! ¿Ha dejado usted Kingstown? —le pregunté, estrechando su mano.

—Sí —me respondió.

—Y su mujer y sus hijos ¿están en Richmond?

—No —contestó, moviendo tristemente la cabeza; y los ojos hundidos de mi infortunado amigo se llenaron de lágrimas.

—¡Cielos, Denny! ¿Qué ocurre? —exclamé, sin que él dejara de apretar fuertemente mi mano.

—¡Me han ABANDONADO! —gritó desesperado, con un espantoso lamento que pareció salir del fondo de su alma—. ¡Me han abandonado! —repitió, desplomándose en una silla, cerrando sus enormes puños y agitando con vehemencia sus delgados brazos—. He aprendido mucho, señor Fitz-Boodle. Jemima me ha dejado y, sin embargo, ¡usted sabe cuánto la amaba y lo felices que éramos! No tengo a nadie; pero pronto moriré, es un consuelo. ¡Y pensar que es ella, después de todo, la que va a matarme!

La historia, que me contó en medio de unos lamentos salvajes y violentos —que los hombres de nuestro país, mucho más fríos e impasibles, serían incapaces de proferir, y que no me agrada en absoluto recordar ahora—, era muy sencilla. La suegra había tomado posesión de su hogar y lo había expulsado de él. Todos sus bienes estaban a nombre de su mujer. Ella nunca lo había amado y, después de contarle ese secreto, lo había echado de casa con su desprecio egoísta y su mal humor. El hijo había muerto; las hijas, añadió, estaban mejor creciendo entre los Molloy que a su lado; de modo que se hallaba completamente solo en el mundo, viviendo, o más bien muriendo, con cuarenta libras anuales.

Es muy posible que sus sufrimientos hayan terminado ya para siempre. Las dos insensatas culpables de su desdicha jamás leerán esta historia, jamás leen historias irreverentes en las revistas; me gustaría, honrado lector, que usted y yo visitáramos la iglesia con tanta asiduidad como ellas. Esas personas no son malvadas a causa de sus prácticas religiosas, sino a pesar de ellas. Son demasiado necias para comprender la humildad, demasiado ciegas para percibir un corazón tierno y sencillo bajo un pecho torpe y desgarbado. Están convencidas de que han observado siempre una conducta intachable con mi pobre amigo, y de que han hecho gala de la mayor virtud cristiana. Los amigos de la mujer de Haggarty la consideran una mártir de su brutal marido, y su madre es el ángel que acudió a rescatarla. Lo único que hicieron fue engañarlo y abandonarlo. Y, a salvo, en esa maravillosa autocomplacencia, característica de los necios e insensatos de este mundo, no sienten el menor remordimiento de conciencia por lo malvadas que han sido con él, y consideran su crueldad una prueba y una consecuencia de su piedad y de su virtud sin mancha.


[1] Gammon significa «jamón»; juego de palabras entre el apellido Gam y Ham (jamón).

[2] Joyas antiguas que ceñían la frente.

[3] Para dar una idea de la exagerada pronunciación de la señora Haggarty cuando trata de hablar como una elegante dama inglesa, el autor escribe I-a-land (Ireland), ba’ba’ous (barbarous), shuah (sure), waine (wine), aice (ice), etc.

[4] Entre 1742 y 1803, los Jardines de Ranelagh rivalizaron con los de Vauxhall como lugar de recreo para los londinenses. Además de servirse comidas y bebidas, se celebraban conciertos, mascaradas, exposiciones, fuegos artificiales, etc. Tenían una famosa rotonda en el centro (no muy diferente del Albert Hall) y un pabellón veneciano en medio de un lago.

[5] El personaje del tejedor en Sueño de una noche de verano, de Shakespeare.

[6] Directamente a la cuestión.

[7] Loco, débil mental.

[8] Rizos de pelo formados y sujetos con un papel.

© William M. Thackeray: La mujer de Dennis Haggarty (Dennis Haggarty’s wife). Fraser’s Magazine for Town and Country, octubre de 1843. Traducción de Marta Salís.

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