Víctor Jara

BIOGRAFÍA

No sólo su asesinato a manos de la dictadura militar el 16 de septiembre de 1973 ni su condición de mártir de la Nueva Canción Chilena han hecho de Víctor Jara uno de los artistas más trascendentes de la música chilena. Es su trabajo artístico plasmado en numerosos discos, obras de teatro y actuaciones en vivo lo que definitivamente lo ha consagrado como una de las más grandes figuras de la cultura local.

Conmovido por una época en la que despuntó una enorme efervescencia social en Occidente, Jara representó como pocos el sentimiento de búsqueda de una nueva dignidad para las clases sociales más populares. Lo hizo como activo militante del Partido Comunista y también de manera artística mediante canciones en las que combinó una fuerte crítica social con un esperanzado y hasta ingenuo espíritu trabajador. Su arte y sus aspiraciones eran coherentes con su historia; la de un hijo de campesinos que llegó a avecindarse a un sector pobre y marginal de Santiago (la población Los Nogales). Jara enfrentó a su medio y venció los obstáculos impuestos por la pobreza, y eso sólo contribuyó a fortalecer su postura ética.

Los inicios (1956-1965)

En una entrevista para el diario “El Siglo”, el 18 de septiembre de 1966, el músico se explicaba con claridad: “Cada vez me conmueve más lo que sucede a mi alrededor. La pobreza de mi propio país, de América Latina y de otros países del mundo. He visto […] la huella del horror de una matanza de judíos en Varsovia, el pánico de la Bomba, el golpe mortal causado por la guerra que desintegra al hombre y todo lo que de él surge y nace. En fin, tantos otros desastres que cansa enumerar. Pero también he visto lo que el amor puede hacer, lo que la verdadera libertad puede hacer, lo que la fuerza y el poderío del hombre feliz pueden hacer”.

“Por todo esto y porque anhelo la paz, es que la madera y las cuerdas de una guitarra me hacen falta para desahogar algo triste o alegre”, agregaba. “Alguna estrofa que abra el corazón como una herida, o algún verso que quisiera nos diera vuelta de dentro hacia fuera para ver el mundo con ojos nuevos”.

En el mismo año de estas declaraciones, Víctor Jara presentó su primer largaduración como solista, tras una década de trabajo junto al grupo Cuncumén. Este grupo folclórico se había formado en 1955 dentro de un taller dictado por Margot Loyola en las Escuelas de Temporada de la Universidad de Chile. Jara se unió en 1957, pero no fue sino hasta 1960 y 1961 que introdujo en el repertorio de Cuncumén sus primeras canciones: la tonada “Las palomitas” y la canción “Paloma, quiero contarte”, escrita durante la gira del grupo por Moscú y dedicada a su esposa, Joan.

Al volver de este viaje, Rolando Alarcón –entonces líder del conjunto– se separó del grupo para iniciar una carrera solista y Víctor Jara asumió la dirección de Cuncumén para realizar un disco más. Éste coincidió con el comienzo de sus mejores momentos en el mundo teatral, al debutar como director del montaje Ánimas de día claro, de Alejandro Sieveking.

No obstante su éxito teatral (ámbito en el que se desarrolló desde la Universidad de Chile, primero como alumno y luego como académico), el cantante sentía un compromiso fuerte con la música, pero ya no le bastaba el formato tradicional de Cuncumén. Necesitaba ampliar los temas de su canto, decidido a colaborar con el proceso de cambios sociales desde su guitarra. Así fraguó el inicio de su carrera como solista, debut que recién se produjo en 1965 con un par de singles producidos por Camilo Fernández.

El compromiso (1966-1969)

La primera de esas grabaciones estaba compuesta por “La cocinerita” (tradicional boliviana) y “El cigarrito”; y la segunda, por “Paloma, quiero contarte” y “La beata”. Por esta última canción Jara comenzó a darse a conocer masivamente debido a una polémica con la Iglesia Católica de la época, que cuestionaba la letra a pesar de que se trataba de una tradicional polca conocida en el campo chileno desde comienzos del siglo XX.

Censurada en su tiempo, “La beata” no fue incluida en el larga duración con que el cantante comenzó su carrera discográfica en 1966, aunque sí las otras tres canciones. El disco incluía sus primeras composiciones propias, la mayoría afincadas en el lamento de los hombres humildes del campo y destinados a una vida de inquilinaje. Historias en su mayoría tomadas de su propia biografía, como “El arado”, y otras simplemente sacadas de la historia chilena y latinoamericana.

Entre 1966 y 1969 Víctor Jara empezó a vivir intensamente su trabajo de artista, combinando el teatro con innumerables actuaciones como cantor popular en las peñas que surgieron en el país. A bordo de la fiesta ambulante de René Largo Farías con su peña “Chile Ríe y Canta”, recorrió buena parte del territorio nacional interpretando un repertorio que acogía a numerosos autores latinoamericanos, entre los que se destacaba el uruguayo Daniel Viglietti, de quien tomó la emblemática “A desalambrar”.

Esa canción es la segunda de un total de doce que dieron cuerpo al disco Pongo en tus manos abiertas –su primer LP para la Discoteca del Cantar Popular (Dicap), fundada por las Juventudes Comunistas en 1968–, donde Jara explicitó su convicción acerca del ineludible compromiso que debía existir entre el canto y la realidad. El lado más contingente del disco lo pone “Preguntas por Puerto Montt”, una canción donde el autor exige explicaciones al ministro del Interior de la época, Edmundo Pérez Zujovic, por el desalojo de una toma en esa ciudad que costó la vida de ocho campesinos.

Las no menos comprometidas “Móvil Oil Special” y “A Cochabamba me voy” ponen el humor con contagiosos ritmos centroamericanos, las que además de “El martillo” (original en inglés de Lee Hays y Pete Seeger), cuentan con la participación de Quilapayún. “Zamba del Che”, de Rubén Ortiz, dedicada al fusilado guerrillero argentino, y “A Luis Emilio Recabarren” (fundador del Partido Comunista chileno) dejan muy claro cuáles son los hombres y las ideologías que el cantor quiere destacar.

La sentida “Te recuerdo, Amanda” puso la pequeña cuota de autobiografía de este álbum, pues Víctor la compuso en medio de la nostalgia que sentía por su familia mientras permanecía una temporada en Inglaterra. No obstante, sólo el nombre de su hija es real: la historia es ficción.

Los compañeros (1966-1972)

En el proceso de volcarse completamente a la música, Víctor Jara conoció a Quilapayún (1966), y se convirtió en su director artístico para transformar a un grupo amateur en un conjunto que se caracterizó por su teatral puesta en escena. Jara revaloró y potenció esa área de desarrollo en la música popular, con sus conocimientos como actor y director.

El clímax de esta relación –que generó numerosos discos de Quilapayún– redundó en la bella “Plegaria a un labrador”. En 1968, la canción ganó el Primer Festival de la Nueva Canción Chilena, que Ricardo García organizó en la Universidad Católica, y patentó de esta forma el nombre con que se reconocería más tarde a este importante movimiento musical.

En 1970, comprometido al máximo con el gobierno de la Unidad Popular, Víctor Jara estaba decidido a hacer todo cuanto estuviera en sus manos para mantener la vigencia del nuevo sistema y, comprometido también con su voluntad artística, empezó el período más intenso y prolífico de su vida. “Me gustaría ser diez personas para poder hacer diez veces todo lo que hay que hacer”, dice en esa época, según cita el autor español José Manuel García en su libro Como una historia: Guía para escuchar a Víctor Jara.

En 1971, Jara y un numeroso contingente de músicos de distintas áreas, desde la música clásica al rock, se unieron para grabar El derecho de vivir en paz, un álbum de título inspirado en el conflicto de Vietnam. Como prueba de su ánimo experimental, el cantante se atreve a juntar las guitarras eléctricas y el órgano de los Blops con un sonido siempre ligado a las raíces. Esta innovación fue particularmente interesante pues, pese a su respeto a la cultura popular, no tenía miedo de buscar nuevas formas estéticas. Con el grupo de Eduardo Gatti, Víctor Jara grabó las canciones “El derecho de vivir en paz” y “Abre la ventana”.

Otro convocado a la jornada fue el compositor Celso Garrido-Lecca, quien escribió la música para “Vamos por ancho camino” y la marcha “BRP”, dedicada a la brigada muralista Ramona Parra. Inti-Illimani, Ángel Parra y Patricio Castillo estuvieron también, y cómo no, colaborando en este disco, cuestión audible en su mayor diversidad instrumental, con vientos, percusión y gran variedad en cuerdas.

En 1971 y en medio de una de las giras que hizo como embajador cultural de la Unidad Popular, Víctor Jara actuó en México, hecho que quedo registrado en un disco bautizado, simplemente, En México 1971. En este mismo contexto, un año después Jara viajó a Cuba, país con el que sentía una especial afinidad con motivo del proceso revolucionario liderado por Fidel Castro. Tocó para diversos públicos en distintas ciudades (aunque el registro fue editado recién en 2001). Jara fue particularmente pródigo en el diálogo con el público cubano, lo que explica el título del álbum: Habla y canta – En Cuba 1972.

En 1972, estimulado por el pedido de un poblador, Víctor Jara se decidió a fundir sus conocimientos de teatro y música para componer su primera obra conceptual, La población, donde narra en canciones y relatos reales la vida de una de estas comunidades construidas a fuerza de tablas, cartones y voluntad. Grabadora en mano, Jara recorrió numerosas poblaciones como Herminda de la Victoria y Los Nogales para hacer un disco dedicado completamente a la vida de estas personas. Lo ayudan en la misión los grupos Cantamaranto y Huamarí, Patricio Solovera, Isabel Parra y Pedro Yáñez. Dado el carácter dramático de la obra también participaron dos de sus grandes amigos: la actriz Bélgica Castro y el dramaturgo Alejandro Sieveking, quien coescribió algunos textos.

Manifiesto (1973 en adelante)

Al volver de su última gira a Perú, en junio de 1973, Víctor Jara se concentró en las nuevas canciones que darían forma a dos discos: Canto por travesura y Manifiesto. El primero estaba dedicado a canciones de la tradición picaresca del campo chileno, música que el autor conocía bien: nació en Chillán en 1932 y Amanda, su madre, le había mostrado el sabor de la música campesina, pues ella era una cantora popular. La sugerencia de un amigo y un íntimo deseo de reencontrarse con esa raíz lo llevaron a grabar doce canciones del género con la colaboración de la guitarra y guitarrón de Pedro Yáñez, el arpa de Santos Rubio y el acordeón de Fernando Rodríguez.

En el caso de Manifiesto, en tanto, el cantante no alcanzó a terminar la totalidad de la grabación originalmente prevista. El tiempo, antes que lo detuvieran el 11 de septiembre de 1973, le alcanzó para registrar sólo la mitad del repertorio, espacio suficiente, en todo caso, para plasmar una de sus canciones más emotivas: “Manifiesto”. Aquí, Jara se desviste con la transparencia de siempre y, con una voz en extremo dulce, declara los versos que hacen pensar que ya se preparaba para un destino trágico: “Que el canto tiene sentido, / cuando palpita en las venas / del que morirá cantando / las verdades verdaderas”.

Mucho se ha dicho sobre el carácter premonitorio de estas últimas composiciones y, a la luz de los hechos y del enorme compromiso del autor con la causa de la Unidad Popular, no es extraño que presintiera el desenlace, en tanto también estaría dispuesto a llegar hasta el final, aún sin conocer la crueldad que traería consigo. Tal es así que el 11 de septiembre, aún sabiendo que algo extraño ocurría en La Moneda, decidió ir a la Universidad Técnica a cumplir con un compromiso laboral. De allí no regresó. En “Cuando voy al trabajo” algo queda implícito, a pesar de que la canción está inspirada en el caso de otra persona. “Pienso en ti / mi vida, pienso en ti / en ti, compañera de mis días / y del porvenir / de las horas amargas y la dicha de poder vivir / laborando el comienzo de una historia sin saber el fin”.

La misma sensación recorre el cuerpo con “Aquí me quedo”, otra forma de hacer un manifiesto en la que, tomando palabras de Neruda, declara “Yo no quiero la patria dividida, ni por siete cuchillos desangrada”. Antes, en “Vientos del pueblo”, Jara declama su rabia por la inminencia de un conflicto armado. De hecho, hasta entonces había participado en numerosos actos culturales masivos para detener el desenlace por la vía de las armas a la crisis política que vivía el país.

Pero ya nada detuvo los conocidos sucesos de 1973. Víctor Jara fue recluido el 11 de septiembre de 1973 en el Estadio Chile y su esposa, Joan, encontró su cuerpo sin vida en la morgue de Santiago el 18 de septiembre siguiente, dos días después de que fuera acribillado por los militares. Su mujer e hija viajaron rápidamente a Inglaterra, llevando consigo los discos que a partir de entonces pasarían a ser “material subversivo” en lenguaje militar. Manifiesto sería editado al año siguiente y por mucho tiempo sus canciones sólo fueron conocidas en Europa. Joan Turner narró el testimonio de sus años de convivencia con el artista en el libro Víctor Jara: un canto (no) truncado.

Desde ese momento el nombre de Víctor Jara pasó a ser parte del lenguaje clandestino en Chile y su repertorio sobrevivió gracias al trabajo que desde Francia siguió haciendo Dicap y a los registros que quedaron guardados en la bodega del sello Odeon. En los años ‘70 y ‘80 sólo el sello Alerce se atrevió a publicar algunos títulos, aunque sin las canciones más políticas.

En los ‘90, en cambio, su catálogo reapareció con fuerza gracias al empuje de la Fundación Víctor Jara, a la revalorización de su figura por parte de un público joven, a humildes reediciones del sello Alerce y a compilados de éxitos de EMI. Pero no fue sino hasta 2001, al hacerse cargo de este catálogo la transnacional Warner, que fue hecha una amplia reedición de todo su trabajo. Su nombre, en consecuencia, resurgió con fuerza en el mercado local e internacional.En este mismo contexto debe inscribirse el documental El derecho de vivir en paz, realizado por la periodista Carmen Luz Parot en tributo a su memoria.

Otra prueba del importante resurgimiento de Víctor Jara desde fines de los años ‘90 la dan los numerosos tributos de que ha sido objeto. Uno específico dio forma a un disco (editado por Alerce) hecho bajo el concepto de que artistas y grupos conocidos (y no tanto) hicieran nuevas versiones de temas del cantor. Los otros tributos corresponden las más de las veces a numerosos covers que músicos de distintos lugares del mundo han hecho de sus canciones. Una de ellas es “El cigarrito” reinterpretada por Joan Manuel Serrat, o la mención de su nombre en canciones muy famosas como “Matador”, de Los Fabulosos Cadillacs, “One tree hill”, de U2, o “Washington bullets”, de The Clash.

La identificación de su asesino sigue siendo una causa pendiente en la justicia chilena. En junio del año 2008, y luego de haber decretado el cierre del caso, el juez Juan Eduardo Fuentes aceptó reabrir la investigación judicial y acoger la serie de diligencias solicitadas por su viuda y su hija, a casi 35 años de ocurridos los hechos, aún sin responsables directos. El año 2009 ese proceso ha seguido avanzando, y la justicia ha detenido algunos sospechosos, pero nada está claro aun.

En Chile, la música el cantautor está completamente vigente, pero la justicia por su asesinato sigue estando pendiente.

Fuente: Gabriela Bade
musicapopular.cl

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