Eric Hobsbawm2La tradición libertaria del comunismo —el anarquismo— ha sido siempre acerbamente hostil a la marxista desde tiempos de Bakunin, o, lo que viene a ser lo mismo, de Proudhon. El marxismo, y más aún el leninismo, ha mostrado análoga hostilidad hacia el anarquismo como teoría y programa, así como menosprecio como movimiento político. Sin embargo, si estudiamos la historia del movimiento comunista internacional en el período de la Revolución rusa y de la Internacional Comunista, hallamos una curiosa asimetría. Mientras los portavoces más destacados del anarquismo mantenían viva su hostilidad hacia el bolchevismo con alguna vacilación momentánea —en el mejor de los casos— durante el propio movimiento revolucionario o en el momento en que les llegaron las noticias del Octubre, la actitud de los bolcheviques, dentro y fuera de Rusia, fue durante un tiempo considerablemente más benévola con respecto a los anarquistas. Éste es el tema de las líneas que siguen.

La actitud teórica con la que el bolchevismo abordó los movimientos anarquista y anarcosindicalista después de 1917 era perfectamente clara. Marx, Engels y Lenin agotaron el tema en sus escritos, y no parecía haber ninguna ambigüedad ni incoherencia fundamental entre sus puntos de vista. Éstos pueden resumirse del modo siguiente:

a) No hay diferencia alguna entre los objetivos finales de marxistas y anarquistas; esto es, un comunismo libertario en el que la explotación, las clases y el estado habrán dejado de existir.

b) Los marxistas creen que, entre este estadio final y el derrocamiento del poder burgués por la revolución proletaria, se situará una etapa más o menos prolongada y definida como “dictadura del proletariado” en que el poder del estado todavía jugaría algún papel. Había cierto margen para el debate sobre el significado preciso que daban los escritos marxistas clásicos a estos problemas de la transición, aunque no había la menor ambigüedad en cuanto al concepto marxista de que la revolución proletaria no iba a dar lugar inmediatamente al comunismo, y de que el estado no podía ser abolido, sino que se “extinguiría”. En este punto, él conflicto con la doctrina anarquista era completo y claro.

c) Además de la peculiar predisposición marxista de imaginar el uso del poder en un estado revolucionario con fines revolucionarios, el marxismo abrigaba una activa y firme creencia en la superioridad de la centralización sobre la descentralización o federalismo, así como (especialmente en la versión leninista) la convicción en la necesidad de dirigentes, organización y disciplina y en la inadecuación de cualquier movimiento basado en mera “espontaneidad”.

d) Allí donde fuera posible una participación en los procesos formales de la vida política, los marxistas daban por supuesto que los movimientos socialista y comunista debían incluirse tanto en ella como en otras actividades que pudieran contribuir al avance hacia el derrocamiento del capitalismo.

e) Aunque algunos marxistas han criticado las actuales o potenciales tendencias autoritarias y/o burocráticas de partidos basados en la tradición marxista clásica, ninguno de ellos ha abandonado, mientras se ha considerado marxista, su falta de simpatía por los movimientos anarquistas.

La historia de las relaciones entre los movimientos marxistas y los anarquistas o anarcosindicalistas mostraba en 1917 la misma falta de ambigüedad. En realidad, estas relaciones habían sido considerablemente más agrias en vida de Marx, Engels y durante la Segunda Internacional de lo que habían de ser en la época de la Komintern. El propio Marx había combatido y criticado a Proudhon y Bakunin, y viceversa. Los principales partidos socialdemócratas habían procurado excluir a los anarquistas o se habían visto obligados a ello. A diferencia de la Primera Internacional, la Segunda no les daba cabida, por lo menos a partir del Congreso de Londres de 1896. Allí donde coexistían movimientos marxistas y anarquistas, eran como rivales cuando no enemigos. Sin embargo, aunque los anarquistas producían una fuerte exasperación en los marxistas, en la práctica los marxistas revolucionarios, que compartían con aquéllos una creciente hostilidad hacia el reformismo de la Segunda Internacional, se inclinaban a considerarlos también como revolucionarios, aunque equivocados. Esto estaba en la línea del concepto teórico resumido anteriormente en el punto (a). Por lo menos el anarquismo y el sindicalismo revolucionario podían ser considerados como una comprensible reacción contra el reformismo y el oportunismo. Incluso podía argüirse —y se argüía— que el reformismo y el anarcosindicalismo eran dos caras de una misma medalla: sin el uno, el otro no habría ganado tanto terreno. También podía aducirse, según este razonamiento, que el colapso del reformismo iba a debilitar automáticamente al anarcosindicalismo.

No está claro hasta qué punto estas concepciones de los ideólogos y de los dirigentes políticos eran compartidas por las filas de militantes y por los simpatizantes de los movimientos marxistas. Cabe suponer que las diferencias se percibían a menudo con mucho menor claridad en este nivel. Es bien sabido que las distinciones doctrinales, ideológicas y programáticas que tienen una importancia muy grande en un nivel, la tienen muy escasa en otro; por ejemplo, cuando en 1917 los obreros “socialdemócratas” de muchas ciudades rusas apenas conocían —cuando las conocían— las diferencias entre bolcheviques y mencheviques. Los historiadores de los movimientos obreros y de sus doctrinas corren el riesgo de graves errores si olvidan tales hechos.

Este trasfondo general debe completarse con un examen de las diferentes situaciones en distintas partes del mundo en la medida en que éstas podían afectar las relaciones entre comunistas y anarquistas o anarcosindicalistas. No se puede aquí trazar un cuadro completo, pero por lo menos deben distinguirse tres clases distintas de países:

a) Regiones donde el anarquismo jamás había tenido demasiada significación en el movimiento obrero; esto es, la mayor parte de la Europa noroccidental (excepto Holanda) y varias áreas coloniales en las que apenas se habían desarrollado movimientos obreros y socialistas antes de 1917.

b) Regiones donde la influencia anarquista había sido significativa, pero disminuyó visiblemente, y tal vez decisivamente, en el período de 1914 a 1936. Aquí se incluyen una parte del mundo latino, como Francia, Italia y algunos países latinoamericanos, así como China, Japón y Rusia; esta última por razones algo distintas.

c) Regiones en las que la influencia anarquista conservó importancia, aun sin ser dominante, hasta fines de la década de los treinta. España es el caso más obvio.

En las regiones del primer tipo, las relaciones con movimientos autocalificados de anarquistas o anarcosindicalistas carecían de importancia para los movimientos comunistas. La existencia de pequeños núcleos de anarquistas, principalmente artistas e intelectuales, no planteaba ningún problema político, como tampoco lo hacían la presencia de refugiados políticos anarquistas, las comunidades de inmigrantes en que el anarquismo podía influir y los demás fenómenos marginales para el movimiento obrero del propio país. Esto parece haber sido, por ejemplo, el caso de Gran Bretaña y Alemania, después de los años setenta y ochenta del siglo xix, época en que las tendencias anarquistas habían desempeñado algún papel, sobre todo destructivo, en las circunstancias especiales de unos movimientos socialistas muy pequeños o temporalmente reducidos a la semiclandestinidad, como en el caso de la ley antisocialista de Bismarck. Las luchas entre centralización y descentralización, tendencias burocráticas y antiburocráticas, movimientos “espontáneos” y “disciplinados” se libraban sin referencia especial a los anarquistas, salvo en el caso de algunos autores académicos o de unos pocos marxistas muy eruditos. Esto es lo que ocurría en Gran Bretaña en el período correspondiente al del sindicalismo revolucionario del continente. La medida en que los partidos comunistas se mostraban conscientes del problema que el anarquismo representaba en sus países respectivos está aún pendiente de estudio mediante un serio análisis sistemático de sus publicaciones polémicas (en cuanto que éstas no se limitaban a hacerse eco de las preocupaciones de la internacional), de sus traducciones y/o reediciones de escritos marxistas clásicos sobre el anarquismo, etc. Sin embargo, puede apuntarse con bastante certeza que consideraban el problema como insignificante comparado al del reformismo, a los cismas doctrinales en el seno del movimiento comunista o a ciertos tipos de tendencias ideológicas pequeño-burguesas como, en Gran Bretaña, el pacifismo. Era perfectamente posible estar profundamente comprometido en el movimiento comunista de la Alemania de principios de los treinta o de la Gran Bretaña de finales de la misma década, sin dedicar al anarquismo más que una atención sumaria y, en todo caso, académica, e incluso sin tener que discutir nunca la cuestión.

Las regiones del segundo tipo son, en algunos aspectos, las más interesantes desde el punto de vista del presente examen. Se trata en este caso de países o zonas donde el anarquismo constituyó una importante y, en algunos momentos y sectores, dominante influencia sobre los sindicatos o los movimientos políticos de extrema izquierda.

El hecho histórico básico, en tales casos, es la espectacular disminución de la influencia anarquista (o anarcosindicalista) en la década que siguió a 1914. En los países beligerantes europeos, éste fue un aspecto infravalorado del colapso general que sufrió la izquierda antes de la guerra. Este colapso suele caracterizarse primordialmente, y con razón, como una crisis de la socialdemocracia. Al mismo tiempo, sin embargo, fue también una doble crisis de los movimientos libertarios o antiburocráticos. En primer lugar, porque muchos de ellos (por ejemplo, los “sindicalistas revolucionarios”) se unieron por lo menos durante un tiempo a la masa de los socialdemócratas marxistas en su precipitado agolpamiento bajo las banderas patrióticas. En segundo lugar, porque los que no lo hicieron se mostraron, en conjunto, del todo ineficaces en su oposición a la guerra, e incluso todavía más en sus esfuerzos por ofrecer una alternativa revolucionaria libertaria a los bolcheviques. Citaré sólo un ejemplo decisivo. En Francia —como ha mostrado la profesora Kriegel—, el “Carnet B” establecido por el Ministerio del Interior para los “considérés comme dangereux pour l’ordre social”, esto es, “les révolutionnaires, les syndicalistes et les anarchistes”, abarcaba de hecho principalmente a los anarquistas, o más bien a “la faction des anarchistes qui milite dans le mouvement syndical”. El primero de agosto de 1914 el ministro del Interior, Malvy, decidió no tomar en consideración el Carnet B, es decir, dejar en libertad a los mismísimos que, en opinión del gobierno, habían establecido convincentemente la decidida intención de oponerse por todos los medios a la guerra y que se hubieran convertido presumiblemente en los cuadros de un movimiento antibelicista de la clase obrera. De hecho, pocos de ellos se habían especializado en la resistencia o el sabotaje y ninguno tenía ningún tipo de preparación que pudiera preocupar a las autoridades. En una palabra, Malvy decidió que la totalidad de los hombres considerados como los más peligrosos revolucionarios era insignificante. Desde luego, tenía toda la razón.

El fracaso de los revolucionarios sindicalistas y libertarios confirmado en 1918-1920, contrastaba notoriamente con el éxito de los bolcheviques rusos. De hecho, selló para los siguientes cincuenta años el destino del anarquismo como fuerza independiente e importante de la izquierda, salvo en el caso de unos pocos países excepcionales. Resultó difícil recordar que en 1905-1914 la izquierda marxista de la mayoría de los países se había mantenido al margen del movimiento revolucionario y que la masa principal de marxistas había sido identificada con una socialdemocracia no revolucionaria, mientras que el grueso de la izquierda revolucionaria era anarcosindicalista o, por lo menos, mucho más cercano a las ideas y al talante del anarcosindicalismo que a los del marxismo clásico. El marxismo se identificó a partir de entonces con movimientos activamente revolucionarios y con los partidos y grupos comunistas o con partidos socialdemócratas que, como el austríaco, se preciaban de ser marcadamente izquierdistas. El anarquismo y el anarcosindicalismo iniciaron un declive dramático e ininterrumpido. En Italia el triunfo del fascismo lo aceleró, pero, ¿dónde, en la Francia de 1924, por no hablar de la de 1929 o 1934, estaba el movimiento anarquista que había constituido la forma más característica de la izquierda revolucionaria de 1914?

La pregunta no es meramente retórica. La respuesta es y debe ser: en gran parte estaba en los nuevos movimientos comunistas o dirigidos por comunistas. A falta de investigaciones adecuadas, esto no puede documentarse suficientemente, pero las líneas generales parecen claras. Incluso algunas de las figuras más destacadas o activistas célebres de los partidos comunistas “bolchevizados” provenían bien de los antiguos movimientos libertarios, bien de los movimientos sindicalistas militantes de inspiración libertaria: en Francia, Monmousseau y probablemente Duclos. Es muy sorprendente, ya que era bastante improbable que miembros destacados de partidos marxistas fueran extraídos de anteriores núcleos anarcosindicalistas y, menos aún, que figuras destacadas del movimiento libertario optaran por el leninismo.[1] Es muy probable (como hace observar el dirigente del PC holandés, De Groot, quizás no sin algún parti pris) que los trabajadores que habían sido libertarios se adaptaran más fácilmente a la vida en el seno de los nuevos partidos comunistas que los intelectuales o pequeño-burgueses libertarios. Al fin y al cabo, y al nivel de los militantes obreros, las diferencias doctrinales o programáticas que separan tan ásperamente a los ideólogos de los dirigentes políticos son a menudo muy irreales y pueden carecer de importancia a menos que, a este nivel —esto es, en la localidad o en el sindicato específicos del trabajador— hubiesen existido organizaciones o líderes con pautas de rivalidad establecidas desde mucho tiempo atrás.

Por esto, lo más probable es que los trabajadores que anteriormente pertenecieron al sindicato más militante o revolucionario de su localidad o de su ramo pasasen sin demasiada dificultad, al desaparecer éste, al sindicato comunista que ahora encarnaba la actitud revolucionaria o el espíritu de militancia. Cuando desaparecen viejos movimientos son frecuentes tales transferencias. El viejo movimiento puede conservar su influencia sobre las masas de un lugar determinado y los dirigentes y militantes identificados con él pueden hacer lo posible por evitar que se derrumbe, aunque cada vez menos y siempre que no se retiren, de jure o de facto, a una inactividad a que no se resignen. Algunos de los militantes de base pueden también abandonar. Pero es de esperar que una parte importante adopte la alternativa más adecuada, suponiendo que exista. Tales transferencias no han sido objeto de investigaciones serias, de modo que, de lo ocurrido a los antiguos anarcosindicalistas (y a los que hubieran seguido sus orientaciones), no sabemos más que lo que se sabe de los antiguos miembros y simpatizantes del partido laborista independiente de la Gran Bretaña posterior a los años treinta o de los antiguos comunistas de la Alemania occidental de después de 1945.

Si parte de la tropa de los nuevos partidos comunistas y, más especialmente, de los nuevos sindicatos revolucionarios se componía de antiguos libertarios, sería natural esperar que esto hubiera tenido cierto efecto sobre aquéllos. En conjunto hay pocos indicios de que así fuera. Tomemos tan sólo un ejemplo representativo: las discusiones sobre la “bolchevización de la Internacional Comunista” en el pleno ampliado del Comité Ejecutivo de esta organización, en marzo-abril de 1925, que giraron concretamente en torno al problema de las influencias no comunistas en el movimiento comunista. En el informe de dicho pleno hay poco más de media docena de referencias a la influencia sindicalista y ni una sola a la influencia anarquista.[2] Todas ellas se limitan a los casos de Francia, Italia y los Estados Unidos. Por lo que atañe a Francia, se señala la pérdida “de la mayor parte de los antiguos funcionarios dirigentes [de origen socialdemócrata en Alemania], y de origen sindicalista pequeño-burgués en Francia” (p. 38). Treint informaba que “nuestro partido ha eliminado todos los errores del trotskismo: todos los errores individualistas cuasi-anarquistas y los errores de creer en la legitimidad de la coexistencia de las diversas fracciones del partido. También ha aprendido a conocer los errores luxemburguistas” (p. 99). La resolución del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista recomendaba, como uno de entre diez puntos referentes al partido francés, “el establecimiento de un partido comunista de masas bien organizado y a pesar de todas las tradiciones francesas anteriores” (p. 160). Por lo que respecta a Italia, se advierten “los numerosos y diferentes orígenes de las desviaciones que han surgido en Italia”, pero sin referencia a ninguna tendencia libertaria. Se hace mención de la semejanza de Bordiga con “el sindicalismo italiano”, pero no se pretende que “se identifique completamente” con este concepto y con otros análogos. La fracción marxista-sindicalista (grupo “Avanguardia”) se menciona como una de las reacciones frente al oportunismo de la Segunda Internacional; también se menciona de modo análogo su disolución “en un sindicalismo gremial” tras su abandono del partido (p. 192-193). Se hace mención al reclutamiento del PC de los Estados Unidos a partir de dos banderines de enganche —el partido socialista y las organizaciones sindicalistas—(p. 45). Si se comparan estas referencias esporádicas con la preocupación que la Internacional muestra en el mismo documento por la gran variedad de otras desviaciones ideológicas y por otros problemas, resulta evidente el impacto relativamente pequeño que las tradiciones libertarías-sindicalistas tuvieron en el seno del comunismo o, por lo menos, de sus principales partidos a mediados de los años veinte.

Esto puede parecer, hasta cierto punto, una ilusión, pues está claro que dichas tradiciones podían percibirse tras varias de las tendencias que preocupaban con mayor premura a la Internacional. La insistencia en los peligros del “luxemburguismo”, en detrimento de la espontaneidad, y su hostilidad hacia el nacionalismo y otras ideas semejantes, pueden perfectamente haber ido dirigidas contra las actitudes de los militantes formados en la escuela libertaría-sindicalista, como también pudo ser el caso de la hostilidad hacia el abstencionismo electoral que por aquel tiempo ya no era objeto de preocupaciones demasiado serias. Tras el “bordiguismo” se puede sin duda advertir cierta inquietud por estas tendencias. En varios partidos occidentales, el trotskismo y otras desviaciones marxistas atrajeron probablemente a comunistas de orígenes sindicalistas que podían sentirse incómodos en los partidos “bolchevizados”, como Rosmer y Monatte, por ejemplo. Sin embargo, es significativo que los Cahiers du Bolchevisme (28 de noviembre de 1924), al analizar las tendencias ideológicas dentro del PC francés, no hicieran ninguna alusión al sindicalismo. El periódico dividía el partido en “20 por ciento de jauresismo, 10 por ciento de marxismo, 20 por ciento de leninismo, 20 por ciento de trotskismo y 30 por ciento de confusionismo”. Cualquiera que fuera la fuerza efectiva de las ideas y actitudes derivadas de la vieja tradición sindicalista, ésta había dejado de ser significativa, salvo como componente de diversas versiones izquierdistas, sectarias o cismáticas del marxismo.

No obstante, por razones fáciles de suponer, los problemas anarquistas preocupaban más al movimiento comunista en aquellas partes del mundo donde, antes de la Revolución de Octubre, la inspiración política del movimiento obrero fue casi enteramente anarquista y los movimientos socialdemócratas insignificantes, o donde los anarcosindicalistas mantuvieron su fuerza e influencia durante los años veinte, como en amplias zonas de Latinoamérica. No es de extrañar que la Internacional Sindical Roja en los años veinte estuviera sumamente preocupada por esos problemas en Latinoamérica, o que, en fecha tan tardía como 1935, la Internacional Comunista observara que “los residuos de anarcosindicalismo no han sido aún del todo superados” en el PC del Brasil (cuyos primeros miembros eran en su inmensa mayoría antiguos anarquistas). Sin embargo, cuando examinamos la significación del anarcosindicalismo en este continente, los problemas derivados de esta corriente parecen haber causado pocas preocupaciones reales tras la gran depresión de 1929-1930. Su principal crítica a los partidos comunistas de la zona alude a la incapacidad de dichos partidos de sacar provecho suficiente del rápido declive de las organizaciones anarquistas y anarcosindicalistas y de la creciente simpatía de los miembros de éstas hacia e! comunismo.[3]

En pocas palabras, los movimientos libertarios se consideraban entonces fuerzas en rápido declive que ya no planteaban problemas políticos de envergadura.

¿Estaba justificada del todo esa complacencia? Cabe suponer que las viejas tradiciones fueran más fuertes que lo que sugiere la literatura comunista oficial, por lo menos dentro de los movimientos sindicales. Así se comprende que el paso del sindicato de trabajadores del tabaco de Cuba de una dirección anarcosindicalista a otra comunista no introdujese ninguna diferencia substancial ni en sus actividades sindicales ni en la actitud de sus miembros y militantes.[4] Se necesitaría una profunda investigación para descubrir en qué medida el movimiento sindical comunista mostraba signos de la supervivencia de los viejos hábitos y prácticas de su precedente anarcosindicalista.

España fue prácticamente el único país en que el anarquismo siguió siendo una fuerza primordial en el movimiento obrero posterior a la gran depresión, mientras que el comunismo era—hasta la guerra civil—, en comparación, insignificante. El problema de la actitud de los comunistas hacia el anarquismo español no tuvo relevancia internacional antes de la Segunda República, y en el período del Frente Popular y de la guerra civil llegó a ser demasiado vasto y complejo para un tratamiento somero. Por esto omitiré aquí el examen de esta cuestión.

La actitud fundamental de los bolcheviques hacia los anarquistas fue, pues, la de tratarlos de revolucionarios equivocados, a diferencia de los socialdemócratas, que eran puntales de la burguesía. Zinoviev lo expresó en 1920 con las siguientes palabras, discutiendo con los italianos, que estaban mucho menos bien dispuestos hacia sus propios anarquistas: “En épocas revolucionarias Malatesta es mejor que d’Aragona. Hacen cosas estúpidas, pero son revolucionarios. Nosotros luchamos hombro con hombro con los sindicalistas y anarquistas contra Kerenski y los mencheviques. Movilizamos a miles de obreros para este combate. En épocas revolucionarias se necesitan revolucionarios. Tenemos que acercarnos a ellos para formar un bloque en tiempos de revolución”.[5] Esta actitud comparativamente indulgente de los bolcheviques venía determinada probablemente por dos factores: la relativa insignificancia de los anarquistas en Rusia y la visible disposición de los anarquistas y sindicalistas posteriores a la Revolución de Octubre a unirse a Moscú, por lo menos hasta que resultó claro que las condiciones de la unión eran inaceptables. Sin duda, se consolidó más tarde debido a la rápida decadencia del anarquismo y el sindicalismo, que la hacía aparecer —salvo en un número reducido y decreciente de países— como una tendencia cada vez más insignificante en el movimiento obrero. “He visto y he hablado con pocos anarquistas en mi vida”, dijo Lenin en el Tercer Congreso de la IC (Protokoll, Hamburg, 1921, p. 510). El anarquismo, paral bolcheviques, nunca había sido más que un problema de poca monta o de carácter local. Un informe anual oficial de la IC para 1922-1923 ilustra esta actitud. Se menciona la aparición de grupos anarquistas en 1905, así corno también el que carecieran de todo contacto con el movimiento de masas y que ‘‘pudieran darse por aniquilados” por la victoria de la reacción. En 1917 aparecieron grupos anarquistas en todos los centros importantes del país, pero, pese a varias acciones directas, carecían de contacto con las masas en la mayoría de lugares y no lograron asumir la dirección casi en ninguno de ellos. "Contra el gobierno burgués actuaron en la práctica como el ala ‘izquierda’, e incidentalmente desorganizada, de los bolcheviques”. Su lucha careció de significado independiente. “Individuos que procedían de las filas anarquistas prestaron importantes servicios a la revolución y muchos anarquistas se unieron al PC ruso”. La Revolución de Octubre los dividió en “sovietistas”, algunos de los cuales se unieron a los bolcheviques mientras otros permanecían tranquilamente neutrales, y anarquistas “consecuentes”, divididos en fracciones diversas y a veces excéntricas, que rechazaban el poder soviético y eran insignificantes. Los diversos grupos anarquistas ilegales y activos durante el alzamiento de Kronstadt han desaparecido casi totalmente.[6] Éste es el trasfondo en el cual el partido guía de la Komintern se formó un juicio sobre la naturaleza del problema anarquista y sindicalista.

No hace falta decir que ni los bolcheviques ni los partidos comunistas de fuera de Rusia se sentían inclinados a comprometer sus opiniones a fin de atraerse a los libertarios. Ángel Pestaña, que representaba a la CNT española en el Segundo Congreso de la IC, se encontró aislado y sus puntos de vista rechazados. El Tercer Congreso, que examinó con mayor detenimiento las relaciones con sindicalistas y anarquistas, estableció con mayor claridad la distancia entre éstos y los comunistas bajo el impacto de algunas corrientes internas de los partidos comunistas y de lo que se consideraba como un aumento de la influencia anarquista y sindicalista en Italia tras las ocupaciones de fábricas.[7] Lenin intervino en este punto, observando que podía ser viable un acuerdo con los anarquistas en torno a ciertos objetivos —como, por ejemplo, la abolición de la explotación y de las clases— pero no en torno a principios, como, por ejemplo, “la dictadura del proletariado y el uso del poder estatal durante el período de transición”.[8] No obstante, las críticas cada vez más intensas de las ideas anarcosindicalistas se combinaban con una actitud positiva hacia el movimiento, especialmente en Francia. Incluso en el Cuarto Congreso los sindicalistas franceses se oponían ventajosamente no sólo a los socialdemócratas, sino también a los comunistas procedentes de la socialdemocracia. “Tenemos que buscar muchos elementos para un partido comunista de entre las filas sindicalistas, entre las filas de lo mejor de los sindicalistas. Esto es extraño, pero cierto” (Zinoviev),[9] Hasta después del Quinto Congreso —es decir, durante el periodo de “bolchevización”— no empezó a prevalecer claramente la crítica negativa del anarcosindicalismo sobre la apreciación positiva del movimiento; pero en aquellos momentos se había fundido con la crítica del trotskismo, del luxemburguismo y de otras desviaciones internas comunistas hasta el punto de perder su médula política específica.[10] En aquellos momentos, por supuesto, el anarquismo y el sindicalismo estaban en rápida decadencia, salvo en unas escasas zonas especiales.

Por esto resulta a primera vista sorprendente que la propaganda anti anarquista se haya desarrollado de una manera más sistemática en el seno del movimiento comunista internacional a mediados de la década de los treinta. Este período vio la publicación en Francia (1935) del panfleto Marx ét EngeIs contre l’anarchisme, en la serie “Éléments du Communisme”, y de la obra obviamente polémica de E. Yaroslavsky, Historia del anarquismo en Rusia (ed. inglesa, 1937). Puede que merezca también la pena advertir el tono claramente más negativo de las referencias al anarquismo en la Breve historia del PC (b) de la Unión Soviética, de Stalin (1938),í: en comparación con las actitudes de comienzos de la década de 1920 citadas anteriormente.

El motivo más evidente para la resurrección del sentimiento antianarquista era la situación en España, país que fue adquiriendo cada vez mayor importancia en la estrategia comunista internacional a partir de 1931, y sin duda después de 1934. Se ve claramente en las prolongadas diatribas de Lozovski, dirigidas concretamente contra la CNT española.[11] Sin embargo, hasta la guerra civil, el problema anarquista en España era considerado mucho menos urgente que el socialdemócrata, especialmente entre 1928 y el viraje de la política de la Komintern posterior a junio-julio de 1934. La mayor parte de las referencias en los documentos oficiales de la IC en este periodo se centran, como era de esperar, en los errores de los socialistas españoles. Durante la guerra civil la situación cambió y resulta evidente que, por ejemplo, el libro de Yaroslavski apunta primordialmente a España: “Los trabajadores de los países donde ahora deben elegir entre la doctrina de los anarquistas y la de los comunistas deberían saber cuál de las dos vías de la revolución escoger”.[12]

Sin embargo, tal vez conviniera señalar otro elemento —aunque quizás relativamente menos importante— en la renovada polémica antianarquista. Es evidente, tanto en el texto básico que es constantemente citado y reeditado —la crítica de Stalin al supuesto semianarquismo de Bujarin, escrita en 1929— como en otros textos, que las tendencias anarquizantes son condenadas principalmente porque “repudian el estado en el período de transición del capitalismo al socialismo” (Stalin). La crítica clásica de Marx, Engels y Lenin tiende a identificarse con la defensa de las tendencias del desarrollo estatal en el período stalinista.

Resumiendo:

La hostilidad bolchevique al anarquismo y anarcosindicalismo como teoría, estrategia o forma de movimiento organizado era clara y firme, y todas las “desviaciones” en esta dirección dentro del movimiento comunista eran rechazadas enérgicamente. Para fines prácticos, tales “desviaciones”, o lo que pudiera tenerse por tales, dejaron de tener significación dentro y fuera de Rusia desde comienzos de la década de los veinte.

La actitud bolchevique hacia los movimientos anarquistas y anarcosindicalistas existentes era sorprendentemente benévola. Venía determinada por tres factores principales:

a) la convicción de que la mayoría de los trabajadores anarcosindicalistas eran revolucionarios, objetiva y subjetivamente —según las circunstancias— aliados del comunismo contra la socialdemocracia, y comunistas en potencia;

b) la indudable atracción que la Revolución de Octubre ejerció sobre muchos sindicalistas e incluso anarquistas en los años inmediatamente posteriores a 1917;

c) el declive, igualmente indiscutible y cada vez más rápido, del anarquismo y anarcosindicalismo como movimientos de masas en todos sus antiguos centros a excepción de unos pocos.

Por la razones arriba mencionadas, los bolcheviques dedicaron, tras los primeros años de la década de 1920, escasa atención al problema del anarquismo fuera de las escasas zonas donde éste conservó su fuerza y en que los partidos comunistas nacionales eran débiles. Sin embargo, el acceso de España a un primer plano internacional, y tal vez el intento de dar una legitimación teórica al desarrollo stalinista de un estado dictatorial y terrorista, llevó a una resurrección de la polémica antianarquista en el período comprendido entre la crisis de 1929 y el final de la guerra civil española.

(1969)

Eric Hobsbawm: El bolchevismo y los anarquistas. En Revolucionarios: Ensayos contemporáneos. Traducción de Joaquim Sampere. Crítica, 2010.


[1] El Dictionnaíre des Parlamentaires Francais, 1889-1940 da las siguientes indicaciones sobre la militancia anterior de los parlamentarios comunistas franceses de entreguerras. Tomamos una pequeña muestra al azar: socialistas, 5; “Sillón”, que entonces era socialista, 1; actividad sindical (sin tendencia conocida), 3; libertarios, 1; sin militancia anterior, 1.

[2] Bolshevising the Communist International, Londres, 1925.

[3] “El crecimiento del malestar entre las masas y de su resistencia a los ataques de las clases dominantes y del imperialismo ha agudizado el proceso de desintegración entre las organizaciones socialistas, anarquistas y anarcosindicalistas. En la etapa más reciente, el reconocimiento de la necesidad de un frente unido con los comunistas ha echado hondas raíces entre sectores bastante amplios de su base. Al mismo tiempo se ha reforzado la tendencia al ingreso directo en las filas de los sindicatos revolucionarios y de los partidos comunistas (especialmente en Cuba, Brasil, Paraguay). Después del sexto Congreso Mundial, se ha producido una acentuada caída del peso específico del anarcosindicalismo dentro de los movimientos obreros de América del Sur y del Caribe. En algunos países, los mejores elementos del movimiento anarcosindicalista han ingresado en el partido comunista, como, por ejemplo, en Argentina, Brasil. Paraguay y Cuba […]. En otros países, la debilitación de la influencia anarcosindicalista vino acompañada de un reforzamiento de las organizaciones socialistas y reformistas (Argentina), los ‘partidos nacional-reformistas’ (México, Cuba)” (Die Kommunistische Internationale vor dem 7. Weltkongress, p. 472).

[4] Debo esta indicación a la señorita Jean Stubbs, que está preparando una tesis doctoral sobre los trabajadores cubanos del tabaco.

[5] P. Spriano, Storia del Partito Comunista Italiano, vol. I, p. 77.

[6] “Jahrbuch für Wirtschaft, Politik und Arbeiterbewegung” (Hamburgo), 1922-1923, pp. 247, 250, 481-482.

[7] Decisions of the Third Congress of the Communist International, Londres, 1921, p. 10.

[8] Protokoll, p. 510.

[9] Fourth Congress of the Communist International. Abridged Report, Londres, 1923, p. 18.

[10] Cf. Manuilsky: “Creemos, por ejemplo, que el llamado trotskismo tiene mucho en común con el proudhonismo individualista […]. No es casual que Rosmer y Monatte, en su nuevo órgano dirigido contra el partido comunista, resuciten teoréticamente las ideas del viejo sindicalismo revolucionario, mezcladas con una defensa del trotskismo ruso” (The Communist International, adición inglesa. n.° 10, nueva serie, p. 58).

[11] A. Lozovsky, Marx and the Trade Unions, Londres, 1935 (1.a edición, 1933), pp. 35-36 y especialmente pp. 146-154.

[12] Op. cit., p. 10.

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