Lázaro llegaba primero que todos los artistas a nuestra Peña Javiera de calle San Diego en 1976, enfundado en un sobretodo gris, sonriendo del brazo de su mujer Emita Bello y su infaltable acordeón de botones .Mientras bebía una copita del mejor vino tinto, nos relataba historias y payaba; cercano a los ochenta años desplegaba una sabiduría e ingenio dignos de quién fuera y es considerado, uno de los grandes payadores chilenos.

Lázaro Salgado fue miembro de la directiva que se dieron los poetas populares en el Congreso de 1954, donde fue elegida presidenta la decimista y poeta popular Águeda Zamorano Castañeda, obrera y dirigente de la Federación Obrera Nacional del Cuero y del Calzado. Lázaro, guitarronero, poeta popular y payador como su padre, don Liborio Salgado Reyes, de su madre guitarronera, doña Magdalena Aguirre, traía a flor de piel los fuegos de la versaina de sus abuelos y bisabuelos, también poetas populares. Brillaba en los encuentros por su rapidez e ingenio, por su toquido magistral y su impecable métrica y estilo. Nacido en San Vicente de Tagua Tagua el 30 de junio de 1902, su padre instaló una fonda en Puente Alto y el niño Lázaro se maravilló con las décimas a lo humano y lo divino de payadores famosos como Aniceto Pozo, Pablo Montecinos, Feliciano Castro, Nicanor Lobos, Benito Pozo y Juan Bautista Peralta, estos dos últimos no videntes. En los años difíciles cantó en La Vega y en el paseo Ahumada.

Vivía en forma modesta junto a la mujer que lo acompañó por más de medio siglo, Doña Ema Bello, a quién tuvimos la fortuna de asistir en su lecho de enferma en sus últimos días de vida, como directivos de la SCD.

Gracias a un “alerta” del decimista peruano César Huapaya, trasladamos al insigne payador desde su sepulcro en tierra, donde fue enterrado en 1987 hasta su nicho perpetuo, gracias a la erogación voluntaria de artistas y público de Chile Ríe y Canta de René Largo Farias, quien nos convocó una mañana de invierno, junto a Hugo Lagos y a Hernán Olivero al Cementerio General.

René y Hugo, fallecerían al poco tiempo; el caballeroso arpista un 18 de septiembre de 1992 luego de bailar dos pies de cueca y caer fulminado en noche de Peña y el gran comunicador e impulsor del folklore a mediados de octubre del mismo año en un alevoso crimen aún sin dilucidar.

“El que se muere o se va
que se acuerden de él, no espere
olvidan al que se va
y entierran al que se muere”.

Nano Acevedo

Lázaro Salgado:

 

 

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