Presentación en vivo de Gastón Guzmán, Quelentaro, en Rincón Alto. Interpreta una de las mejores composiciones del dúo: “Cesante”.

Gentileza de: Trova en Chile.

Cesante

(Letra y música: Eduardo y Gastón Guzmán)

No te asomes mi niño me mintieron,
los que pasan marchando
enlazados de hambre son cesantes
y se comen los niños,
y la palabra se quedó en mi oído
tirante como un relincho.

En su vicioso andar, mi trabajada vida,
mi privó del destino
y quedé yo marchando.
y tal vez alguien
cuando apunte la noche
le dirá a su chiquillo,
si no te duermes pronto
voy llamar al cesante
y el cesante soy yo
que se come los niños.

El bautismo maldito
se me adentró en el cuerpo
como hierro sin punta,
fuerte, doloroso, lento
y se me subió al alma
y me dejó un costurón oscuro,
donde tuve la frente,
lo sentí maldiciente.
¡Cesante!
primo hermano carnal del hambre
y pariente lejano de la muerte.

En cualquier tiempo
reventó violento
el sonido que acompaña
mis madrugadas andadas,
duro nombre que se da
al hombre que no trabaja
porque no encuentra ocuparse.
¡Cesante!
¡linda palabra!
tiene un gusto a humillación
huele a pasto resollado
y pesa como una carga.

Yo estoy consciente que el hombre
es animal de costumbre,
fruta que a golpes madura,
pero el golpe del cesante
más que hacerlo madurar
como que tira a pasmarlo.

Si se empieza a comprender
la importancia que merece
un quintal de harina en rama,
el apetito se esconde
para que alcancen los hijos
y caminando en la calle
sin tener el norte fijo,
se empieza a apretar el tranco
porque cree que lo miran,
y se llena de cansancio
por cada puerta que niegan
y uno se mira las manos
y dan ganas de ahorcar,
de matarse y de matar.

Nosotros los sin trabajo
sabemos reconocernos,
nos ponemos más atentos,
y miramos con espera,
que la mirada se alarga
y hasta sonreímos menos,
que el contento que llevamos
entre los pliegues del alma
se va apagando… apagando.

Cuánta vida hace que salgo
cesante mañanero,
retinto de madrugadas,
con la garganta mucre,
en busca de una calle
enemiga de larga,
esperando horas estiradas de noche,
para volver de nuevo
al origen desnudo de la desesperanza.
Buscar el abrigo sombrío del vino
que enrarece el alma,
darle el grito a los hijos
y salir a la calle
al cantar de los gallos
en busca de un aviso;
recibir negativas mezquinas
y no ser recibido,

y yo que voy tranquilo
me tiño de impotencia
y me pongo agresivo,
y me devuelvo,
palpitando el estómago
de coraje y de miedo,
por la calle, enemiga de larga,
sin trabajo, cesante,
los zapatos calientes,
con las manos vacías,
el mantel sin cariño,
la frente con su marca,
darle el grito a los hijos
y dormirse despierto
palpitante el estómago
y aturdirse en la carne,
que generosa, ausente,
nos entrega la hembra
mujer sobresaltada
patrona de la casa
y cambiamos el pan
por dos cuerpos jadeantes
que se matan amando,
hay que amarse con odio
que el hambre está presente,
más que un beso un mordisco.
Ya cantaron los gallos,
a la calle de nuevo
en busca de otro aviso.

Lo que pareciera fácil
se lo fue comiendo el tiempo,
un día con otro día
fueron dejándome triste
y me colmaron de ausencias.

Marchito de los bolsillos
se pone rebelde el hombre,
se preña de sinsabores.
Se va distinta la tarde,
si se mira descansando
después de haber laborado,
que se entre el sol sin trabajo,
brazos largos, pies hinchados
y una brasa en las entrañas,
para matar esa brasa
he tomado de algún modo
rastro de alimento ajeno
y según yo considero,
traigo linda mi conciencia, que el pan,
no mancha las manos.

Mi caso no es por amaño
que ande de desocupado,
soy de profesión variada
y no me escondo de una pala
y sé de la humillación de andar
eslabón de fila
en busca de ocupación,
pero trabajo de apuro
con apuro se terminanj
y la yegua que yo monte
trae en el anca un cesante,
en vano afirmo la rienda
pa’l lado que la ladee
el cesante viene ancado.
Y tiene que llegar el día
que me dejan sin salario
y yo que no sé llorar,
el corazón se me aflige,
y agarra un galope corto
como que quiere sangrar
y tengo que apartar la vista
de los negros de mi vieja,
ella se muerde los labios
y yo me largo a silbar,
mi silbido mata el hambre,
mata la envidia y la rabia
y así me voy deshojando,
consuelo el alma silbando.

La sangre del cesante
parece más espesa,
más espesa y más negra
y la mirada arisca
comienza a suavizarse
y amansada la mirada
se empieza a escapar la vida.

Y eso que vivir es simple
porque hasta vive un gusano,
vive el Padre, vive el Hijo,
vive el Espíritu Santo,
lo espinoso según creo,
es vivir con cierta anchura
y un resto de dignidad.

¡Por la grandísima…. Virgen!
Yo sé que quiero a mi suelo,
el querer a mi terruño
lo traigo desde nación
y no sabría explicarlo,
pero cuando lo enumero
solito se me hincha el pecho
y se me encima el estrellero.
Mi tierra no tiene culpa
de esta herencia centenaria
y así cesante la quiero,
sentirla como la siento
no es cosa de dar razón.

En vano voy madrugando,
desde el tiempo de mi padre,
en busca de otros patrones.
¿Desde el padre de mi padre
que anda sangre madrugando
y hay un cesante en el alba,
ya me voy acobardando,
un cesante… madrugando.

Quiero sentir otra vez
que mi negra compañera
lave la ropa cantando
y que parta un amasado
sin regatear con mis cabros.

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