Luis Cornejo GamboaTIERRA de liberación fue el barrio El Salto de Santiago en sus principios. Hasta él llegaban las familias que huían del conventillo sin horizontes. Llegaban cual legendarios colonos con sus carretas y formaban sus hogares. Yo viví sólo tres meses en El Salto, pero cuánto aprendí del valor humano de un puñado de hombres y mujeres valerosas.

Por entonces la pavimentación llegaba, hasta donde está la quinta de recreo llamada “Vista Hermosa”. Y hasta ahí también lo que se podía llamar habitado, para abajo todo era potrero y más potreros. Sí. ¡Tal cual! Inmensos potreros cubiertos de malezas y pencas. La pobre y huasa penca era dueña de esos campos, que en tan poco tiempo se transformaron en un barrio bullicioso y tan popular. Y de eso no hace mucho. Corría el año cuarenta por el otoño. Una casita, pero muy distante de otra, daba la pauta de esos días. Entonces le pedían a Ud. por favor que se comprara un sitio en El Salto. Ud. daba una ínfima cantidad de dinero por la primera cuota y al otro día podía levantar su casa.

Y eran pocos los valientes, debido a la escasez de toda clase de adelantos, un pilón de agua en cada esquina y a Dios gracias.

Mi corta residencia en dicho barrio incipiente quedó por siempre grabada en mi recuerdo. Esos cerros ¡Una delicia para jugar y correr! Mil escondites donde jugar a los bandidos. Los pocos niños que pertenecíamos al lugar, estábamos tardes enteras encumbrando los poéticos volantines de todas formas, de los tipos más caprichosos que nos dictaba nuestra fantasía. Miles de atractivos tenían para nosotros esos cerros: arañas grandes e inofensivas. Iguanas de todos los colores y tamaños y mil bichos más. Espinos olorosos con sus flores amarillentas de corta vida, dedalitos de oro, colas de zorro, cactus en flor y montones de otros arbustos silvestres. En las faldas de los cerros las pencas eran de gran tamaño, casi de la altura de los espinos. Qué sabrosas y jugosas, las encontrábamos después de correr como cabros salvajes. Pero mucho más jugosos y apetitosos eran los tallos de la misma planta.

Ya he dicho que la población no contaba con ninguna clase de comodidades higiénicas. Un hoyo en el fondo del sitio servía de excusado. Otros se construían sobre las acequias en cuyas aguas navegaban las excrementos. En la esquina de cada uno de esos tremendos potreros una llave de dos pulgadas de ancho, veía desfilar a hombres, mujeres y niños en demanda del preciado líquido que brotaba pujante de sus entrañas. Por las tardes al caer el sol los hombres llegaban a él después de sus trabajos para llevar a sus hogares el agua que faltase. Era tal el peladero de esos contornos, que nadie se atrevía a salir después de las nueve de la noche. Los evangélicos debían hacer grandes esfuerzos guturales para hacerse escuchar, en esos andurriales. Pero la fiebre de pobladores tomó caracteres de epidemia de la noche a la mañana. Nada detenía a esas gentes que escapaban de los conventillos asfixiantes en busca de sol y aire puro para sus hijos.

Las casas brotaban como callampas después de un día de lluvia. Las cosas se estilaban así. Uno salía de su casa por la mañana sin volver hasta que el sol estaba por perderse y encontraba junto a su sitio, un nuevo vecino, con casa, perros y gatos ya acostumbrados al lugar, como la cosa más natural del mundo.

Uno de los casos más sorprendentes fue el que se registró a los pies de donde vivíamos nosotros; ese día ocurrieron dos acontecimientos dignos de recordar. Yo debía salir temprano de El Salto para ir a la escuela en que estudiaba, en mi antiguo barrio, Vivaceta, donde nunca más he vuelto a vivir, y no regresaba sino en la tarde. Recuerdo que por entonces recién estaban dando almuerzo en las escuelas primarias a los que lo necesitaban.

Ahora bien, mientras yo estudiaba, en esos potreros se realizaba otro acto de heroísmo, de este, nuestro pueblo sufrido, del cual se acuerdan los políticos sólo para pedirle el sufragio. Al sitio doscientos cuarenta, llegaron dos carretas cargadas hasta los topes. En una venían los materiales para levantar el rancho de madera y en el otro los muebles y más arriba los que la habitarían. Tres hombres y dos mujeres; cuatro gallinas, un gato angora y un quiltro famélico. Las mujeres eran dos hermanas con sus respectivos esposos y el tercer hombre era hermano menor de ellas. Una de las hermanas venía enferma de cuidado. Era la señora Matilde que vivía en un conventillo del barrio Vivaceta y que varias veces yo vi por esas calles de mis travesuras de infante. Ella estaba a punto de dar a luz. Su marido la había llevado a la maternidad, pero los doctores le dijeron que se la llevase a su casa, porque le faltaba una semana por lo menos. El insistió, mas la maternidad no disponía de cama donde alojarla por tanto tiempo. Retornó con ella al conventillo. Allá también las cosas andaban mal, por orden de la Sanidad debía desalojar la pieza al otro día, sin apelación. Entonces se propuso comprar un sitio en El Salto, ipso facto, y construir una casa lejos de esa covacha. Para ello contaba con el apoyo de sus cuñados que ya estaban de acuerdo. Esa misma tarde se hicieron propietarios. La señora Matilde no quiso por nada del mundo quedarse donde una amiga mientras se mejoraba. Quería estar presente, mientras su marido construía su nuevo hogar. En vano fueron los ruegos y súplicas. No hubo más remedio que subirla arriba del carretón con los muebles y partir a lo que Dios es grande.

Llegaron las carretas crujiendo a su destino y los caballos soplaron fuertemente por sus anchas narices, como suspirando de alivio después de una larga y fatigosa jornada. El catre y la cama de doña Matilde aterrizaron antes que todo y luego de prepararla fué acostada su dueña. El marido no se conformó con esto solamente y de unos palos y una frazada hizo una sombrilla para su mujer. La hermana bajó los utensilios de cocina y empezó sus labores de dueña de casa, mientras los hombres descargaron por completo las carretas. Al partir éstas, los hombres se entregaron a la tarea da trazar la casa: dos piezas de tres por cuatro metros, verdaderos galpones en comparación con la que antes habitaban.

Cuando las cenizas demarcaban en la tierra las futuras viviendas, vino la gran tarea. Cantaron los chuzos y palas, martillos y serruchos el canto de los hombres esforzados. Los niños que no habían ido a la escuela se agrupaban a los nuevos vecinos y más molestaban que ayudaban. Los hombres clavaban afanosamente los relucientes clavos de la esperanza. Los vecinos que solian pasar, se presentaban y ofrecían ayuda. Parecía que todo el barrio estaba feliz con los recién llegados. Ellos por su parte no lo estaban menos y ofrecían un vino cordial al que así se acercaba. A las doce del día ya estaban parados los palos de la obra gruesa y hasta los tijerales. La mujer que hacía de dueña de casa ya tenía preparado el almuerzo y los llamó a comer. El esposo de doña Matilde, antes de sentarse a la mesa campestre, colocó en lo más alto del tijeral una bandera chilena diminuta. Todos miraban con orgullo flamear al viento el tricolor. ¡Ya había una casa más para estas tierras! Es indudable que el tijeral es algo emocionante en cualquier parte. ¡Lo más hermoso del mundo, es construir una casa! El hombre estaba feliz, tenía ganas de cantar la canción nacional, no lo hizo por temor al ridículo; para él, ese era un gran momento. ¡El momento de su liberación! La liberación del conventillo pestilente, que no conocería su hijo que estaba por nacer.

Todos almorzaron con apetito de regimiento en campaña. Seguían las felicitaciones de los que pasaban. Un breve descanso haciendo planes para el futuro y otra vez le metieron hombro a la tarea. Ahora faltaba colocar las puertas y ventanas. Ventanas grandes por donde entrara el sol y el viento. Luego se colocarían las tablas provisorias que servirían de paredes mientras el bolsillo permitiera hacerlas más sólidas. La señora Matilde empezó a sentirse mal. El tortuoso viaje en carreta daba sus frutos dolorosos. Pero se lo hacía saber a su hermana en secreto. No quería que su esposo se enterase. Levantar la casa era más urgente que preocuparse de ella. Sin embargo, él se daba cuenta y de vez en cuando la iba a ver. Mas ella le consolaba con una sonrisa de ojos embellecidos por el embarazo y le decía:

—No se preocupe, m’ijito. ¿No oyó lo que dijeron los doctores del hospital? Es para unos días más siga trabajando no más… ¡No se preocupe por mí, que mi hermana me cuidará!

El hombre presentía que no era así. Le sonreía despreocupado, pero la procesión iba por dentro. Le besó la frente helada. ¡Transpiración helada! ¡Pero qué hacer! Volvía a su trabajo. Los clavos daban cuenta de su rabia; los golpeaba furiosamente. Uno de sus cuñados le preguntó:

—¿Qué le pasa?

—La Matilde! ¡Estoy seguro que los doctores se equivocaron! —respondió, y agregó mil garabatos. Seguía clavando con más furia, sentado en el tijeral, unas tablas. Cada golpe que daba retumbaba en todos los ámbitos como cañonazos, hasta llegar a los cerros y de allí el eco los volvía contra el hombre. El eco parecía decir sarcásticamente:

—¡Se equivocaron! ¡Se equivocaron! ¡Se equivocaron!

El hombre seguía trabajando con más furia y el eco parecía salir de su cerebro congestionado. ¡Aquí no hay matronas! ¡Se equivocaron! ¡Aquí están en un destierro! ¡Se equivocaron!

—¡Tu mujer se puede morir, es la primera vez que va a tener un hijo! ¡Se equivocaron!

—¡SE EQUIVOCARON!

Seguía el concierto de golpes y respuestas de ecos:

—¡AQUI NO HAY MATRONAS! ¡SE EQUIVOCARON! ¡ES LA PRIMERA VEZ! ¡SE EQUIVOCARON! ¡SE EQUIVOCARON!

El eco subía hasta enloquecer al hombre. Este se tapó los oídos desesperadamente. Sufrió un desmayo. No se cayó del tijeral debido a la oportuna intervención de su cuñado. Bajó y se sostuvo en los palos de una puerta.

—¿Qué le pasó, cuñao? —preguntó el hombre que le pasaba un jarro de agua.

—¡Ná! Ya pasó… no se preocupe de mí, cuñao— Después de beber ya se sintió mejor. Miró a su mujer y ésta, ajena a sus desvelos, le sonrió una vez más. Esto lo confortó un poco. Miró a su alrededor. El sol encabritaba los cerros a lo lejos. Parecía que éstos daban pequeños saltitos dando la sensación de estar expuestos a una corriente alterna. Las nubes pasaban plácidas, como velos de danzarinas fantásticas, o como algodones de azúcar de un vendedor cuya clientela celestial no so apuraba en consumirlos.

Ahora ya no le molestaba el eco, más bien se había transformado en una alegre sinfonía de martillos al viento y serruchos hambrientos de madera. Miró la banderita que trataba desesperadamente de evitar que el viento quebrara su frágil mástil y pensó:

—Si ese palito se defiende del viento y gana la batalla, ella puede hacer mucho más! ¡Claro que ella es fuerte, mucho más fuerte que esa varilla!

Siguió trabajando. Ya nada le perturbaba. Cuando yo llegué como a las cinco de la tarde, sólo faltaba colocar las fonolitas en el techo. Dos horas más tarde ya la casa estaba terminada. Dos habitaciones y una cocina a medio terminar. Sólo faltaba amueblarla, lo cual fué hecho sobre la marcha sin pensar en descansar un segundo.

La luna entre nubarrones contempló ese hogar amueblado y a hombres y mujeres tendidos en sus camas, sin ánimos de moverse, los cuerpos duros, inflexibles debido al esfuerzo; también vió llegar a una comitiva de la Junta de Vecinos de El Salto, encabezada nada menos que por el propio presidente y plana mayor de la misma. Venían a darles, oficialmente, la bienvenida a los nuevos colonos. A ofrecerse para lo que ellos quisieran y al mismo tiempo para felicitarlos por el tiempo record empleado en levantar ese nuevo hogar. Grandes aplausos coronaron el pequeño discurso del presidente y luego de unos tragos se fueron. Pero la cosa no paró allí. ¡Como a las once de la noche ya teníamos otro vecino! La señora Matilde, no les hizo caso a los doctores de la maternidad y sin más líos tuvo un robusto niño de cinco kilos y un cuarto, que pateaba y lloraba como un condenado. Varias vecinas ayudaron a entrar a este mundo al enviado de la vida. El padre lo tomó en sus brazos y le decía:

—¡Llora, hijo, llora!…. ¡Llora, que tus pulmones se llenen de este aire puro! ¡Aire fragante de flores de espino y cien yerbas olorosas, entrad en los pulmones de mi hijo!

El hombre en ese instante era el mortal más feliz que pisaba aquellos potreros.

—¡Llora, hijo, llora! ¡Aquí podrás gritar cuanto quieras, que no tenemos vecinos gruñones a dos metros de distancia a quienes molestar! ¡Estamos lejos del conventillo hediondo! ¡Mira hacia afuera, esos cerros son tuyos! ¡Cerros donde tú podrás correr sin que un tranvía corte tus alas!

Sí, él tenía razón. El y todos los suyos habían escapado de lo que tanto odiaban. ¡Del conventillo! Ese cuerpo recién nacido se agitaba en contacto con esa atmósfera limpia. Las manos del padre estaban adoloridas, pero ellas sostenían al recién nacido. Manos llenas de ampollas, machucadas hasta enrojecer de tanto trabajar ese día. ¡Pero qué importaba que ni siquiera pudiese empuñarlas de dolor, si con ello LIBERABA A SU HIJO!

* * *

Así eran esos tiempos gloriosos en El Salto.

Allí palpitaba el corazón de hombres y mujeres esforzados. Como la zarza del desierto, pequeñita y solitaria ante el furor de los elementos, pero que gana la última batalla.

¿No tenían ayuda del gobierno? ¡No importa! Ellos con sus manos vacías construían su felicidad.