Pablo Neruda

    A Violeta Parra

    I

    ¡Ay, qué manera de caer hacia arriba
    y de ser sempiterna, esta mujer!

    De cielo en cielo corre o nada o canta
    la violeta terrestre:
    la que fue, sigue siendo,
    pero esta mujer sola
    en su ascensión no sube solitaria:
    la acompaña la luz del toronjil,
    del oro ensortijado
    de la cebolla frita,
    la acompañan los pájaros mejores,
    la acompaña Chillán en movimiento.

    ¡Santa de greda pura!

    Te alabo, amiga mía, compañera:
    de cuerda en cuerda llegas
    al firme firmamento,
    y, nocturna, en el cielo, tu fulgor
    es la constelación de una guitarra.

    De cantar a lo humano y lo divino,
    voluntariosa, hiciste tu silencio
    sin otra enfermedad que la tristeza.

    II

    Pero antes, antes, antes,
    ay, señora, qué amor a manos llenas
    recogías por los caminos:
    sacabas cantos de las humaredas,
    fuego de los velorios,
    participabas en la misma tierra,
    eras rural como los pajaritos
    y a veces atacabas con relámpagos.

    Cuando naciste fuiste bautizada
    como Violeta Parra:
    el sacerdote levantó las uvas
    sobre tu vida y dijo:
    "Parra eres
    y en vino triste te convertirás".

    En vino alegre, en pícara alegría,
    en barro popular, en canto llano,
    Santa Violeta, tú te convertiste,
    en guitarra con hojas que relucen
    al brillo de la luna,
    en ciruela salvaje
    transformada,
    en pueblo verdadero,
    en paloma del campo, en alcancía.

    III

    Bueno, Violeta Parra, me despido,
    me voy a mis deberes.

    ¿Y qué hora es? La hora de cantar.

    Cantas.
               Canto.
                          Cantemos.

    PABLO NERUDA
    Enero 19 en automóvil
    entre Isla Negra y Casablanca
    1970

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